jueves, 30 de octubre de 2014

Querido miedo.

Querer no cuesta. Ni tampoco cuesta cerrar los ojos con una boca pegada al otro lado de la cama.
Ni besarle la nariz. 
Ni siquiera cuesta enamorarse hasta las jodidas trancas.
No. 
Es fácil.
Dejas el muro a un lado y notas como ahora tienes otras dos manos que te sujetan el mundo que creías insostenible.
Lo que cuesta es no llorar cuando imaginas una despedida.
Al fin y al cabo, durante 24 horas de un día - los domingos tienen más, estoy segura- se rompen millones de corazones. De corazas. De paredes por puños de personas que se han destrozado la vida por cuidar la de otro. 
Y darse cuenta de que aún puedes contar con dos labios, con dos brazos, con otro corazón más grande que todo Madrid, es un motivo lo suficientemente grande como para romper a llorar sin saber cómo parar.
Cuanto más tengo en mi vida, más miedo tengo en mi cabeza.
Porque sí.
Se puede llorar, sangrar, romperse, morderse las uñas, caerse al suelo por el puto miedo.
Te levantas un dia y lo ves todo negro.
Y te toca asumir que tarde o temprano tendrás que comerte el miedo y romperle a él las entrañas.
Que un día u otro, podrás con él.
Que ya no dejarás que te ensucie la mente ni los oidos de ruido.
Que al meterte en la ducha en vez de llorar, te correrás. De felicidad.
Que al coger el metro no pensarás en si sus ojos ya no van a volver a mirarte.

No buscar sonrisas en andenes llenos de gente triste.

No esperar nada.

No dejarse llevar por el miedo.

Poder con todo porque sí.

Porque puedes.

Y te lo debes.


No hay comentarios:

Publicar un comentario