miércoles, 3 de diciembre de 2014

Días.

Hay días para echar de menos.
Otros para remolonear en la cama. Para salir a la calle y comerse cualquier baldosa.
Días para sentarse en un banco a ver como la vida avanza y tú la vacilas diciendola que se espere. Que estás cansada.
Días para follar.
Días para llorar. Mucho.
Días para comer. Días para correr la cortina y correrse de espaldas a la ventana.
Días para hacer fotos. Para leer.
Días para ver la televisión. Para ver películas moñas que a todos nos apetecen alguna vez.
Días para tener tanto miedo como rizos.
Para fumar. Solamente fumar.
Días para recogerse el pelo. Para soltarselo.
Para escuchar música.
Para perder el metro en la cara.
Para que te salven la noche con un "en 10 minutos estoy en tu casa".
Días para hablar por teléfono. Para comer comida china.
Para pintarse los labios aunque no vaya a salir de casa. Rojo. Rojo zorra.
Días para darse baños de 2 horas.
Para romper todas las cartas que un día escribiste.
Para beber hasta explotar.
Días para abrazar a mi madre.
Días para ir a cualquier recital de poesía y darse cuenta de que todos nos sentimos solos alguna vez,
Días para ir al cine. Bendito cine.
O al teatro.
O a un parque a llorar.
O a sonreír al ver cómo los crios juegan.
Días para ir a algún museo.



Y sobre todo, hay días para tener la nostalgia hasta en las uñas de los pies.
Días en los que las fotos no son suficientes. No.
Quieres más.
Quieres realidad.
Pero de la que no duele.
Quieres no tener miedo. Ni tener que meterte en la ducha para que nadie oiga como te desahogas.

Días en los que ser fuerte no es una opción.

Días en los que eres fuerte.

Y no sólo te pintas los labios de rojo.
Si no que también te besas las cicatrices.
Y no solo no duelen, si no que se empiezan a curar.

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