Llevaba mucho sin quemarme por dentro y mucho menos sin notar cómo la lluvia me calmabas hasta el miedo más escondido.
Mirando por la ventana y viendo cómo los crios pequeños chapotean con los charcos sin saber que quizás están hechos de recuerdos de alguien.
Sin ver cómo una pareja se tiene que esconder para comerse a besos en vez de mojarse y revolotear por el agua.
Nunca me ha salvado tanto una tormenta hasta que vi cómo lloraba de felicidad en una cama.
Romperse con el cielo creyendo que nos estamos reconstruyendo.
Me da miedo dejar de escribir.
Me da miedo no sentir.
Hacerme un muro, confiar solamente en mi capacidad de hacerme feliz.
Ver llover y no querer llorar.
Porque sí.
Siempre que miramos al cielo vemos a alguien.
U olemos algo que nos hace recordar a alguien.
Y nos atusamos el pelo creyendo que ya no vas a necesitar nunca más que lo hagan otras dos manos.
Que no necesitas otros labios que te muerdan. Sí, he dicho labios. Y he dicho morder.
Porque los dientes solo duelen.
Porque no puede ser casualidad que haya escrito esto mientras un helicóptero de emergencias inflababa mi casa de su ruido.
Porque ver las pisadas de los gatos callejeros buscando un coche donde esconderse de la lluvia es más bonito que ver cómo lo hacen dos personas.
Porque a los gatos el agua les da asco.
A nosotros, miedo.
Bueno, a vosotros.
Yo disfruto mojándome.
Bailando debajo de la lluvia.
Escuchando los truenos más altos que mis latidos.
Comiendo gotas de agua como quien se come recuerdos.
Sonriendo después de llorar.
Abrazando después de perder.
Escuchando a Ludovico mientras en mi ventana se despedazan tres o cuatro almas.
Estoy avanzando.
Con las letras.
Con los bailes.
Con la lluvia.
Y sobre todo, conmigo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario