miércoles, 17 de diciembre de 2014

A mí. Huele a mí.

Diciembre huele a nubes grises en Madrid.
A niños saliendo de clase y comiendose el bocadillo de la merienda.
A besos en los semáforos.
A empaparse la espalda después de ducharse.
A hojas desperdigadas por el suelo de cualquier parque a las 17:24 de la tarde.
A la pareja que tengo delante fumando y mirándose como si el cielo se fuera a romper ahora mismo.
A ver atardecer desde cualquier banco.
A la mujer mayor que pasea a su perro.
Huele a trenes. A echar de menos. A dejar que el sol me ciegue mientras escribo.
Huele a bufandas. Huele a aire.
A dormir la siesta y levantarse de noche.
Huele a bancos y a dos enamorados que ya están rotos.
Huele a condones por el suelo, a coches mal aparcados. A ventanas imposibles de abrir.
Huele a encontrar una canción en la que quedarse a vivir.
A morderse las uñas. A no peinarse.
A bailar en medio de la calle.
A llorar en medio de la calle.
Huele a magia.
A que cualquier gesto sea diferente. A la luz tintineante de la farola de la acera de enfrente.
Huele a comida recién hecha.
A sentarse sobre los pies.
A gritar. Huele a colonia de hombre.
A sonrisas del parque de al lado de mi casa.
Huele a perder el autobús.
A café recién hecho. A hacer el amor.

A la ropa recién colgada. Al otoño apretandole los tornillos al invierno.
Huele a castañas.
Huele a unas manos. Huele a no saber dejar de escribir.
Huele a pipas.

Huele a ser feliz.

Por encima de cualquier cosa material.

Huele a fijarse en los pequeños detalles.


Huele a quererme. Como nunca antes lo había hecho.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Por las batallas en copas altas.

Sab. http://dobledecafe.blogspot.com.es/ --                                        Aida.

Gritar en silencio las guerras internas que nunca se ganan. Y grabar en la piel con sangre caliente las que se pierden. Olvidar los pasos dados cuando se trata de seguir caminando. Recordarlos para evitar la caída. 
Subirle el volumen a los truenos de un tormento interminable. Y callar la poca calma que siempre viene después de la tormenta. Interna.
La seda cara siempre por dentro. Vestidos de lino barato para cubrir las heridas. Y no poder evitar que las pupilas sean la chispa de una revolución prohibida. El mechero siempre cargado, en la mano del corazón que nos falta. Para poder pintarnos la cara con las cenizas de todo lo que un día fuimos. La cara. La que no ponemos cuando se trata de otros. En la primera en la que nos descargamos nosotros.
 
Somos
nuestro propio
saco de boxeo.
Y a este paso, la causa de una muerte inminente. 




Ganar. Y ganarte, vida.
Personas que son como esos golpes con el pico de la mesa.
Golpes que dejan huella.
A veces hasta cicatriz.
Patadas en la cabeza y sueños desperdigados por montañas de odio hacia nosotros mismos.
Ojalá tuviera la capacidad de quererme como quiero a otras personas.
Porque eso es lo que yo entiendo de sentir.
No buscar a alguien que te haga sentir especial. Pero sí quedarse con quien consiga que los domingos dejen de pesar tanto.
Con quien consiga que una jodida ciudad llena de contaminación se convierta en un mar lleno de paz.
Porque supongo que querer es eso.
Buscar a alguien hasta en las gotas de la ducha. Pintar con las manos una espalda. 
O dejar que esa espalda soporte todas las manos que los demonios intentan hacerte tener para hundirte tú misma hacia el fondo.
Claro que ya no sé ni lo que escribo.
Pero eso no es nuevo.
Lo nuevo es que mirar hacia arriba ya no duele porque las montañas de odio poco a poco y poro a poro están desapareciendo.
Lo nuevo es que ya no lloro cuando estoy triste, lo hago más cuando soy feliz. 
Lo nuevo es que he empezado a vivir, con 19 años. 

Y lo que de verdad vale. 
Es que no lo hago sola.
Que Madrid también me ayuda. 
Y así va esto.
Si un día estoy triste, se pone a llover para recordarme que yo también lo hacía cuando estaba feliz.
Y si un día estoy feliz, se pone a gritar. 

Porque dentro. Muy dentro. 

Por muchos años, o vidas que pasen.

Te llevaré. 

Y eso solo lo sabré yo. Gracias al cielo. 

Y un par de manos que lo sostienen. 

(Por latir con Sab. )

sábado, 13 de diciembre de 2014

y que le jodan a los chillidos

Y entonces un día te das cuenta de que los demonios sólo aparecen porque tú dejas que vuelvan a despertarse. 
Porque en el fondo te gusta que lo hagan.
A ver. No. A nadie le gusta tener un demonio interno que te recuerda que todo puede salir mal y que todas esas cosas que tu cabeza dice que pasarán, pase. A nadie.
Pero a veces, gracias a él, o a ellos. O a esa masa de sombras negras que se acomodan en el pecho por las noches, valoras los días de claridad.
Valoras cuando alguien te da la mano sin pensar si le vas o no a arrastrar con él.
Valoras que el miedo a veces no te asfixie. Valoras quererte.
Es precioso. En serio. 
Poderse mirar al espejo y disfrutar de cada gesto. Propio.
Espero que no suene narcicista. Pero cuando son los demonios los que controlan tu vida y tú consigues dormirles, aunque sea una hora, o un minuto, o un puto gesto, hay que escribirlo. 
Valoras poderte levantar y aún más importante, dormirte sin tener unos coros en la mente que te repiten todo el rato lo mismo.
Miedo, MIEDO, MIEDO.

Pero para qué.
No quiero que me recuerden con miedo. 
Quiero que me recuerden loca. Atrevida. Imbécil. Simpática no. El ser humano me cae mal.
Pero quiero que me recuerden como alguien que quiere con locura a muy pocos. 
Alguien que no necesita los sábados para pasarselo bien.

Mentiría si dijera que me conocen muchas personas. Muy pocas lo hacen.
Muy pocos saben cuándo necesito un abrazo. O cuándo sólo quiero llorar.

Claro que me acojono. Y lloro alguna que otra noche.
Que tengo miedo de mí misma y que me muerdo las uñas cuando siento que la situación va a poder conmigo.
Que no me peino. Y que si pudiera me ducharía tres veces al día.
Nunca llevo las uñas bien pintadas.

Y no soporto que me digan lo que tengo que hacer.

Y como no hago caso a los que tengo al lado, tampoco voy a hacerlo a los que tengo dentro. 
No quiero seguir siendo una marioneta de mi propia cabeza. O cárcel.

No quiero ser agua estancada. 
Quiero mar. Aire. Paz.

Y bueno.

Ya que hoy tengo a rabiar. 
Si quereis os doy un poco.


Y que le jodan a los chillidos. 



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Días.

Hay días para echar de menos.
Otros para remolonear en la cama. Para salir a la calle y comerse cualquier baldosa.
Días para sentarse en un banco a ver como la vida avanza y tú la vacilas diciendola que se espere. Que estás cansada.
Días para follar.
Días para llorar. Mucho.
Días para comer. Días para correr la cortina y correrse de espaldas a la ventana.
Días para hacer fotos. Para leer.
Días para ver la televisión. Para ver películas moñas que a todos nos apetecen alguna vez.
Días para tener tanto miedo como rizos.
Para fumar. Solamente fumar.
Días para recogerse el pelo. Para soltarselo.
Para escuchar música.
Para perder el metro en la cara.
Para que te salven la noche con un "en 10 minutos estoy en tu casa".
Días para hablar por teléfono. Para comer comida china.
Para pintarse los labios aunque no vaya a salir de casa. Rojo. Rojo zorra.
Días para darse baños de 2 horas.
Para romper todas las cartas que un día escribiste.
Para beber hasta explotar.
Días para abrazar a mi madre.
Días para ir a cualquier recital de poesía y darse cuenta de que todos nos sentimos solos alguna vez,
Días para ir al cine. Bendito cine.
O al teatro.
O a un parque a llorar.
O a sonreír al ver cómo los crios juegan.
Días para ir a algún museo.



Y sobre todo, hay días para tener la nostalgia hasta en las uñas de los pies.
Días en los que las fotos no son suficientes. No.
Quieres más.
Quieres realidad.
Pero de la que no duele.
Quieres no tener miedo. Ni tener que meterte en la ducha para que nadie oiga como te desahogas.

Días en los que ser fuerte no es una opción.

Días en los que eres fuerte.

Y no sólo te pintas los labios de rojo.
Si no que también te besas las cicatrices.
Y no solo no duelen, si no que se empiezan a curar.

jueves, 30 de octubre de 2014

Querido miedo.

Querer no cuesta. Ni tampoco cuesta cerrar los ojos con una boca pegada al otro lado de la cama.
Ni besarle la nariz. 
Ni siquiera cuesta enamorarse hasta las jodidas trancas.
No. 
Es fácil.
Dejas el muro a un lado y notas como ahora tienes otras dos manos que te sujetan el mundo que creías insostenible.
Lo que cuesta es no llorar cuando imaginas una despedida.
Al fin y al cabo, durante 24 horas de un día - los domingos tienen más, estoy segura- se rompen millones de corazones. De corazas. De paredes por puños de personas que se han destrozado la vida por cuidar la de otro. 
Y darse cuenta de que aún puedes contar con dos labios, con dos brazos, con otro corazón más grande que todo Madrid, es un motivo lo suficientemente grande como para romper a llorar sin saber cómo parar.
Cuanto más tengo en mi vida, más miedo tengo en mi cabeza.
Porque sí.
Se puede llorar, sangrar, romperse, morderse las uñas, caerse al suelo por el puto miedo.
Te levantas un dia y lo ves todo negro.
Y te toca asumir que tarde o temprano tendrás que comerte el miedo y romperle a él las entrañas.
Que un día u otro, podrás con él.
Que ya no dejarás que te ensucie la mente ni los oidos de ruido.
Que al meterte en la ducha en vez de llorar, te correrás. De felicidad.
Que al coger el metro no pensarás en si sus ojos ya no van a volver a mirarte.

No buscar sonrisas en andenes llenos de gente triste.

No esperar nada.

No dejarse llevar por el miedo.

Poder con todo porque sí.

Porque puedes.

Y te lo debes.


lunes, 6 de octubre de 2014

Ajam.

Las luces parpadean.
La música sube.
Una foto, otra va.
Invasiones de colonia en mi nariz.
Todo está lleno de olor, rencor, odio, miedo, lágrimas.
Como sacar algo que lleva metido toda una vida.
Quizás dos o tres generaciones.
Los charcos piden clemencia.
El asfalto no soporta más despedidas.
Los bolígrafos no quieren seguir viendo cómo hay ojos que los hacen correrse.
Nadie quiere ojos.
Y menos lágrimas.
Manos. Brazos enteros y eternos si hacen falta.
Abrazo.
A las despedidas para que se enamoren de mí.
No sé escribir de otra cosa que no sea yo. Yo YO yo siempre yo.
Y luego para la que menos tengo amor es para el espejo. Y mucho menos su reflejo.
Ojalá romper todos los espejos del mundo.
Todos los billetes de vuelta a una ciudad que te abrasa.
Dejarme llevar por la lluvia y por las estaciones de tren.
Por la cama. Por mi cama.
Por los rizos. Por una barba.
Ojalá los domingos no se disfrazaran de personas. Porque juro que me he quedado clavada en caras que tenían pinta de domingo.
Los sábados huelen a carmín. A labios destrozados.
Los domingos a rimmel por las mejillas y manos hechas mierda.
A nostalgia.
Los lunes en cambio, huelen a "debería estar haciendo lo que me prometí el domingo".
Pero en cambio, vuelvo a caer.

Pum.    
Pum.
Pum.
Balazos mentales.
Y abrazos que nadie más que la lluvia, me da.

miércoles, 1 de octubre de 2014

M.

Cantar cuando ni las cuerdas dan un respiro.
Respirar cuando sólo hay contaminación.
Buscar un aliento de oxígeno en una cámara de gas.
Dormir cuando ya te has levantado.
Levantarte cuando no sabes más que llorar.
Escribir cuando no sabes hablar.
Escuchar música de hace meses y no llorar.
Llorar cuando ni siquiera se puede respirar.
Contaminación interna.
Moscas, gritos. arañas.
Demonios. Y nubes de nicotina.

Bendita sea la barba.
Bendita sea tu barba.
Las cortinas están cansada de no correrse. Porque siempre están abiertas.
Ya no necesito cerrar la ventana. Me gusta el frío. Me gusta el caos. El invierno.
Me gusta despeinarme después de no peinarme.
Me gusta llorar.

Menos mal que las palabras nunca se acaban.
Menos mal que las lágrimas, tampoco.
Follar hasta acabar enamorada.
Enamorarse mientras follas.

Mientras me quite el sujetador, podré latir.
Mientras lata, podrá quitarme el sujetador. Él. Sólo. él.

Bendita sonrisa.
La que tengo dentro y nadie ve.
Menos mal que hay personas que me abrazan sin tocarme. Que me miran y me tiran besos sin mover la boca.

Menos mal que sabemos salvarnos.
Aunque sea enamorandonos. Y sonriendo en cada esquina.

Espérame en Atocha.
Que ya llego.
Y te abrazo.

Madrid.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Roxanne, morreame.

Escuchar música es rozar con los dedos esa paz que nadie más es capaz de darte.
Imaginarte un trozo de papel balanceándose con el aire.
Una hoja en otoño.
Una gota de agua salpicada por las botas rojas de lluvia de una niña pequeña.

Bailar desnuda y borracha.
Puesta hasta las cejas de música.
Con la cabeza a estallar.
Con las yemas de los dedos suaves de tanto tocar esa paz que dura lo que los violines se dejan follar sus cuerdas.

Benditas notas revoloteando por mi cuerpo pidiéndome una tregua que yo sólo sé dar subiendo el volumen.
Mueves la cabeza al son de la música.
Te desnudas.
Te miras en el espejo.
Y los violines suben el volumen.
Mírate. Quiérete. Bésate.
Grita. Despeinate más.
Coge un tren, sin rumbo, pero con el único destino de perderte.
Besa, muerde, araña. Salta. Rompe persianas que no dejan verte la luz.
Quémate con el sol.
Llora debajo de la lluvia. Folla contra la encimera. Tócate.
Quitate el sujetador. Bésate las piernas. Deja el carmín por toda la calle.
Despeina a la gente. Empuja, y muerde.
Patina, aunque te caigas.
Come mucho, aunque no te entre más. Fuma, aunque no quieras.
Bebete literalmente, el agua de los floreros de las calles donde no para de llover.
No duermas durante dos días.
Pega a alguien. Tira del pelo.
Muerdete las uñas.
Come mucha fruta. Y fuma aunque no sepas.
Haz fotos donde no se puede hacer fotos.
Pierde trenes.
Baila hasta que tus pies no puedan más. Enamorate. Y pierde.
Pierde a alguien que te quiere y arrepientete.
Discute y abraza al segundo despues.
Ten orgullo. Pero cometelo.
Coge una bicicleta aunque no sepas.
Folla borracha. Emborrachate y folla.

Llora hasta que sientas que tus mejillas no pueden más.
Pon un altavoz en medio de la calle y deja que la gente te mire.
Llama la atención.
Riete a las 3 de la mañana y despierta a los vecinos.

Haz de todo.
Todo lo que se te venga a la cabeza.



Pero sobre todo vive.
Sin que a nadie más le importe.

Estruja, muerde, aprovecha cada segundo.

Sé tú.

tu vida.

Y sobre todo, no te mueras sin llorar, de felicidad.

Porque aunque estés apunto de morir, si lloras de felicidad, tendrás mil o dos mil vidas más. De golpe.

Y es que sí, a veces las lágrimas, son sólo una forma de darnos vida.

Y eso, pocas veces pasa.

martes, 23 de septiembre de 2014

Gracias, a la lluvia. Otra vez.

Y mientras tanto la lluvia me recuerda que no estoy sola.
Que el cielo también llora.
Que la música también necesita dos oidos que la escuchen, o dos manos que la sientan.
Que las farolas también tintinean y nadie las abraza. Porque quien las abraza siente que está tan loco que "solo un loco abrazaría farolas por la calle".

Escucho pisadas en mi pecho.
Quizá sea que el corazón ha vuelto a hacer de las suyas y se está dejando notar.
Quizá sea que la coraza que durante años intenté crear, se está abriendo para unas manos.

Escucho cómo nada se coloca pero todo se queda quieto.
Latiendo. Pero quieto.

Intento mirar gotas de agua como quien mira el mismo caballito en una feria.
Como quien busca la misma luz viendo fuegos artificiales.
Como quien busca el mismo beso en un mar de despedidas.

Corro la cortina para no ver lo que hay fuera. Y así poder abrazarme por dentro.
Ojalá la paz que estoy tocando con las manos alguien más pudiera sentirla.

Pero hoy, sólo yo me la merezco.

Hoy los demonios no hablan. Ni siquiera pisan. Ni abren las heridas. Ni tampoco me recuerdan lo que hago malo.

Un solo de piano en mi habitación, sola.
Acariciándome los pies mientras no echo de menos a nadie porque tengo a todo el que quiero tener en mi vida. Hablo de tener como el que tiene un sentimiento y no a una persona.

Nadie es de nadie.
Ni tú eres suyo.
Ni él es tuyo.
Tú, eres tuyo.

Las lágrimas del alma.
Las manos de quien quiere que las toque por todo lo que remueve en mi pecho.
El pecho de quien quiere acariciarlo hasta verme dormir porque sabe lo que eso supone.
Los pies de quien le compre los zapatos que menos daño hagan y más guapos nos hagan.
El cielo. Del cielo.

Y la lluvia, menos mal que hoy, la lluvia es mía.

Y puedo bañarme en ella.
Follarme en ella.

y mucho mejor, verme reflejada, sonriendo, por dentro,


en

con

y por ella.

viernes, 19 de septiembre de 2014

-

Y mientras llueva,



                             nos sentiremos vivos

porque ver llover

es recordar


sin


querer, olvidar.

Gotas.

Llevaba mucho sin quemarme por dentro y mucho menos sin notar cómo la lluvia me calmabas hasta el miedo más escondido.

Mirando por la ventana y viendo cómo los crios pequeños chapotean con los charcos sin saber que quizás están hechos de recuerdos de alguien.
Sin ver cómo una pareja se tiene que esconder para comerse a besos en vez de mojarse y revolotear por el agua.
Nunca me ha salvado tanto una tormenta hasta que vi cómo lloraba de felicidad en una cama.
Romperse con el cielo creyendo que nos estamos reconstruyendo.
Me da miedo dejar de escribir.
Me da miedo no sentir.
Hacerme un muro, confiar solamente en mi capacidad de hacerme feliz.
Ver llover y no querer llorar.
Porque sí.
Siempre que miramos al cielo vemos a alguien.
U olemos algo que nos hace recordar a alguien.
Y nos atusamos el pelo creyendo que ya no vas a necesitar nunca más que lo hagan otras dos manos.
Que no necesitas otros labios que te muerdan. Sí, he dicho labios. Y he dicho morder.
Porque los dientes solo duelen.

Porque no puede ser casualidad que haya escrito esto mientras un helicóptero de emergencias inflababa mi casa de su ruido.

Porque ver las pisadas de los gatos callejeros buscando un coche donde esconderse de la lluvia es más bonito que ver cómo lo hacen dos personas.
Porque a los gatos el agua les da asco.
A nosotros, miedo.

Bueno, a vosotros.

Yo disfruto mojándome.
Bailando debajo de la lluvia.
Escuchando los truenos más altos que mis latidos.
Comiendo gotas de agua como quien se come recuerdos.

Sonriendo después de llorar.

Abrazando después de perder.

Escuchando a Ludovico mientras en mi ventana se despedazan tres o cuatro almas.


Estoy avanzando.

Con las letras.

Con los bailes.

Con la lluvia.

Y sobre todo, conmigo.


sábado, 30 de agosto de 2014

Bang.

Los balazos viene en forma de foto.
De esquina. La de mi cama, por ejemplo.
También vienen en forma de olor. Todo me huele a ti.
Vienen cuando salgo a la calle y te busco creyendo que vas a aparecer.
Cuando me meto en la cama. O me lavo los dientes.
O me despeino. Fíjate si.
Cuando me desnudo. Escucho música. Voy en coche.
Me estiro en el sofá.
Cuando me miro las manos. Buscando -desesperadamente- otras.
Cuando bajo la persiana.
Cuando voy a la estación.
Cuando tiemblo y no estás.
Cuando tiemblo porque no estás.
Cuando quiero abrazarte.
Cuando quiero clavarme en ti. Y en tus ojos.

Balazos. Las 24 horas del día.
Que por la noche se multiplican por dos.

Ojalá mi almohada supiera quererme igual que tú.
Y así abrazarla sirviera de algo.

Noches en vano.
Noches de mierda.

Y balas que sólo yo me disparo.

Porque ver fotos duele.
Pero más duele saber que quizás, sean las últimas.

Te imagino y me rompo.

Me rompo y me pego los trozos.

Pero quedan mal.

Siempre falta uno.

El tuyo.

jueves, 28 de agosto de 2014

Claro.

Escribiría si el muro que tengo delante me dejara.
Lloraría si me dejara llorar a mí misma.
Asumiría si pudiera hacerlo.
Pero prefiero guardarmelo todo dentro.
Y esperar a que se cure solo.
Sin que nadie se entere.
Y sin tener que secarme yo las lágrimas.

Por dentro. Todo duele menos.
Y ni quiero, ni voy a permitirme sacar nada.

Ya no.

Nadie va a entrar.
Y nadie va a conseguir sacar algo.

Congelarse por dentro es lo mejor que sé hacer.
Y la única lucha que sé que voy a ganar.

Sin bajar la guardia.
Sin mirar las fotos.
Sin acostarme con música.

Todo lo que sea no sentir. Está conmigo.

Piedra. Muro. Roca.

Sin puerta.

Pero con ventanas para ventilar de vez en cuando.

Puedo sola.

Me repito.

Puedo. Sola.

lunes, 4 de agosto de 2014

Porque sí.

Escribo porque lo de hablar ya se me ha olvidado si no es en silencio y clavando los ojos.
Escribo porque tanto echar de menos va a comerme por dentro.
Escribo porque levantarse y darse cuenta de que estás perdiendo, duele más que escribir lo perdida que estoy.
Escribo porque mis impulsos me gritan marcar un número de teléfono.
Escribo porque no vais a entender nada, nunca.
Porque quiero.
Escribo porque lucho, aun teniendo miedo.
Porque tengo miedo, aunque se tumben encima de mí y me chillen con los ojos que todo va a ir bien.
Escribo porque sé cuidar. Aunque no sepa cuidarme.
Escribo porque sé querer. Aunque no sepa quererme.

Escribo porque nunca supe hablar.

Porque no puedo echar más de menos.

Y porque la nostalgia tiene el estómago muy grande.

Y yo las ganas de matarla, muy pequeñas.


domingo, 3 de agosto de 2014

Personas (no) perdidas.

Casi siempre evitaba sentir algo más que aprecio por una persona. Siempre he pensado en la capacidad de que otro, me cambiara por dentro pero ni queria, ni confiaba en encontrar a alguien que se enamorara de un desorden interno que apenas enseño. Es como si el muro que me creaba delante pudiera paliar todas las consecuencias de no tener a nadie y valerme por mí misma.

Pero al final aparece alguien. Pero no alguien que se queda a ver cómo está lo de dentro si no que encima le gusta y se acomoda en él. A las idas y venidas. Al abrirme y cerrarme cuantas veces quiera.
Siempre he tenido miedo. Miedo a irme, a que vengan y se vayan, a desaparecer lo que alguien ha creado de mí solo por el mero hecho de que lo hizo esa persona.
Miedo, en todos los sentidos y de todos los colores.
Miedo.
De ese tipo de miedo que no te deja ni respirar.
También he tenido miedo a lo bonito. A lo que me hacía feliz. Y me gustaba. De una manera o de otra sabía exprimir todos los momentos.
También he tenido ese miedo que te entra al darte cuenta de que te estás enamorando de alguien.
Miedo a subirme al tren equivocado con la persona correcta.
Miedo a no saber valerme por mí misma. A no superar una pérdida.
Miedo a mi misma. A lo que yo creé durante años para que nadie entrara.
Miedo a que el jodido muro que tenía delante no me dejara ver que había gente que realmente quería entrar.
Pero cuanto más miedo tenía, más me cerraba.
Para que no descolocaran nada. Para que me dejaran en paz.

Pero como iba diciendo, de repente alguien te rompe el jodido muro y empiezas a creer en las personas. En que realmente pueden darte cosas buenas. Que pueden enseñarte a abrazar.
Que te llenan, de los pies a la cabeza.
Y te vacían de voces.
Y te abres, dejas que entren. Pero siempre con el "se van a ir" en la cabeza.
Y sí, es horrible, jodidamente horrible tener que acostumbrarse a la ausencia de alguien.
A que hay momentos que no se van a repetir. A que cada segundo, debiste y tenías que haberlo exprimido muchísimo más.
A sensaciones, ilusiones, ganas, y besos. Que ya no se van a repetir más con esa persona.

Intentas asumir que puedes con esto, claro.
Puedes asumir que la vida sigue, que no debes cerrarte otra vez, que no debes quedarte en casa encerrada.
Puedes asumir todo eso.
Pero lo que nunca, nunca vas a asumir, es que hay cosas que solo supiste sacar con una persona.
Y que por muchas más que pasen, es solo vuestro.

Y no digo que no vayan a hacerte feliz nunca más. Ni que la vida sea una mierda, ni que todo está perdido.

No.

Digo que hay personas perdidas, que no se van nunca porque por dentro consiguieron sacar de ti algo que ni siquiera sabías que tenías.
Porque cada vez que te mires al espejo o te analices por dentro. Verás todo lo que llenó.
Verás todo lo bueno que consiguio sacar de ti. Y todo lo bueno que conseguisteis sacar juntos.

Porque desnudarse delante de alguien no es fácil.

Pero abrirse, al 101%. Dejarse ser totalmente con alguien.
Dejar que te llenen el pecho y te calmen cuando lloras.
Que consigan que te mires al espejo, y te abraces.
Eso.

Solo me ha pasado una vez.

Y con una única persona.

Asi que lo de asumir, os lo quedais los que podais.

Que yo de momento ni puedo, ni quiero.

"Será lo mejor"

De repente te ves con bloques de hormigón aplastándote la cabeza. A recuerdos.
Intentas cerrar los ojos. Lo intentas porque cerrarlos supone tener ráfagas de imágenes, en las que fuiste feliz.
Das vueltas sobre ti mismo.
Te pones los cascos. Y el techo de la habitación se te despedaza. Encima.
Y tú te dejas.
Te dejas porque no hay otra que asumir que esto va a ser así hasta que consigas asumir que todo se va.
Que ya no habrá más noches escuchando una voz al otro lado del teléfono.
Ni comiendo a las 3 de la mañana.
Ni tampoco harás más planes. Ni más viajes. Ni tampoco te echará crema por la espalda para no quemarte.
Sencillamente, no habrá nada.
Tendrás la cabeza llena de momentos.
Y principalmente, los buenos, porque malos hay muy pocos. Y solían acabar bien.
En cualquier habitación de hotel.
De cualquier manera.
Pero juntos.

Porque lo bueno siempre superará a lo malo.
Porque casi nadie sabe hacer feliz, pero cuando lo consigues, no quieres soltarte.
Quieres seguir llorando al despedirte en la estación.
Quieres seguir despidiéndote -temporalmente-.
Quieres seguir aguantando todas sus manías, esas que antes no soportabas.
La puntualidad. El control del futuro. O la cantidad de veces que se peinaba.
Todo aquello que le hacía ser alguien diferente.
Quieres seguir mordiéndole en cualquier estación. En cualquier boca de metro.
Besos de esos que te mordían hasta la costilla derecha.
Manos que te recorrían hasta el miedo más guardado.
O abrazos que pegaban todos los trozos de ti que fingías no tener.

Cosas que nadie más sacó de ti.


"Sacas lo mejor de mí".

Como si lo mejor no lo tuviera él hasta en el pelo.

Y sonríes.
Sonríes al recordar cómo te hacía cosquillas creyendo que eso aún está.

Creyendo que el pasado volverá a ser presente.

Creyendo cualquier cosa excepto que hoy no.

Asumiendo que tienes que asumir que ya no.


Y que posiblemente, tampoco mañana.




sábado, 2 de agosto de 2014

Y me pongo a escribir como si pudiera soportar los trozos que dejo de mí en el teclado.
Como si cerrar los ojos no doliera.
Tumbarse en la cama y no preguntarse qué cojones pasó.
En qué segundo las cosas dejaron de ser presente y futuro para ser pasado.
Y menudo pasado.
Menuda felicidad.
Aprietas mucho los ojos para no dolerte más.
Te levantas por inercia. Desayunas algo.
Vuelves a comerte, la cabeza.
Te muerdes las manos como si tuvieras 2 años.
Te metes en la ducha y te haces pequeña, muy pequeña.
Todo te ahoga.
El champú te ahoga.
Te enjabonas rápido. Te secas. Te miras.
Asco.
Te vistes.
Aun sabiendo que no van a desvestirte luego. Te vistes.
Intentas asumir.
Asumir que has vuelto a perder.
O no, miento.
Has perdido como nunca antes lo habías hecho.
Y el miedo no se ha ido ni perdiendo aquello que te daba miedo perder.
Y la esperanza se ha colado por las tuberías.
Y ya no tienes uñas.
Ni voz. No quieres hablar. Ni mirar a nadie.


No sabes lo que quieres.
O quizás sí.

Pero esto no, desde luego.

Ni la presión en el pecho, ni los ojos hinchados, ni la cabeza culpándote por todo.

No sabes qué quieres pero sí a quién.

Y solo buscas un abrazo.
Aunque sea el último.

Uno.

sábado, 19 de julio de 2014

Yo, y.. yo.

Comiendo chocolate, con el pelo revuelto, andando en bragas por mi casa, recordando otro cuerpo que no es el mío. Estoy más guapa.
Tropezándome con la nostalgia. Revolviéndome con los recuerdos y añorando unos labios que tampoco, son los míos.
Recordar cómo el sujetador cogía una velocidad increíble para caer al suelo, cómo las bragas desaparecían de mi campo de visión y mi espalda se empotraba contra el cabecero de la cama.
Recordar unos pies rozándose con los míos. Mientras volaba hasta vete tú a saber el kilómetro.
Mientras flotaba y cualquier complejo tenía el verbo "tener" en pasado.
Porque el mar es mucho más bonito cuando te acompañan de la mano sin ni siquiera tocarte.
Porque la distancia es solamente muchas ganas de vernos y el miedo, en pasado, nunca muere.
Porque ojalá muriera.
Y pudiera pisarle. Y asfixiarle. Y hacerle llorar todas esas noches que él me hizo llorar a mí. Y que, seguirá haciendo.
Noches. Malditas y bonitas, noches.
Para besar. Llorar. Correrse. Soñar. Ver a alguien dormir. Emborracharse. Comer. Besarse las rodillas. Arañarse por dentro. Notar como alguien se aleja. Jurarse cambiar. Idealizar algo que ya idealicé en su día.
Comer helado. Recordar viejos tiempos. Y mejores sensaciones.
Apagarse.
Como todo lo que un día brilló.
Morirse, como todo lo que un día nació.
Bailar, como todo lo que un día era lo suficientemente grande como para no necesitar hacer nada y tenerlo todo.
Ganas que acaban en nada.
Nada que un día fue todo.
Miedo que sigue latiendo.

Y yo, que sigo llorando cuando llueve para no dejar los restos de la explosión.

Y yo, que sigo echando de menos aún teniendo encima aquello que me hace latir.

Y yo.. que menos mal, sigo siendo yo.

martes, 8 de julio de 2014

Los renglones de tu cuerpo.

Con Sab, latiendo desde la primera letra hasta el último punto. (Cursiva)
- Exprimid sus letras, y vividlas. http://dobledecafe.blogspot.com.es/


Siempre intentando dejar pasar el miedo por las rejillas de la desidia para evitar que se mezcle con mis ganas de vivir y las de meterme en la cama a no ver el sol. Comiendo helado de chocolate para calmarme las ganas de follarte contra la encimera. Romper todos los vasos del armario mientras chillamos que no podemos parar de querernos. Mientras chillamos con los ojos que el "no puedo" se ha convertido en un "voy a hacerlo". Siempre jurandome cosas que ni yo misma cumplo y sin prometer nada a nadie. Las promesas duelen. Las palabras, se clavan. Y las miradas queman más que una noche de San Juan sin sus manos en mis caderas.


Rompiendo esquemas por contar, con, tus vértebras. Desajustando reglas, perdiendo esperanzas, pesadillas y temores, ganando por qué no's solo por verte amanecer. A cualquier hora del día. A ti. Vendiéndole años de vida al diablo a cambio de placer extremo entre tus dedos. Juré no volver a caer, y dime cómo me pusiste la zancadilla que no logré evitar. Te. 


Evitar. Evitar sentimientos que te hacen volar por el miedo a estrellarte contra el suelo. Evitar unos labios por miedo a que se conviertan en una espalda que ya no quiere rozarte durmiendo. Evitar unas manos por miedo a que se conviertan en arañazos. Evitar el corazón, claro. Ese gran desconocido y que todos tenemos dentro latiendo o rasgándonos los vestidos. El mismo vestido que ayer me quité sola y hoy me quita sus manos, grandes. Esas manos que abarcan el hueso de la cadera que tantas noches besó. Su corazón, que casi lo conozco mejor que el mio. Que me late encima y yo solo pido parar el puto instante en el que me lo clava, hasta dentro. Y por un momento latimos, a la vez.. latimos. Juntos. Latimos. Y para qué más. 


No le quiero poner final. Ni a lo tuyo ni a lo mío. Evitemos el mundo. Evitémonos todo cuanto quieras, pero el cubo Rubik nunca estará entero si le falta un color. A ver dónde encuentro unos dedos que sepan contarme las costillas, cosquillas. A ver. Dónde. Sin ti. Sin nosotros. Sin aire. No creo en lo eterno ni en el amor. No he encontrado ninguna flecha en mi trasero, pero. Creo en el nosotros. Y en que ni tú, ni yo, ni otros, lo van a dejar incompleto. Creo. Y no miento. 

En los atardeceres. En ellos no creo, en ellos vivo. Y dejo que me abracen el alma desde dentro. Que me hagan cosquillas. Que me iluminen noches en las que solo busco dejar de respirar. Y mientras escucho música de los 80. Me quito las bragas, me enciendo un cigarro y pienso en ti. Primero la mano derecha, luego torpemente la izquierda. Todo lo que está a la izquierda cuesta. Subo la música. Me imagino tus labios en mis ingles. Cantándome una canción mientras yo tarareo algun que otro gemido. Mordiendote el corazón porque los labios hace tiempo que te los gasté. Me corro. Corro a llamarte. Salgo en pijama de casa, sin bragas. Corro a tu portal. Me esperas. Me besas. Me muerdes. Me atrapas los monstruos y les humillas. Me salvas, cuidas y matas las voces. Me empotras contra los barrotes de tu puerta. Los vecinos nos oyen. Pero qué más da. Tú cada vez eres más yo. Y yo soy tú. Nos olemos, por dentro. Nos lamemos, las heridas. Nos conjugamos en presente y en plural. Nos hacemos. Claro, joder. Nos hacemos. 


Eternos en un solo orgasmo. Rabia en formato de placer. La mejor fuga, tu espalda. Cállate. Cállame. Revienta. Me. Tus brazos, tus hombros y en tu cuello derrapo. No controlo, me controlas. Tú. Y mis ganas. Poros de la piel a mil. Por hora. Escalofríos por segundo. Los siete pecados capitales, mierda, los perdí junto a tu camiseta. Que se joda lo inexistente. Te dejo grabados los dientes hasta en el alma. Calla. Disfruta. Siéntenos. Me. 

Y mis manos venga a recordarte cada noche. Y tus manos venga a recorrerme cada noche. Y mis pies venga a correr por la estación. Y mis ojos buscándote como una loca entre caras largas de gente triste. Te veo. Llegas. Te miro, te clavo. Dentro. Te sonrio. Me sonries. Me abrazas. Me metes la lengua hasta el último rincón de mi cuerpo. Me aprietas el culo. "Ya estoy aquí, cariño". Pero yo sigo creyendo que todo es mentira. Que no puede ser verdad que te esté oliendo. Que estés acariciandome por dentro. Que estés, conmigo. Con nadie más que conmigo.


Llámalo egoísmo. Amor. O yo qué sé qué mierdas. Pero las ganas de ti me corroen. Me queman. Me sacias. Me. Joder, ven.


O vete, marchate, llévate todo. Llévate el amanecer en el que abrazaste más que que a ti mismo. Llévate las ganas de vernos. Llévate, conmigo. Vamonos. Da igual dónde. Da igual cómo. Pero no me sueltes. Porque por suerte, venir no es lo mismo que volver. Y tú no estás volviendo. 

Volvámonos locos en alguna estación de tren. En invierno. O en verano. Perdámonos. Perdóname. Pídeme lo que quieras. Vámonos, ya. Callemos al mundo con ese adiós que nunca nos diremos.


Y si decimos Adiós que sea al pasado, al que duele. A las puñaladas. Al tren que nos lleva separando meses. Si decimos Adiós, que no sea a nosotros, pero sí seamos nosotros. Tú y. Yo y. Nosotros. ¿Volamos? Volemos. Nosotros, sí se puede conjugar en presente. Mirándote de frente y rozandote el corazón con la yema del mio. 

Acariciándote puntos que ni tú te conocías.

jueves, 3 de julio de 2014

Flores.

Para prisión la de nuestra cabeza.
Intentando salir de cuatro paredes hechas de recuerdos.
Intentando atravesarlos con las manos mientras les abrazamos para quedarnos con ellos un ratito más.
Cerrando los ojos para olvidar. Para recordar que estamos intentando olvidar cosas que queremos olvidar.
Dejándonos llevar por la lluvia. La misma que ayer me abrazaba las heridas y hoy se acumula hasta en la huella de los zapatos que nunca llevo.
Porque yo y los pies descalzos, vamos de la mano.
O de los pies, como querais verlo.
Ves como bailar de la mano con otra persona sin moverse, es vivir.
Que llevar vestidos de flores es una buena excusa para acabar plantándolos en el suelo de la habitación, literal y sexualmente hablando.
Qué manía la de querer tener lo que nunca tendremos porque nada es más nuestro que aquello que no tenemos.
Porque tenemos las ganas de tenerlo, y cuando lo cogemos con las manos, nos cansamos, o nos pesa, o llega alguien que se lo queda.
No sé hasta qué punto abrirte a alguien es bueno. Para la salud, mental.
Para la suya quiero decir.
El día que deje de escribirle a la nostalgia, dejaré de escribir.
Mientras tanto sigo echando de menos.
Llorando.
Y corriéndome.
Sin alguien al lado pero con alguien en la cabeza.
Acumulando recuerdos.
Hablando de veranos con verbos en plural.
Viviendo, de la mano, sin tocarnos.
Dejándote las piernas para que acabes con el corazón.

A mil.

Y hacia mí.


viernes, 13 de junio de 2014

No. Claro que no.

Intentar nunca fue lo mío. O me estrello o me quedo en la cama viendo cómo todo se rompe.
Y me ha tocado estrellarme.
Contra qué, no lo sé. Pero esto me está superando.
Levantarse y ver cómo el cúmulo de mierda está llegando a machacarte hasta las venas.
No tengo respuesta de nada ni para mí, qué hacéis pidiendome algo.
No sé dar. Sé darme. Al 101%, a alguien.
Y doy, mucho. Pero yo también me necesito. Algo que no sean hostias en el espejo ni noches rozando el subsuelo, quiero decir.
Aire, paz, fluidez, valentía, fuerza.
Todo eso que tengo y a veces me cuesta sacar.
El miedo atraviesa cualquier puto ápice de los "bien" cuando me preguntan un "cómo va a ir todo."
Si algo puedo decir es que luché y lucho.
Con todas mis fuerzas.
No sé si algún día me cansaré de hacerlo. Sobre todo si hablamos de poder compartir con alguien miedos, temores, dudas.
Cajas llenas de cartas que me abotefean la cara las veces que quieran.
Menos mal que nosotros siempre fuimos más de darnos palabras en silencio que dejando restos en un papel.
No vaya a ser que me dé por leer cada noche palabras que ni siquiera tengo.
No vaya a ser que me dé por recordar cada puta noche momentos que sí, tuve.
Cada día es una batalla. Contra las voces. Contra las uñas que yo misma me intento clavar.
Contra mi cabeza que no para de repetir imágenes, besos, abrazos, palabras.
A veces pienso que el corazón es como esas monedas que te quedan en el pantalón.
Suenan mucho pero nadie las hace caso.
Y así con todo.
Cuando más hay que luchar, más se rinden.
Pero yo no voy a dejar que le agujero negro que lleva el miedo en sus manos, pueda conmigo.
Al menos no hoy.
Tengo fuerza para parar ochocientos trenes. Pero lo jodido viene cuando voy yo dentro de uno de ellos y tengo que pararlo desde dentro.
Como los arañazos o las patadas.
Pararlas por dentro cuando vienen en forma de grito, cuesta más.

No me voy a rendir, me digo.
Aunque pocos lo crean, con hacerlo yo, me vale.

No, pienso, dejar, de, ser.

Al menos no este Viernes.

No en esta vida.

miércoles, 11 de junio de 2014

A saber.

Intentas colocar algo. No hacer daño. Incrustar la estabilidad en tu vida para que así bañe a todos los que están a tu alrededor.
Pero con intentar, por supuesto que no, no es suficiente.
Incluso, muchas veces, y esta en concreto. Empujas a otros hacia abajo.
Y viene la impotencia, la inseguridad, el "vete antes de que puedas hacer más daño".
Y ojalá me levantara creyendo que las cosas pueden cambiar. Que mañana todo va a estar bien.
Que voy a poder decir "soy feliz". Pero pocas veces lo he dicho. Porque pocas veces lo he sido.
Pero cuando lo he sido, era de verdad.

Entiendes que el silencio grita muchísimo más que cualquier chillido en mitad de la noche.
Que resquebraja todo lo que pilla.
Desde el cráneo hasta el último hueso del pie derecho.
Y lo intentas, intentas levantarte.
Intentas pensar que en un tiempo todo estará en orden.
Que tú, seguirás.

Pero hay días que es imposible.
Hay días que llevan una despedida en el pecho.
Y ojalá me equivoque.
Ojalá no tenga que despedirme de nadie.
Ojalá solo sea una despedida momentanea de mis voces.
Calma. Y paz. Y abrazos.

Solo necesito eso.

Pero a saber dónde lo encuentro si odio los abrazos y aquí
hay de todo menos paz.

jueves, 5 de junio de 2014

Casi siempre que intentamos asumir que las cosas se marchan, acaban marchándonos nosotros antes de poder soportar la pérdida.
Y así con todo.
Preferimos caer al fondo del pozo empujados por el miedo que echarle los cojones suficientes que hay que tener para comerse desde la M hasta la O sin atragantarse.
Pero si casi todo el mundo baja la persiana para que no entre el sol.
Sale a la calle cuando ha dejado de llover.
Besa cuando sabe que más puede perder.
Se pierde cuando no sabe cómo no hacerlo.
Nada para no ver que las olas pueden ahogar..
Qué voy a esperar de la valentía.

Millones de recuerdos volando por mi cabeza. La playa.
Una pelicula, un cigarro, un abrazo. Tantos detalles acabarán conmigo.
Pero supongo, que aunque perder duela, merece la pena si ganaste.
Porque aunque solo sea un segundo, por misero que sea, ganamos.
Y por eso el egoismo.
El de tener que soportar meses en el suelo perdiendo al haber ganado un puto segundo de nuestra puta vida.
Parece que haya pasado por tres o cuatro vidas cuando escucho música de hace años.
Parece que el dolor se ha marchado, pero no.
Una canción siempre te remueve hasta el recuerdo que nunca creiste haber formado.
Y lo peor viene cuando no cierras los ojos pero sí los cierra tu cabeza.
Porque eso significa abrirte más en canal.
Dejar que la sangre fluya.
Y dejar que cada gota, esté manchada de momentos.
De silencios que gritaban sentimientos.
De ganas aparcadas en un beso.
De ilusión, que menos mal, aún no he perdido.
Y de fortaleza, que menos mal, va conmigo. Allá donde vaya. Y con quien vaya.

viernes, 9 de mayo de 2014

Calma. Y cama. Me restriego por la espalda de la ilusión.
Brilla. Hazme brillar. Brilla dentro de mí. Ganas.
Venid. O volved.
No, no volvais si eso significa que un día os marchasteis y tenga que darme cuenta de que todo se marchita.
Hasta el aire. Acaba en mierda.
Hasta la mierda, acaba en nada.
Cualquier transformación duele.
No sé no morderme las uñas mientras escribo. No sé no mover la pierna mientras escribo.
No sé dejar de escribir mientras me juro no volver a hacerlo.
Escribir porque duele más que hablar.
Las palabras duelen más que la voz. Aunque escupas lo mismo.
Cuando abres la boca, el viento se lleva todo. Cuando llenas un folio de ti, se queda todo.

miércoles, 23 de abril de 2014

Quizá las voces tengan razón. Y el orgullo no me deje ver más allá de la rabia que tengo y las pocas ganas de escuchar al mundo.
El olvido duele más que la despedida.
Pero con uno mismo es otra historia.
Olvidarse de uno mismo implica olvidarse de todo lo que he vivido, sido, creado, formado, llorado, y odiado. Sobre todo odiado.
Se pone a llover cuando yo me pongo a escribir. No puede ser casualidad. Es una broma pesada.
Tan pesada como las nubes que se posan en mi espalda creyendo que puedo con todo.
En qué momento hay que cerrar la boca y tirar la llave al mar.
En qué jodido momento hay que cerrarse por dentro y crear un mar de uno mismo. Para nadar. Ahogarse. Y olerse.
Todo a la vez.
Nada me ha salvado nunca tanto como un olor.
Fuerte quizá. Valiente muchísimo. Luchar por alguien merece la pena cuando al final puedes dormir en la misma cama sin tener el mismo miedo de antes de ayer de que todo se acabe.
Porque no hay nada peor como el miedo a perder lo que ni siquiera es mío.
El miedo a que haya segundos que ya no vayan a volver.
El miedo a perder días que no van a volver a latir.
Lo bonito de los ojos es que casi nadie me los ha mirado.
Visto sí, muchos. De pasada. Como el pasado que ya no me escuece porque ya no hay futuro que valga.
Asumes que al final los recuerdos son solo sonrisas que ahora te remueven por dentro.
Asumes que estamos creados de personas que se han ido o están en proceso de.
Nada para. Nada es estático.
Ni una persona en la vida de otra.
O entra. O se está marchando.
O cierra la puerta para colocarte- cosa que es detestable.
O abre la ventana para airear viejos recuerdos y abrazarte- cosa que muy pocas personas saben hacer.


domingo, 30 de marzo de 2014

Domingos.

Llevaba mucho tiempo sin desahogarme un domingo.
Vamos, si no recuerdo mal, lo hice el pasado. Pero autoengañarse es más bonito.
Acabo de ver el mar de un pueblecito de la costa brava en el que este verano me agarré a dos piernas cada tarde.
Acabo de verlo en el cielo.
Y olía igual.
Bueno, faltaba su pelo mojado y mis pies en su espalda.
Pero por lo demás estaba todo igual.
Formas abstractas en el puto universo que me hacen recordar.
Si le cuento a alguien esto, ni me cree, ni me lee. Y mejor.
Escribir sabiendo que nadie lo va a leer es tan placentero que no se me ocurre otra cosa que publicar trocitos de mí en otro mar de mierda al que llaman internet.
Acaba de pasar un autobús y he visto cómo dos personas discutían.
Quizá para arreglarlo al segundo después o tal vez para no mirarse nunca más.
Las luces parpadean.
Hasta ellas están cansadas.
Es bonito no tener que decir "no te vayas" porque sabes perfectamente que no lo hará. Al menos no ahora. No hoy. No este domingo.
Abro la ventana para que el aire me reviente hasta los codos. Me gusta el frío.
Beberme las dudas siempre fue de ser cobarde.
Pero saben tan bien.. Sobre todo cuando son desde una boca y tienen voz de "estoy contigo".

Me cepillo el pelo. Que no.
Solo al salir de la ducha. Ahí no sé engañarme.
Ahí o asumo que tengo el pelo tan enredado como al vida o me engancho por todos los picaportes de las puertas que ya no cerraré por miedo a lo que haya detrás.
Ahora voy y me pillo hasta los dedos. Me gusta. Arriesgarme y sangrar.
Me gusta sangrar. De placer.

Intento recordar cuando fue la última vez que me masturbé sin pensar en ti.
Pero si es que hasta eso me sale nulo.
Porque sí. Una persona puede estar en tus manos y vivir en otra ciudad.

Y bueno. Hoy.
El miedo está a bajo 0.

Y ojalá se asfixie. Y le duela. Y tenga que suplicarme parar. Porque disfruto apretando al miedo.
Disfruto ahogándole contra la pared y mirándole con cara de "hoy a mí, no".

Me gusta ser fuerte.
Me gusta fumar.
Me gusta llorar. No sé.
Me gusta arrodillarme a recogerme los trozos para pegarme poco a poco.

Me gusta empezar.
Me gusta dolerme con Ismael.

Me gusta la playa.

Me gusta el invierno.

Me gusto. A veces. Cuando me olvido de mí.

Últimamente no necesito pensar en mi estado de ánimo.
Y no sé. Quería dejar constancia de que ser feliz, es bonito.

Tanto, tanto.
Que no sabría por dónde empezar a explicarlo.
Quizá es como el amor.
Que por mucho que le escribas, siempre queda un resquicio. Un adjetivo. Un beso más.
Un "es imposible explicarte".

Sentir es precioso.
Sentarte encima de alguien a sentiros.

No sé.

Tampoco sabría cómo explicarlo.
Pero lo más parecido es verle salir de la ducha y olerle el pelo.
Da igual.
No vais a entenderlo.

lunes, 24 de marzo de 2014

Lunes. Y paz.

