Los balazos viene en forma de foto.
De esquina. La de mi cama, por ejemplo.
También vienen en forma de olor. Todo me huele a ti.
Vienen cuando salgo a la calle y te busco creyendo que vas a aparecer.
Cuando me meto en la cama. O me lavo los dientes.
O me despeino. Fíjate si.
Cuando me desnudo. Escucho música. Voy en coche.
Me estiro en el sofá.
Cuando me miro las manos. Buscando -desesperadamente- otras.
Cuando bajo la persiana.
Cuando voy a la estación.
Cuando tiemblo y no estás.
Cuando tiemblo porque no estás.
Cuando quiero abrazarte.
Cuando quiero clavarme en ti. Y en tus ojos.
Balazos. Las 24 horas del día.
Que por la noche se multiplican por dos.
Ojalá mi almohada supiera quererme igual que tú.
Y así abrazarla sirviera de algo.
Noches en vano.
Noches de mierda.
Y balas que sólo yo me disparo.
Porque ver fotos duele.
Pero más duele saber que quizás, sean las últimas.
Te imagino y me rompo.
Me rompo y me pego los trozos.
Pero quedan mal.
Siempre falta uno.
El tuyo.
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