domingo, 26 de enero de 2014

Madrid.

A sus luces. A la primera vez que abracé en medio de Sol.
Los trenes son pequeños comparado con las ganas de la gente de bajar y respirar su esencia.
Prisas. Idas. Venidas.

Chamartín, tan guapo para mí que me quedaría allí a vivir. Con billete de estancia. Los de vuelta huelen mal.
Subí las escaleras mecánicas tropezándome con el barullo y las ganas de los demás que había en aquel andén.
Apoyé mi maleta en la escalera de abajo. Me pisaron los pies. Y las cuatro torres cada vez parecían más alcanzable. Qué iba a saber yo de que iba a llegar a ellas sin necesidad de tocarlas.

Eran las 11 de la mañana de un Jueves cualquiera para cualquiera pero no para mí.
Era mi vía de escape.
Y Madrid me esperaba con todas sus calles- Sonriéndome.

Hacía tanto frío que a mí solo me importaba tener las manos en cualquier bar.
Y es que una vez leí que lo bueno de Madrid es cuando es alguien.
Corría de la mano por Gran Vía.
Subí azoteas que no eran mías pero yo hice nuestras.
Me pinté los labios y los dejé por ahí.
Acariciaba el pelo de gente que no conocía.
Saltaba de alcantarilla en alcantarilla.
También bebí, mucho. Me vio borracha por sus calles. Y se enamoró más de mí.
Me ha visto latir en un recital de poesía.
He llovido con Madrid. Y me visto sonreir hasta tener dolor de tripa.
Me ha lamido las heridas.
Ha hecho que me despeine. Que pase calor. Frío. Ilusión.

Me ha visto perder trenes. Y esperarles sentada en el suelo. Llenarme de barro los pies y caerme en autobuses a las 6 de la mañana.
Me ha visto y mucho mejor, oido, follar hasta las 5 de la mañana.
Me ha visto llorar.
Clavarme en unos ojos.

Príncipe Pío es más bonito cuando te esperan con un beso.
Y El Retiro tiene más árboles desde que voy acompañada.
Los edificios son más altos desde que subo los escalones de dos en dos para no perderme ni una luz.
No se ven las estrellas, y todo está tan contaminado que duele verlo, es verdad.
Pero hasta eso es bonito.

Puedes imaginar cómo las estrellas iluminan Atocha.
O cómo Atocha se deja besar hasta las papeleras.
Debod tiene más besos que césped.
Y sus atardeceres hacen que cualquier se corra. Tenga o no tenga una mano entre pierna y pierna.

Cualquier rincón está lleno de recuerdos que quizá haga.
De lágrimas que quizá derrame.
Y de orgasmos que quizá, tenga.

Los bancos de la Plaza de Oriente.
Sus atardeceres.

O la Plaza Mayor que con nosotros se hace más pequeña.
La magia de las bocas de metro. La magia de los músicos alegrandote los viajes en el tren.
Los cigarros mal apagadas.

Te he visto tan guapa amaneciendo en Plaza España a las 6 de la mañana..
Y tan fea cuando tocaba dejarte en Chamartín..

A veces me da miedo exprimirte demasiado por eso de dejar de sentir ese cosquilleo que siento cada vez que piso tus calles. Pero es imposible.

Si los bancos de cualquier calle hablaran, llorarían.
Si los edificios pudieran hablar, llorarían.

Y yo que puedo llorar, sólo quiero perderme en cualquier edificio de cualquier centímetro de Madrid.
Tapándome los miedos con ganas de olvidar.
Tropezando.
Corriendo por no perder el metro.
Sonriendo cada vez que te huelo.



Gracias. Por darme sin pedir nada.
Por tener cachitos de mí por calles, bancos, hoteles, estaciones.

Gracias.





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