Una hoja. En plena primavera.
Volando y acojonada por no saber a dónde va.
Me imagino con un vestido largo, de vuelo, y dando vueltas sobre mí misma.
Sintiéndome más viva que nunca.
Acabo de quemar el miedo, que no quemarme con el miedo.
Bocanadas de aire me invaden la habitación.
Me revuelvo en recuerdos que no duelen.
En imágenes que van a 400 kilómetros por segundo en mi cabeza y no duelen.
Ráfagas. De olores. Sabores. Colores.
Luces que me reflejan.
Reflejos que lucen.
Si me vierais por dentro, hoy, tendría todo tan descolocado, que os enamoraría.
Porque así es mi vida.
Desorden. Caos. Caos. Y más caos.
Joder.
Que no consigo estar quieta ni soñando. Me tropiezo 4 de cada 3 pasos que doy en la calle.
No consigo no mirar atrás.
La gente llega cansada a sus casas. Los perros están afónicos de tanto ladrar. Las nubes están cansadas y se esconden. Los peces ya ni nadan.
Y en mi cabeza, paz. Joder.
Estoy llena de voces que me dan paz. Tengo una tregua conmigo misma.
He vuelto a dormir desnuda creyendo que van a venir unas manos a verlo.
Me gustan los lunes. Me gusta dar vueltas sobre mis miedos y acabarles mareando.
Correr de la mano por una ciudad. Subir la persiana.
Pellizcar. Abrazar. Lamer heridas sin sacar la lengua.
Sacar la lengua y crear carcajadas.
Puede que de 1000, la cague 10000000. Pero cuando alguien sonríe por mí, todas aquellas caídas, no son más que rasguños cicatrizados.
Cierro los ojos e idealizo. Cómo no.
Siempre creyendo que nuestra cabeza es nuestra sin pensar que somos nosotros lo único suyo.
Se alimenta de nuestras dudas. De nuestros tropiezos. De nuestro miedo.
Se alimenta de los domingos.
Me niego a sentirme atada por algo que supuestamente yo debo controlar.
Es mi vida, joder. Mi cabeza. Mis ideas. Mis amaneceres. Mi manera de escribir. Y si me duele, dolió. Mañana ya curará.
Pero bucles, no. En el pelo, los que quieras. En la cabeza ni uno.
Es como un tobogan eterno del que nunca encuentras salida. Pero sí recuerdas la entrada. Saltas. Ves un rayo de luz, pero no. Es sólo el intento de salir del bucle para caer en otro aún más profundo y más acojonante.
Sentir que por dentro esté todo descolocado y aun así, gustarse.
Me gusto. A veces. Pocas. Pero.
No sé.
Soy yo.
Con mi desorden, mi hiperactividad, mi manera de ver las cosas.
Muchos lo ven como un problema. Lo de los impulsos y todo eso. Pero no sé.
Yo soy más de salir a la calle cuando llueve y esconderme cuando sale el sol.
De reirme en el metro y llorar en la estación.
De abrazar cuando ya no puedo más y fingir que puedo sola.
De esconderme cuando todos me buscan y salir cuando alguien me espera. Porque aún, hay gente que no, no se ha cansado.
No puedo esperar a que se enfríe el café y prefiero quemarme. Cómo no voy a ser como soy.
Exprimir los momentos.
No pensar en el qué dirán.
Gritar en medio de la calle.

Cambiaría muchas cosas de mí pero no me cambiaría por nadie.
Y tampoco voy a dejar que nadie cambie algo de mí.
Tozuda. Sí. Mucho.

Y bueno a las letras, por muchos "os odio" que lleveis delante, os adoro.
Me dais todo. Y no pedis nada.
O sí. Bueno, pedís cachitos de mí, pero os lo perdono.

Y esto es lo que sale cuando no pienso en mí y disfruto de mí.

sábado, 22 de marzo de 2014

Buses.

La gente no se fija en los detalles. Joder. 
Cuántos corazones se habran pillado en la puerta de un hotel. 
O cuántos se han mordido hasta en la ducha. 
Cuántos pisos se necesitan para subir un edificio lleno de toldos verdes y de futuros negros. 
Estoy escribiendo mientras viajo en autobus, algo de dinero, los labios medio pintados y un puente que no para de hacerme botar.
 Ya esta. Ya pase el puente. 
Acaban de estornudar y siguen diciendo jesus porque claro, no decirlo no es normal. Y es de ser maleducado.
El sol si que es un maleducado. 
Tanto que acabo de escribir su nombre y me ha azotado por el lado derecho sin pedir permiso. Una chica se acaba de echar colonia. 
Para oler bien. Por fuera, claro. Quién sabe a que huele por dentro. Todos mirando una pantalla con letras creyendo que el mundo está ahí y nadie mirando el atardecer. Cuántos cuerpos se habran quedado en esta carretera. 

Cuántos corazones se habran separado con cada centímetro que avanza el bus. Un parque repleto de niños. Y de inocencia. Nadie les mira. Todos hablan y nadie está mirando cómo su hijo pequeño acaba de hacer un dibujo en la arena creyendose artista. No sé. 
Acabo de ver un charco y he visto todos los asiento llenos de gente vacía. 

Hoy al cielo le han dibujado de nostalgia. Y no sabe cómo parar de llorar. Restos de carmín en el espejo. Quizá es que ella no podia soportar la idea de que no pudiera volver a besarle y ha tenido que dejar constancia de ello en un autobús. 
Me siento enorme viendo cómo los demás coches se hacen enanos pasando a mi lado. Un niño me acaba de saludar. No me conoce. Pero yo ya le envidio.
 Es raro ver a alguien saludando sin más si no es un niño con inocencia y ganas de pasarselo bien. Es sábado. Y estoy atardeciendo. Me reflejo en los asientos. 
Llevaba vidas sin ver las nubes con tantas ganas de sonreir y aun así, llorando. Quiza es verda. Y llorar cuando solo se quiere reir, es correrse. 
Placer y dolor.
Estoy siendo feliz en un autobús escribiendo. 
No sé. Queria dejar constancia.

viernes, 21 de marzo de 2014

Vida.

Escribo con los recuerdos entre los dientes y dejándoles pasar a la garganta. Para abrazarme. Por una vez, no me ahogan como llevan haciéndolo unas cuantas madrugadas.

Me despedazo en las manos para poder abrazarme las heridas en vez de meterme el dedo en la cicatriz que nunca asumí haberme visto y mucho menos, haberme desangrado por ella.

Me trato como a un trozo de algodón. Suave. Rozándome las entrañas sin arañarme.
Me miro al espejo y me sonríe el a mí.
El cielo pesa pero no encima de mí. Nubes negras. Como mis bragas.
Y ahora rosa, como mis manos. Apretándote.

Me estoy bailando encima. Y la mejor canción es que no hay canción.
Y si la hay, saldría yo sonriendo. Por dentro.

Me acaricio el pie derecho con el izquierdo.
Como las hostias que antes me daba.
Si dolía el de la izquierda, me pellizcaba a la derecha para no reconocer que yo también sentía.

He colgado las dudas en el perchero de detrás de la puerta. Y del portazo que he dado creo que he deshilachado hasta los calcetines que no llevo puestos.
Que no.
Los pies fríos. Siempre.
Y el corazón a ras de mi calle. En la que siguen pasando autobuses, en los que quizá yo un día me monte para ir a buscar la felicidad.

Las uñas enteras. De seguridad.
Los ojos abiertos. Y el viento reventándome hasta el alma.
Me inspira más el cielo oscuro que el cielo.
Me inspira más un café sin azúcar, ni leche, con odio que un jodido cubata de vodka redbull que sepa a "te estoy echando de menos".
Me inspira más el dolor que la alegría.
Me inspira más despedirme que saludar.
Más los pies congelados que el corazón caliente.
Los cuadros de mi habitación necesitan volver a envidiarme. Por el arte. El de sonreír sin saber porqué.

Necesitamos vivir a lo loco. Salir sin pensar a dónde. Gritar. Levantarnos tarde. Mordernos los hombros. Quemarnos al sol. Hacernos piercings. Desayunar a las 7 de la tarde.
Acostarnos cuando todos se levantan y levantarnos cuando todos se aburren y acaban dormidos.
Beber. Fumar. Saltar.
Comer mucho chocolate. Hacer tantas palomitas como días con miedo.
Dar vueltas sobre nosotros mismos.
Andar descalzos y pillarnos las dudas con la puerta.
Sonreir cuando todos asienten con la cabeza.
Llevar la contraria cuando todos sonríen.
Volar solo por llevar un vestido con vuelo.

Necesitamos hacer todas esas cosas que nadie más hace por no ser "normales".

Necesito llevarle la contraria al mundo.

Necesito hacer cosas que me hagan feliz.

Necesito saltar de cama en cama, salir a la calle en bragas, dormir desnuda, abrazar el cielo, encontrarme un billete de 20 euros.


Pequeñas cosas.

Que me hacen enorme.

Como la de sonreír un viernes cualquiera imaginando.

Imaginando unas manos en mis piernas.

O unos ojos en mi espalda.

Imaginando. Y sintiendote.
Aquí.



miércoles, 19 de marzo de 2014

Somos.

¿Quién ha dicho que necesitamos vivir para sentirnos vivos?
Puedes estar viviendo meses que por dentro te puedes estar sintiendo más muerto que nunca.

A veces todo fluye. Todo avanza. Todo pinta bien. Tan bien que solo quieres llorar de felicidad.
Todo va sobre ruedas.
Ruedas que quizá mañana se pinchen con una piedra. O con una puta montaña imposible de esquivar.
A veces la vida es una playa en Agosto con olor a macarrones con tomate de mi madre.
También puede oler a ropa recién lavada. A pintauñas recién pintado.
A laca. A mandarinas. A estación de tren. Al beso de después de "el tren va a efectuar su salida". Al que se da al aire, digo.
Saltar kilómetros de charcos. Llenados con lágrimas y que al final esté el abrazo más grande y doloroso del mundo. Un abrazo que te salva de muchísimas noches llenando ese charco. De muchísimas dudas.

Ir corriendo detrás de un autobús y escuchar el choque de los besos de dos personas que ya se han bajado.
Entrar en un baño, llenarlo de vaho y ver un corazón mal pintado en el espejo. De dos personas que ya no escriben, ni se duchan, ni se besan.
Apagar la luz de la habitación de un hotel y ver las sombras de personas que ya no se muerden hasta el alma.
Abrir un libro que un día leyó una voz a otra y escuchar sólo los puntos de las frases que un día se recitaron.
Abrir la ventana y oler la nostalgia de un verano vacío que un día llenó alguien.
Salir a la calle cuando llueve y correrse de tanto recordar.
Pero correrse a lo bestia. Tanto que empieces a llorar.

Nunca conseguiré entender el porqué de recordar hasta las cosas más insignificantes de alguien cuando se está marchando.
No me gusta despedirme. Si algún día me marcho, será sin un adiós.
Será después de haber luchado hasta dejarme las ganas.
Un puto "quiero luchar" grabado en la frente.
Me gusta sentir. Me gusta abrazarte. Me gusta sentirte encima de mí. Me gusta recordarte entre mis muslos cada noche. Me gusta luchar por ti. Por mí. Por nosotros. Me gusta Madrid.
Me gustas, Madrid.
Me gustas en Barcelona, dándome un beso en los párpados.
Me gustas enfadado. No conmigo. O bueno, sí. Me encantas enfadado.
Me gusta tu olor. Me gusta la Plaza de Oriente.
Adoro recordarte esperándome en el borde de la cama.

Sonreirte encima tanto que sólo pueda mirarte.

