Intentas colocar algo. No hacer daño. Incrustar la estabilidad en tu vida para que así bañe a todos los que están a tu alrededor.
Pero con intentar, por supuesto que no, no es suficiente.
Incluso, muchas veces, y esta en concreto. Empujas a otros hacia abajo.
Y viene la impotencia, la inseguridad, el "vete antes de que puedas hacer más daño".
Y ojalá me levantara creyendo que las cosas pueden cambiar. Que mañana todo va a estar bien.
Que voy a poder decir "soy feliz". Pero pocas veces lo he dicho. Porque pocas veces lo he sido.
Pero cuando lo he sido, era de verdad.
Entiendes que el silencio grita muchísimo más que cualquier chillido en mitad de la noche.
Que resquebraja todo lo que pilla.
Desde el cráneo hasta el último hueso del pie derecho.
Y lo intentas, intentas levantarte.
Intentas pensar que en un tiempo todo estará en orden.
Que tú, seguirás.
Pero hay días que es imposible.
Hay días que llevan una despedida en el pecho.
Y ojalá me equivoque.
Ojalá no tenga que despedirme de nadie.
Ojalá solo sea una despedida momentanea de mis voces.
Calma. Y paz. Y abrazos.
Solo necesito eso.
Pero a saber dónde lo encuentro si odio los abrazos y aquí
hay de todo menos paz.
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