Yo soy más de apoyarme en el hombro de alguien para ver la vida desde allí. Desde los míos pesa mucho.
Soy más de morderme las uñas cuando veo que las tengo largas solo por el hecho de llevarme la contraria.
Soy más de tomar café, con 3 de azúcar aunque aborrezca el café y el azúcar.
Soy más de no agitar el zumo de piña, bastante agitada tengo ya la cabeza.
También soy de fumar cuando ya he dejado de fumar. De subirme a autobuses sola para darme cuenta de que ya no es un "sí, dos" cuando voy a pagar el ticket.
También me gusta saltar en la cama cuando ya está hecha. De bajar justo 10 minutos antes de la comida para comer algo y luego no tener hambre.
También adoro abrir la ventana un 3 de Enero a las 20:20 de la noche.
Soy de meterme en la cama y sacar los pies para congelarme.
De andar bajo la lluvia y llorar con ella. De no terminar libros. De no dar abrazos por miedo a demostrar que yo también los necesito.
Me gusta subir la persiana los domingos. Odio el té. Y adoro las uñas rojas.
Los mordiscos, arañazos, pellizcos en el culo.
Siempre he idealizado a los demás como a mí me gustaría que fueran y me ha encantado que en muchos aspectos no se parecieran en nada a lo que mi cabeza decía que tendrían que ser para hacerme bien.
He volado sentada en una cama y me he caido sin ni siquiera moverme de la silla.
Las duchas me pueden. Sola. Y con una montaña de recuerdos que se cuelan por la cañería.
Nadie está fuera o dentro de mi vida. Mi vida no tiene una puerta que decide quien si o quien no. Y eso es algo de lo que hace dos días me acabo de dar cuenta.
Podría definir mi vida como esa parada de bus en la que te apoyas y ves como el mundo corre, vuela, camina, pero nunca se para. Es como ese asiento en el que te sientas con miedo a que te lo quiten. Soy como ese casco que de vez en cuando funciona y te la misma paz que la misma mala hostia al ver que no se oye.
Mi vida es una parada de autobús en la que muy pocos se han querido quedar a ver conmigo el siguiente autobús.
Una parada de metro, una estación de tren. Es algo pasajero en un sitio pasajero y con personas pasajeras que deciden o no ser pasajeras.
De vez en cuando yo doy un aviso de "deberías subir a ese autobús y olvidarte de esta parada."
Suelo huir cuando veo que alguien decide quedarse de verdad.
Es como un arma para defenderme. Me voy por miedo a que se queden, me acostumbre a ellos, y decidan irse.
O les haga daño. O les impida conocer paradas mejores que la mía.
Soy como esos dedazos en el cristal de tu habitación y el grito de tu madre de después.
Como saltar un charco y mojarte hasta las pestañas.
Como salir a la calle con el pelo liso y que de repente empiece a llover.
Sal y azúcar.
Caos. Caso. Caer.
Y de vez en cuando, un poquito de orden.
Pero vamos. Que eso de que las estaciones están fijas es mentira.
A veces desaparecen y se van lejos. No os asusteis si decidis quedaros y no teneis asiento.
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