miércoles, 17 de diciembre de 2014

A mí. Huele a mí.

Diciembre huele a nubes grises en Madrid.
A niños saliendo de clase y comiendose el bocadillo de la merienda.
A besos en los semáforos.
A empaparse la espalda después de ducharse.
A hojas desperdigadas por el suelo de cualquier parque a las 17:24 de la tarde.
A la pareja que tengo delante fumando y mirándose como si el cielo se fuera a romper ahora mismo.
A ver atardecer desde cualquier banco.
A la mujer mayor que pasea a su perro.
Huele a trenes. A echar de menos. A dejar que el sol me ciegue mientras escribo.
Huele a bufandas. Huele a aire.
A dormir la siesta y levantarse de noche.
Huele a bancos y a dos enamorados que ya están rotos.
Huele a condones por el suelo, a coches mal aparcados. A ventanas imposibles de abrir.
Huele a encontrar una canción en la que quedarse a vivir.
A morderse las uñas. A no peinarse.
A bailar en medio de la calle.
A llorar en medio de la calle.
Huele a magia.
A que cualquier gesto sea diferente. A la luz tintineante de la farola de la acera de enfrente.
Huele a comida recién hecha.
A sentarse sobre los pies.
A gritar. Huele a colonia de hombre.
A sonrisas del parque de al lado de mi casa.
Huele a perder el autobús.
A café recién hecho. A hacer el amor.

A la ropa recién colgada. Al otoño apretandole los tornillos al invierno.
Huele a castañas.
Huele a unas manos. Huele a no saber dejar de escribir.
Huele a pipas.

Huele a ser feliz.

Por encima de cualquier cosa material.

Huele a fijarse en los pequeños detalles.


Huele a quererme. Como nunca antes lo había hecho.


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