miércoles, 22 de enero de 2014

No.

Me dejo llevar. Como la cucharada de después de cerrar el bote de helado de chocolate.
Como el agua de mar por mis rodillas.
Como mis pendientes enredados en mi pelo.
Como Andrés lamiéndome cada cicatriz.

Cada detalle hace que cada detalle sea diferente.
Miro por la ventana y veo cómo una niña lleva una mochila de la mano más grande que ella.
Cómo están los dedos puestos en mi cristal. Incluso, si me lo propongo, escucho lo que me va a decir mi madre cuando vea cómo tengo la habitación de desordenada.
También veo como una madre se mete en su coche con prisa, no sin antes darle la merienda a su hijo pequeño.
Un anciano acompañado de un bastón. Otro anciano acompañado de su mujer. Y la ayuda a bajar las escaleras. También veo a gente rompiéndose con abrazos antes de subirse al bus.
Los árboles se tambalean. Estoy segura de que también quieren que les escriba.
Y el cielo venga a pintarse a sí mismo. Como si alguna vez pudiera ser feo. Como si alguna vez pudiera no dolerme de lo bonito que está para mí.
Y los pájaros buscando otro aire en el que no ahogarse.
Pastillas en el cajón. Junto al corazón. Y la cabeza.
Tengo un casco medio roto que chilla más que el entero.
Una almohada que ya ni habla.
Una colonia a medio terminar. Y unos labios que llevan mucho sin besar. Y mucho peor, sin ser besados.
Sinceramente, me parece horrible que alguien más que tú, lleve tu colonia. ¿Nadie se da cuenta de que les queda horriblemente mal?
O bueno. A nadie le queda igual un jersey, que más tarde acabará en el suelo de cualquier rincón de cualquier ciudad y sin ningún pretexto más que las ganas de comerse.
Ni siquiera, joder, ni siquiera se puede andar con alguien de la mano igual. Ni se dan dos pasos igual. Ni se espera a nadie igual. Nada. Es. Igual.

Prometí no volver a escribir. Pero no sé. Hay muertes tan bonitas que merecen la pena.
Habeis destrozado el verbo querer.
No sabeis hacerlo. Ni decirlo.
Hemos destrozado cualquier cosa real. La hemos maquillado de falsedad.

Ya nadie se queda mirando a ver cómo alguien recoge a sus hijos del colegio.
Ni cómo una amiga ayuda a otra, cargada de recuerdos, y de alcohol.
Nadie mira con encanto una pareja de personas de 80 años.
Ni con pena a una de 12.
Nadie busca unos ojos de los que enamorarse en el autobús.
Ni cómo una mujer plancha a su marido la camisa mientras él la hace el desayuno.
Nadie mira más allá de lo que se ve. Nadie quiere conocer.
Nadie quiere querer.

Ni siquiera un Domingo a las 9 de la noche.

Nadie quiere quedarse mirando fijamente como Ella se pinta las uñas. De rojo.
O cómo él se recorta la barba y se mancha el labio de arriba con el café. Caliente.
¿Qué haceis?

Sentir, no, es malo.

Ni siquiera sentir demasiado es malo.

Pero creedme.
Pero será cuando realmente sea Nadie, el único el que se fija en los pequeños detalles.

Horrible será cuando la vida se convierta en una espiral de luces apagadas sin nadie que las encienda.

Mientras tanto, seguiré imaginando la vida de la gente del tren. Tropezándome con medio mundo en medio de Madrid. Adorando los sitios altos y comiendo mucho chocolate mientras alguien me acaricia el pelo.

Mientras tanto, seguiré viviendo.  No vaya a ser que os cargueis hasta los amaneceres.

Porque no. No os voy a dejar.

-Aida.


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