Las luces parpadean.
La música sube.
Una foto, otra va.
Invasiones de colonia en mi nariz.
Todo está lleno de olor, rencor, odio, miedo, lágrimas.
Como sacar algo que lleva metido toda una vida.
Quizás dos o tres generaciones.
Los charcos piden clemencia.
El asfalto no soporta más despedidas.
Los bolígrafos no quieren seguir viendo cómo hay ojos que los hacen correrse.
Nadie quiere ojos.
Y menos lágrimas.
Manos. Brazos enteros y eternos si hacen falta.
Abrazo.
A las despedidas para que se enamoren de mí.
No sé escribir de otra cosa que no sea yo. Yo YO yo siempre yo.
Y luego para la que menos tengo amor es para el espejo. Y mucho menos su reflejo.
Ojalá romper todos los espejos del mundo.
Todos los billetes de vuelta a una ciudad que te abrasa.
Dejarme llevar por la lluvia y por las estaciones de tren.
Por la cama. Por mi cama.
Por los rizos. Por una barba.
Ojalá los domingos no se disfrazaran de personas. Porque juro que me he quedado clavada en caras que tenían pinta de domingo.
Los sábados huelen a carmín. A labios destrozados.
Los domingos a rimmel por las mejillas y manos hechas mierda.
A nostalgia.
Los lunes en cambio, huelen a "debería estar haciendo lo que me prometí el domingo".
Pero en cambio, vuelvo a caer.
Pum.
Pum.
Pum.
Balazos mentales.
Y abrazos que nadie más que la lluvia, me da.
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