sábado, 30 de agosto de 2014

Bang.

Los balazos viene en forma de foto.
De esquina. La de mi cama, por ejemplo.
También vienen en forma de olor. Todo me huele a ti.
Vienen cuando salgo a la calle y te busco creyendo que vas a aparecer.
Cuando me meto en la cama. O me lavo los dientes.
O me despeino. Fíjate si.
Cuando me desnudo. Escucho música. Voy en coche.
Me estiro en el sofá.
Cuando me miro las manos. Buscando -desesperadamente- otras.
Cuando bajo la persiana.
Cuando voy a la estación.
Cuando tiemblo y no estás.
Cuando tiemblo porque no estás.
Cuando quiero abrazarte.
Cuando quiero clavarme en ti. Y en tus ojos.

Balazos. Las 24 horas del día.
Que por la noche se multiplican por dos.

Ojalá mi almohada supiera quererme igual que tú.
Y así abrazarla sirviera de algo.

Noches en vano.
Noches de mierda.

Y balas que sólo yo me disparo.

Porque ver fotos duele.
Pero más duele saber que quizás, sean las últimas.

Te imagino y me rompo.

Me rompo y me pego los trozos.

Pero quedan mal.

Siempre falta uno.

El tuyo.

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