jueves, 3 de julio de 2014

Flores.

Para prisión la de nuestra cabeza.
Intentando salir de cuatro paredes hechas de recuerdos.
Intentando atravesarlos con las manos mientras les abrazamos para quedarnos con ellos un ratito más.
Cerrando los ojos para olvidar. Para recordar que estamos intentando olvidar cosas que queremos olvidar.
Dejándonos llevar por la lluvia. La misma que ayer me abrazaba las heridas y hoy se acumula hasta en la huella de los zapatos que nunca llevo.
Porque yo y los pies descalzos, vamos de la mano.
O de los pies, como querais verlo.
Ves como bailar de la mano con otra persona sin moverse, es vivir.
Que llevar vestidos de flores es una buena excusa para acabar plantándolos en el suelo de la habitación, literal y sexualmente hablando.
Qué manía la de querer tener lo que nunca tendremos porque nada es más nuestro que aquello que no tenemos.
Porque tenemos las ganas de tenerlo, y cuando lo cogemos con las manos, nos cansamos, o nos pesa, o llega alguien que se lo queda.
No sé hasta qué punto abrirte a alguien es bueno. Para la salud, mental.
Para la suya quiero decir.
El día que deje de escribirle a la nostalgia, dejaré de escribir.
Mientras tanto sigo echando de menos.
Llorando.
Y corriéndome.
Sin alguien al lado pero con alguien en la cabeza.
Acumulando recuerdos.
Hablando de veranos con verbos en plural.
Viviendo, de la mano, sin tocarnos.
Dejándote las piernas para que acabes con el corazón.

A mil.

Y hacia mí.


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