lunes, 6 de enero de 2014

Trenes.

Nunca te había mirado de frente y te había gritado tanto en silencio como aquella vez que me obligaste a coger el tren de vuelta.
Hola, distancia.
Eres una tremenda hija de puta.
Quitas, quitas, y no sabes lo que das cuando llego a la estación.
Es como una patada en toda tu boca. En la boca del estómago. Es un tirón de pelo. Un mordisco en el alma.
Y sencillamente, te jodes. Me bajo del tren, piso el suelo de cualquier otra ciudad que no sea de la mierda en la que vivo, y empiezo a.. Vivir. Sí.
Te jode darme sonrisas. Pero nadie me las da tanto como cada vez que consigo matarte y llegar a los brazos de alguien esperandome en la estación.
Te idealizo y te imagino una mujer. Guapísima. Y de nombre, Olvido. Cómo te ibas a llamar sino.
Te imagino preciosa pero dolorosa. Total. Son solo kilómetros que revientas cada vez que te bajas del avión. Pero nadie sabe lo de las noches sin poder pegar ojo. Ni lo de tener que conformarte con acariciar una voz por teléfono. Ni siquiera sabes lo que se siente cuando te tienes que volver y dejar una parte de ti en cualquier ciudad.
Estás maquillada. De palabras. Pero llega alguien que te desnuda. Te borra toda esa puta sonrisa de la cara que tienes cada vez que separas a dos personas que se necesitan a cm y le echa todos los cojones que tiene un tren para avanzar.
¿Sabes lo que es poder decirle al oido de alguien que le quieres y que no sea por un teléfono?
Obligas a los que tienen pánico a rendirse. Es como si a un crío le pones un caramelo en la boca y se lo arrancas de cuajo sin ni siquiera poder lamerse los labios.
Es como si disfrutaras haciendo daño.
Es coger el envoltorio de un papel. Precioso. Como un beso. Y retorcerlo hasta dejarlo sin tinta.
Es un "podemos con esto" y un "joder, ven" al segundo después.
Te rompería los tacones y los tiraba a ls vías de un tren para que vieras lo que es caminar descalza por un suelo que parece sencillo y acaba lleno de cristales. Con sangre.
Pocos salen vivos de un laberinto de dudas y miedos que se te clavan cada noche sabiendo que es un día menos para aterrizar y uno menos para volver.
Te subes al tren y ves como la otra persona se hace más pequeña. Y no puedes ni siquiera rozarla una vez más. Te pones los cascos y coges más velocidad que el propio tren. Mental, quiero decir.
Recuerdas cada sonrisa, cada abrazo, cada gesto, cada puto momento que has exprimido dentro de ti y nadie podrá sacar nunca.
Ves como la ciudad se va. O te vas tú. Y vienen las voces. Recordandote todo lo que puedes perder y lo que estás perdiendo por haberte subido a ese puto tren.
Te tienes que conformar con una llamada a las doce la noche cada vez que se te cae el mundo encima.
Te tienes que conformar con sobrevivir.
Con aguantar unas ganas imparables de besar. Una ciudad.
Y miras el móvil y las fotos te atraviesan cada costilla.

Pero lo que no sabes. Es que cada palabra, puede más que tu y todos los kilómetros juntos.
Que ni mil trenes pueden parar las ganas de alguien como yo de huir.
Y lo que tampoco sabes es que cuanto más separes, más fuerza se echa para acercarse.
Que una voz al otro lado del teléfono es más que un abrazo de alguien que tienes al lado.


Que en el fondo. No te odio.
Solo te mato cada día sabiendo que podré salir de aquí.
Y la única distancia que tendré será con mis miedos.

1 comentario:

  1. Que bonita estás cuando odias a lo odiable.
    Y qué bien personalizas a la distancia, joder.

    Un abrazo,
    de los que valen oro y quedan pocos,
    S.

    ResponderEliminar