Hay cosas que nunca podré contarte. De lo mucho que me dabas y me das con ellas.

Hay cosas nuestras.

Aún hay muchas cosas por hacer.

Aún. No. No me gusta el "aún".

Me gusta un nosotros.

Nosotros.
En presente. Somos.

domingo, 9 de marzo de 2014

Domingo.

Le echo dos hielos más a la sangría que estoy haciendo con mis dudas. Para luego beberme y que no sepa tan caliente. Para que pase mejor.
Me ducho y las tuberías huelen a nostalgia.
En la copa está todo mi carmín.
Tengo las uñas destrozadas.

Me tropiezo con las dudas creyendo que algún día conseguiré pisarlas del todo.
Amanece. Otro día. Más.
Que no. No escribo por nadie. Es solo que necesito recordar otra vez los mismos detalles por si acaso se me olvidan.
Me aliso el pelo. O me lo rizo.
Me limpio por dentro. O me ensucio aún más recordando.
Ando. Corro. Huyo.
Reventé mi almohada.
Cada día. Cada noche. Cada jodido segundo.

"Has vuelto a perder". Eso ha sido lo único que he sabido decirme cada vez que me miraba al espejo.
Un "nosotros" no se puede conjugar en pasado.
Ni en futuro. Y eso es lo peor de todo.

Hay palabras que no se conjugan.
Hay sentimientos que se van.
Y hay abrazos que ya nunca salvarán igual.

Adiós.

¿Adiós? ¿En serio?
En qué jodido momento se le ocurrió al ser humano que la única manera de despedirse de alguien es decir adiós.
Pero no adiós de los "te veo luego".
No. Adiós de "no voy a volver a verte, ni a hablarte, ni a saber de ti, ni siquiera quiero que te nombren delante de mí."
¿De verdad alguien se ha creido todo ese rollo de que olvidar es echar dos dedos más a la copa?
¿O lo de fumarse 3 porros para no pensar durante 30 minutos?
La pregunta es. Si no queremos doler. Para qué dejamos entrar a nadie.
Nos autoengañamos creyendo que separarnos de una persona a la que has querido tanto como a un día con sol en pleno Enero es lo más sencillo.
Que tirar fotos, quemar cartas, borrar canciones, borrar su número, es la única jodida solución para superar que quien entra, se va.
Que quien decide quedarse, se acaba marchando.
No hablo de relaciones. Hablo de sentimientos.
Que menos mal, que hay veces, que no va ligado.
Nos creemos autosuficientes. Creemos que podemos enamorarnos y salir ilesos.
Que podemos pasar página como quien salta de baldosa en baldosa.
Pero el puto corazón no es una baldosa que espera ser pisada por un zapato que no duela, ni manche, ni rompa.
Supongamos que todos podamos olvidar.
Eso no sería amor.
Nadie sabe olvidar. Por mucho que nos empeñemos.
Siempre vuelve. Un olor. Un gesto. Una manera de mirar.
O un día de lluvia. Una voz que le recuerde a la mía. O un vestido.
O quizá la manera de andar de alguien.
O cuando cierre los ojos y me vea tropezándome.
El olor a jardín recién mojado. O una colonia. Restos de carmín.
Siempre volvemos a alguien del que un día decidimos salir.
Siempre volvemos.
Siempre vuelves.
Y eso es el olvido. Volver, siempre. En cualquier momento. En cualquier canción.

Por lo que, olvidar, no existe.
Sencillamente, asumimos, y nuestra cabeza poco a poco va dejando sitio a nuevos saludos para posteriores despedidas.

Pero dentro. Dentro. Dentro.
Cualquier domingo. O cualquier sábado al quitarte las medias.
Aparecerá.
En tu cabeza. Claro.
Y eso es todo lo que sé del amor o como querais llamarlo.
O sea, nada.

viernes, 28 de febrero de 2014

Ch.

Adoro la voz de una persona constipada.
La garganta rota de la decadencia. El no poderla oir gritar.
Adoro los abrazos por la espalda, hacerlos de frente dice demasiado y nadie dice demasiado cuando su conciencia habla de más.
Añoro los ojos marrones que a mí me hacían brillar. Esos ojos que llevan sin clavarse en mis muslos más de dos horas.
Siempre fui de escuchar música y dejar trocitos de mí por los peldaños de la desidia.
Escuchar silencio en mi cabeza se ha convertido en pasado.
Silencio sí puede conjugarse en pasado.
Miedo siempre en presente y futuro. Para atrás no miro. Los recuerdos y la mierda se me mete en los ojos.
Siempre salto los charcos por no verme reflejada en ellos y no poder mantener las ganas de llenarlos con agua. La de los ojos.
La que sale cuando las palabras ya no sirven para engañarse.
Me hacen triste.
Las canciones que hablan de otros y me obligan a sentirme identificada.
"No me hagas la cena, te hago yo la comida, ahogao entre tus piernas". Premio para quien sepa quién me está taladrando las entrañas ahora mismo.

Serpientes en mi sien recordándome que ni a ellas sé hacer bailar sin pisarse los pies que no tienen.
Increíble.
Hormigas por mi cuerpo llenándome a cosquillas. De las que duelen al saber que casi nadie quiere hacerte reir.
Mi cabeza es una jaula.
Y ni siquiera hay pájaro.
Aprieto la mandíbula y me preparo para pasar de canción. Como el que se prepara para salir de viaje y sabe que le esperan horas de viaje mareada.

La vida es un viaje de Valladolid a Barcelona.
Con ganas.
La vida, a veces, es un viaje de Barcelona a Valladolid.
Con ganas, de vomitar.
Los kilómetros no matan.
Matan las voces que te recuerdan lo lejos que estás.
"Acuérdate de mí pero no llores."
Solo eso.
Eso me digo. A mi otro yo.
Qué sería de mí si los que están yéndose ahora no hubieran venido a recoger lo que otros dejaron de lo que un día fui.

La culpa es mía.
Ya lo sé.
Todo es mío.
Excepto yo.


jueves, 27 de febrero de 2014

Me enciendo un cigarro y me enciendo por dentro.
Abro la ventana y me abro en canal.
Me congelo las putas pestañas y descongelo recuerdos que guardaba en esa caja de "no abrir nunca".
Se me deshacen en las manos, se me inunda la habitación, me desangro.
Agua y sangre.
Me aprieto las heridas. Pero no para curarme. Me las aprieto para sangrarme más encima.
Y Cheb me revienta hasta el dedo meñique del pie izquierdo.
Es como darse con el pico de la mesa en todo el muslo.
Es como arrancarse una uña. Y reirse a carcajada limpia.
Soy como una colmena. Llena de miel, dulce, suave.
Y con más picotazos que avispas.
Me muerdo las uñas.
Me muerden el cuello, para ver cómo me ahogo.
Me emborronan el cielo. El mismo cielo que yo ayer creía limpio.
Entre gritos suicidas, hay alguna palabra que da aire.

Puta jaula mental. Putos perros ladrando. Putos bozales que no encuentro.
Tengo miedo.
Me tengo miedo.
Tengo pánico a escribir.
De Enero a Diciembre. De Lunes a Viernes. De día a noche. De sol a luna.
De miedo a. Miedo.
Se me acumulan nubes en la espalda. Nubes de humo. De contaminación. De palabras que nunca diré y con las que siempre me intentaré asesinar yo misma por la espalda.
Escribo rápido para no analizar lo que estoy escupiendo.
Para no asumir que quizá sí necesito dejar de escribir.
Puta salvación contradictoria.
Siguen mirándome raro si digo que necesito desangrarme escribiendo cada día.
Siguen riéndose al escuchar un "escribir me hace daño."
Sigo riéndome cuando oigo un "son sólo letras, no sirven para nada."
Sogas en forma de verbos.
Sogas en forma de vernos.
Sogas en forma de "ven", que ya no nos diremos.
Yo la soga, las palabras la silla.
Sonata de invierno suena. Y Charly disfruta resquebrajando todo.
Soy feliz. Lo juro.
Pero a veces me miro por dentro y me escribo. Como si fuera a cambiar algo.
Como si fuera a colocar algo.

Como si fuera a mirar al cielo y a no querer escupirlo del daño que me hace al salvarme.

Los aviones se cruzan y dejan los restos en el cielo.

Los aviones ni vuelan y ya se estrellan,

en mi cabeza.

domingo, 26 de enero de 2014

Madrid.

A sus luces. A la primera vez que abracé en medio de Sol.
Los trenes son pequeños comparado con las ganas de la gente de bajar y respirar su esencia.
Prisas. Idas. Venidas.

Chamartín, tan guapo para mí que me quedaría allí a vivir. Con billete de estancia. Los de vuelta huelen mal.
Subí las escaleras mecánicas tropezándome con el barullo y las ganas de los demás que había en aquel andén.
Apoyé mi maleta en la escalera de abajo. Me pisaron los pies. Y las cuatro torres cada vez parecían más alcanzable. Qué iba a saber yo de que iba a llegar a ellas sin necesidad de tocarlas.

Eran las 11 de la mañana de un Jueves cualquiera para cualquiera pero no para mí.
Era mi vía de escape.
Y Madrid me esperaba con todas sus calles- Sonriéndome.

Hacía tanto frío que a mí solo me importaba tener las manos en cualquier bar.
Y es que una vez leí que lo bueno de Madrid es cuando es alguien.
Corría de la mano por Gran Vía.
Subí azoteas que no eran mías pero yo hice nuestras.
Me pinté los labios y los dejé por ahí.
Acariciaba el pelo de gente que no conocía.
Saltaba de alcantarilla en alcantarilla.
También bebí, mucho. Me vio borracha por sus calles. Y se enamoró más de mí.
Me ha visto latir en un recital de poesía.
He llovido con Madrid. Y me visto sonreir hasta tener dolor de tripa.
Me ha lamido las heridas.
Ha hecho que me despeine. Que pase calor. Frío. Ilusión.

Me ha visto perder trenes. Y esperarles sentada en el suelo. Llenarme de barro los pies y caerme en autobuses a las 6 de la mañana.
Me ha visto y mucho mejor, oido, follar hasta las 5 de la mañana.
Me ha visto llorar.
Clavarme en unos ojos.

Príncipe Pío es más bonito cuando te esperan con un beso.
Y El Retiro tiene más árboles desde que voy acompañada.
Los edificios son más altos desde que subo los escalones de dos en dos para no perderme ni una luz.
No se ven las estrellas, y todo está tan contaminado que duele verlo, es verdad.
Pero hasta eso es bonito.

Puedes imaginar cómo las estrellas iluminan Atocha.
O cómo Atocha se deja besar hasta las papeleras.
Debod tiene más besos que césped.
Y sus atardeceres hacen que cualquier se corra. Tenga o no tenga una mano entre pierna y pierna.

Cualquier rincón está lleno de recuerdos que quizá haga.
De lágrimas que quizá derrame.
Y de orgasmos que quizá, tenga.

Los bancos de la Plaza de Oriente.
Sus atardeceres.

O la Plaza Mayor que con nosotros se hace más pequeña.
La magia de las bocas de metro. La magia de los músicos alegrandote los viajes en el tren.
Los cigarros mal apagadas.

Te he visto tan guapa amaneciendo en Plaza España a las 6 de la mañana..
Y tan fea cuando tocaba dejarte en Chamartín..

A veces me da miedo exprimirte demasiado por eso de dejar de sentir ese cosquilleo que siento cada vez que piso tus calles. Pero es imposible.

Si los bancos de cualquier calle hablaran, llorarían.
Si los edificios pudieran hablar, llorarían.

Y yo que puedo llorar, sólo quiero perderme en cualquier edificio de cualquier centímetro de Madrid.
Tapándome los miedos con ganas de olvidar.
Tropezando.
Corriendo por no perder el metro.
Sonriendo cada vez que te huelo.



Gracias. Por darme sin pedir nada.
Por tener cachitos de mí por calles, bancos, hoteles, estaciones.

Gracias.





jueves, 23 de enero de 2014

Ya es primavera. ¿No?

Desde entonces todo me sabe a fruta.
Me subo a los autobuses y sonrío hasta con las ruedas.
Llueve, y lluevo yo.

Desde entonces, me miro al espejo y me planto un beso con sabor "hoy vas a poder."
Me echo crema por todo el cuerpo y bebo café los Domingos.
Y sí, sigo mordiendo la tapa de los bolis.

También abrazo al cielo cada tarde. Para que no se sienta solo.
Idealizo mi propia playa bañada de mí.
Sigo echándome la misma colonia que inunda cualquier calle por donde paso.

Me meto en la cama a la 1, y me duermo a las 6.
Escucho música a toda hostia sin pensar en los vecinos.
Me río de mí misma. Sin pensar en mí.

Desde entonces, cierro puertas. Pero no por miedo a que alguien las cierre por mí. Las cierro porque lo que hay detrás no me conviene.
También acaricio perros callejeros.
Y sí, sigo llegando tarde todos los días allá donde vaya.

Desde entonces, me hago el desayuno cada mañana y abrazo a mi madre.
Duermo casi desnuda.
Y me desnudo en los folios.

También bailo. Me atuso el pelo y salgo por ahí con mi mejor vestido a no pensar.
Me sigo tropezando si subo los escalones de dos en dos.
Y bueno, sigo siendo desordenada.

Miro cómo los coches, cargados de kilómetros, necesitan descansar. No pueden ver otra despedida más.
Miro cómo las nubes estallan porque no guardan más.
Escucho cómo suena el miedo. Y no, no le odio. Le quiero. Por hacerme más fuerte.

Sigo adorando el piano.
Mirando mal al 98% de la gente.
Cortándome con los folios.

Desde entonces, me echo acondicionador en el pelo.
Me sigo poniendo los calcetines de colores distintos.
Y sigo teniendo aquel libro que nunca terminé de leer.

Adoro la natación.
Morder labios carnosos.
Abrazar dudas de los demás aunque a mí me bombardeen.

Espero en estaciones.
Huelo cuellos.
Y sí, también sigo adorando hablar por teléfono.

Me gusta hacer reir.
Me encanta hacer llorar de felicidad.
Y sí, cómo no, nunca he dejado de perderme por calles que ya conozco.

Y aunque a veces me esconda.
Y no quiera saber de mis duchas de 45 minutos. Ni de pintarme las uñas.
Ni siquiera, quiera saber de comer castañas a las 8 de la tarde un Viernes de Invierno.






Aunque use todos los "aunque" del mundo y quiera creer que he cambiado..

Desde siempre..

Sigo siendo.


Yo.



-Aida.

miércoles, 22 de enero de 2014

No.

Me dejo llevar. Como la cucharada de después de cerrar el bote de helado de chocolate.
Como el agua de mar por mis rodillas.
Como mis pendientes enredados en mi pelo.
Como Andrés lamiéndome cada cicatriz.

Cada detalle hace que cada detalle sea diferente.
Miro por la ventana y veo cómo una niña lleva una mochila de la mano más grande que ella.
Cómo están los dedos puestos en mi cristal. Incluso, si me lo propongo, escucho lo que me va a decir mi madre cuando vea cómo tengo la habitación de desordenada.
También veo como una madre se mete en su coche con prisa, no sin antes darle la merienda a su hijo pequeño.
Un anciano acompañado de un bastón. Otro anciano acompañado de su mujer. Y la ayuda a bajar las escaleras. También veo a gente rompiéndose con abrazos antes de subirse al bus.
Los árboles se tambalean. Estoy segura de que también quieren que les escriba.
Y el cielo venga a pintarse a sí mismo. Como si alguna vez pudiera ser feo. Como si alguna vez pudiera no dolerme de lo bonito que está para mí.
Y los pájaros buscando otro aire en el que no ahogarse.
Pastillas en el cajón. Junto al corazón. Y la cabeza.
Tengo un casco medio roto que chilla más que el entero.
Una almohada que ya ni habla.
Una colonia a medio terminar. Y unos labios que llevan mucho sin besar. Y mucho peor, sin ser besados.
Sinceramente, me parece horrible que alguien más que tú, lleve tu colonia. ¿Nadie se da cuenta de que les queda horriblemente mal?
O bueno. A nadie le queda igual un jersey, que más tarde acabará en el suelo de cualquier rincón de cualquier ciudad y sin ningún pretexto más que las ganas de comerse.
Ni siquiera, joder, ni siquiera se puede andar con alguien de la mano igual. Ni se dan dos pasos igual. Ni se espera a nadie igual. Nada. Es. Igual.

Prometí no volver a escribir. Pero no sé. Hay muertes tan bonitas que merecen la pena.
Habeis destrozado el verbo querer.
No sabeis hacerlo. Ni decirlo.
Hemos destrozado cualquier cosa real. La hemos maquillado de falsedad.

Ya nadie se queda mirando a ver cómo alguien recoge a sus hijos del colegio.
Ni cómo una amiga ayuda a otra, cargada de recuerdos, y de alcohol.
Nadie mira con encanto una pareja de personas de 80 años.
Ni con pena a una de 12.
Nadie busca unos ojos de los que enamorarse en el autobús.
Ni cómo una mujer plancha a su marido la camisa mientras él la hace el desayuno.
Nadie mira más allá de lo que se ve. Nadie quiere conocer.
Nadie quiere querer.

Ni siquiera un Domingo a las 9 de la noche.

Nadie quiere quedarse mirando fijamente como Ella se pinta las uñas. De rojo.
O cómo él se recorta la barba y se mancha el labio de arriba con el café. Caliente.
¿Qué haceis?

Sentir, no, es malo.

Ni siquiera sentir demasiado es malo.

Pero creedme.
Pero será cuando realmente sea Nadie, el único el que se fija en los pequeños detalles.

Horrible será cuando la vida se convierta en una espiral de luces apagadas sin nadie que las encienda.

Mientras tanto, seguiré imaginando la vida de la gente del tren. Tropezándome con medio mundo en medio de Madrid. Adorando los sitios altos y comiendo mucho chocolate mientras alguien me acaricia el pelo.

Mientras tanto, seguiré viviendo.  No vaya a ser que os cargueis hasta los amaneceres.

Porque no. No os voy a dejar.

-Aida.


lunes, 20 de enero de 2014

A ver, que no.

Y escribo cuando no sale por la boca. Escribo lo mismo que dentro de cinco minutos no tendré cojones a leer. Apago la luz, pongo el móvil en silencio, abro la ventana y pum.
Las luces parpadean. No sé si están encendidas o apagadas. Y eso soy yo a veces.
Una luz intermitente. A veces parece que voy a apagarme para siempre y de repente emito un chorro de luz que ciega a cualquiera. Y otras.. otras parece que soy el foco más grande y más fuerte del planeta y solo soy el reflejo de otro que está detrás mío. Preparándose para brillar.
Cada día me embadurno más de mierda interna creyendo que con sacarla cada 4 meses vale. Pero no.
No vale. Ni siquiera valía cuando la sacaba cada día.
El mar no me salpica porque no le dejo ni siquiera rozarme.
Ni siquiera me abrazan porque no les dejo acercarse.
No me sonríen porque llevo tiempo sin querer verlos felices.
No escucho una voz que no sea la de mi otro yo dentro de mí.
Bebo un trago de agua y asimilo todo lo que está pasando.
Me muerdo las uñas, me acaricio los pies y me hago un nudo en el pelo. Y en el corazón.
Me cierro. 110%. Para nadie más que para mí. Joder.
Me miran y hablan de mí. Hablais en mí, voces. Hijas de puta.
Me meto en la cama y doy tantas vueltas como horas pasando miedo delante del espejo.
Y te cuelgo. Te rompo. Te lamo. Te desangro. Te arranco las uñas. Te desnudo. Te humillo.
Querido miedo. Eres un puto lastre del que estoy enamorada.
A veces necesito inyectarme miedo para no ser tan valiente y cagarla. A veces necesito hostias de valentía que me hagan ver que el miedo no puede gobernar una cabeza como la mía.
Una puta dictadura acústica.
A veces luchan. Luchan tanto que acaban saliendo para fuera y me obligan a arrancarme la coraza y vaciarme con alguien.
Y me río. Y mi rio. Mi rio particular. Lleno de peces que me hacen cosquillas en los pies para recordarme que estoy viva.
A veces rio, otras mar.
A veces montaña, otras subsuelo.
A veces beso, otras muero.
A veces muero, otras vivo.
A veces espero. Y nadie llega porque nadie se ha quedado a ver cómo necesitaba que alguien se quedara para irle a buscar.

El mundo se hace pedacitos dentro de mi boca y yo no sé ni masticar.

Pero tranquilos.
Ya estoy parpadeando.
Lo que no sé es si por dentro o por fuera. Si brillaré o me brillarán encima.
Pero estoy. Y lo que tengo muy claro es que nada. Nunca, me va a apagar.
Ni siquiera mil focos encima de mí.

Nada.