martes, 23 de septiembre de 2014

Gracias, a la lluvia. Otra vez.

Y mientras tanto la lluvia me recuerda que no estoy sola.
Que el cielo también llora.
Que la música también necesita dos oidos que la escuchen, o dos manos que la sientan.
Que las farolas también tintinean y nadie las abraza. Porque quien las abraza siente que está tan loco que "solo un loco abrazaría farolas por la calle".

Escucho pisadas en mi pecho.
Quizá sea que el corazón ha vuelto a hacer de las suyas y se está dejando notar.
Quizá sea que la coraza que durante años intenté crear, se está abriendo para unas manos.

Escucho cómo nada se coloca pero todo se queda quieto.
Latiendo. Pero quieto.

Intento mirar gotas de agua como quien mira el mismo caballito en una feria.
Como quien busca la misma luz viendo fuegos artificiales.
Como quien busca el mismo beso en un mar de despedidas.

Corro la cortina para no ver lo que hay fuera. Y así poder abrazarme por dentro.
Ojalá la paz que estoy tocando con las manos alguien más pudiera sentirla.

Pero hoy, sólo yo me la merezco.

Hoy los demonios no hablan. Ni siquiera pisan. Ni abren las heridas. Ni tampoco me recuerdan lo que hago malo.

Un solo de piano en mi habitación, sola.
Acariciándome los pies mientras no echo de menos a nadie porque tengo a todo el que quiero tener en mi vida. Hablo de tener como el que tiene un sentimiento y no a una persona.

Nadie es de nadie.
Ni tú eres suyo.
Ni él es tuyo.
Tú, eres tuyo.

Las lágrimas del alma.
Las manos de quien quiere que las toque por todo lo que remueve en mi pecho.
El pecho de quien quiere acariciarlo hasta verme dormir porque sabe lo que eso supone.
Los pies de quien le compre los zapatos que menos daño hagan y más guapos nos hagan.
El cielo. Del cielo.

Y la lluvia, menos mal que hoy, la lluvia es mía.

Y puedo bañarme en ella.
Follarme en ella.

y mucho mejor, verme reflejada, sonriendo, por dentro,


en

con

y por ella.

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