domingo, 14 de diciembre de 2014

Por las batallas en copas altas.

Sab. http://dobledecafe.blogspot.com.es/ --                                        Aida.

Gritar en silencio las guerras internas que nunca se ganan. Y grabar en la piel con sangre caliente las que se pierden. Olvidar los pasos dados cuando se trata de seguir caminando. Recordarlos para evitar la caída. 
Subirle el volumen a los truenos de un tormento interminable. Y callar la poca calma que siempre viene después de la tormenta. Interna.
La seda cara siempre por dentro. Vestidos de lino barato para cubrir las heridas. Y no poder evitar que las pupilas sean la chispa de una revolución prohibida. El mechero siempre cargado, en la mano del corazón que nos falta. Para poder pintarnos la cara con las cenizas de todo lo que un día fuimos. La cara. La que no ponemos cuando se trata de otros. En la primera en la que nos descargamos nosotros.
 
Somos
nuestro propio
saco de boxeo.
Y a este paso, la causa de una muerte inminente. 




Ganar. Y ganarte, vida.
Personas que son como esos golpes con el pico de la mesa.
Golpes que dejan huella.
A veces hasta cicatriz.
Patadas en la cabeza y sueños desperdigados por montañas de odio hacia nosotros mismos.
Ojalá tuviera la capacidad de quererme como quiero a otras personas.
Porque eso es lo que yo entiendo de sentir.
No buscar a alguien que te haga sentir especial. Pero sí quedarse con quien consiga que los domingos dejen de pesar tanto.
Con quien consiga que una jodida ciudad llena de contaminación se convierta en un mar lleno de paz.
Porque supongo que querer es eso.
Buscar a alguien hasta en las gotas de la ducha. Pintar con las manos una espalda. 
O dejar que esa espalda soporte todas las manos que los demonios intentan hacerte tener para hundirte tú misma hacia el fondo.
Claro que ya no sé ni lo que escribo.
Pero eso no es nuevo.
Lo nuevo es que mirar hacia arriba ya no duele porque las montañas de odio poco a poco y poro a poro están desapareciendo.
Lo nuevo es que ya no lloro cuando estoy triste, lo hago más cuando soy feliz. 
Lo nuevo es que he empezado a vivir, con 19 años. 

Y lo que de verdad vale. 
Es que no lo hago sola.
Que Madrid también me ayuda. 
Y así va esto.
Si un día estoy triste, se pone a llover para recordarme que yo también lo hacía cuando estaba feliz.
Y si un día estoy feliz, se pone a gritar. 

Porque dentro. Muy dentro. 

Por muchos años, o vidas que pasen.

Te llevaré. 

Y eso solo lo sabré yo. Gracias al cielo. 

Y un par de manos que lo sostienen. 

(Por latir con Sab. )

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