De repente te ves con bloques de hormigón aplastándote la cabeza. A recuerdos.
Intentas cerrar los ojos. Lo intentas porque cerrarlos supone tener ráfagas de imágenes, en las que fuiste feliz.
Das vueltas sobre ti mismo.
Te pones los cascos. Y el techo de la habitación se te despedaza. Encima.
Y tú te dejas.
Te dejas porque no hay otra que asumir que esto va a ser así hasta que consigas asumir que todo se va.
Que ya no habrá más noches escuchando una voz al otro lado del teléfono.
Ni comiendo a las 3 de la mañana.
Ni tampoco harás más planes. Ni más viajes. Ni tampoco te echará crema por la espalda para no quemarte.
Sencillamente, no habrá nada.
Tendrás la cabeza llena de momentos.
Y principalmente, los buenos, porque malos hay muy pocos. Y solían acabar bien.
En cualquier habitación de hotel.
De cualquier manera.
Pero juntos.
Porque lo bueno siempre superará a lo malo.
Porque casi nadie sabe hacer feliz, pero cuando lo consigues, no quieres soltarte.
Quieres seguir llorando al despedirte en la estación.
Quieres seguir despidiéndote -temporalmente-.
Quieres seguir aguantando todas sus manías, esas que antes no soportabas.
La puntualidad. El control del futuro. O la cantidad de veces que se peinaba.
Todo aquello que le hacía ser alguien diferente.
Quieres seguir mordiéndole en cualquier estación. En cualquier boca de metro.
Besos de esos que te mordían hasta la costilla derecha.
Manos que te recorrían hasta el miedo más guardado.
O abrazos que pegaban todos los trozos de ti que fingías no tener.
Cosas que nadie más sacó de ti.
"Sacas lo mejor de mí".
Como si lo mejor no lo tuviera él hasta en el pelo.
Y sonríes.
Sonríes al recordar cómo te hacía cosquillas creyendo que eso aún está.
Creyendo que el pasado volverá a ser presente.
Creyendo cualquier cosa excepto que hoy no.
Asumiendo que tienes que asumir que ya no.
Y que posiblemente, tampoco mañana.
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