sábado, 2 de agosto de 2014

Y me pongo a escribir como si pudiera soportar los trozos que dejo de mí en el teclado.
Como si cerrar los ojos no doliera.
Tumbarse en la cama y no preguntarse qué cojones pasó.
En qué segundo las cosas dejaron de ser presente y futuro para ser pasado.
Y menudo pasado.
Menuda felicidad.
Aprietas mucho los ojos para no dolerte más.
Te levantas por inercia. Desayunas algo.
Vuelves a comerte, la cabeza.
Te muerdes las manos como si tuvieras 2 años.
Te metes en la ducha y te haces pequeña, muy pequeña.
Todo te ahoga.
El champú te ahoga.
Te enjabonas rápido. Te secas. Te miras.
Asco.
Te vistes.
Aun sabiendo que no van a desvestirte luego. Te vistes.
Intentas asumir.
Asumir que has vuelto a perder.
O no, miento.
Has perdido como nunca antes lo habías hecho.
Y el miedo no se ha ido ni perdiendo aquello que te daba miedo perder.
Y la esperanza se ha colado por las tuberías.
Y ya no tienes uñas.
Ni voz. No quieres hablar. Ni mirar a nadie.


No sabes lo que quieres.
O quizás sí.

Pero esto no, desde luego.

Ni la presión en el pecho, ni los ojos hinchados, ni la cabeza culpándote por todo.

No sabes qué quieres pero sí a quién.

Y solo buscas un abrazo.
Aunque sea el último.

Uno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario