domingo, 9 de marzo de 2014

Adiós.

¿Adiós? ¿En serio?
En qué jodido momento se le ocurrió al ser humano que la única manera de despedirse de alguien es decir adiós.
Pero no adiós de los "te veo luego".
No. Adiós de "no voy a volver a verte, ni a hablarte, ni a saber de ti, ni siquiera quiero que te nombren delante de mí."
¿De verdad alguien se ha creido todo ese rollo de que olvidar es echar dos dedos más a la copa?
¿O lo de fumarse 3 porros para no pensar durante 30 minutos?
La pregunta es. Si no queremos doler. Para qué dejamos entrar a nadie.
Nos autoengañamos creyendo que separarnos de una persona a la que has querido tanto como a un día con sol en pleno Enero es lo más sencillo.
Que tirar fotos, quemar cartas, borrar canciones, borrar su número, es la única jodida solución para superar que quien entra, se va.
Que quien decide quedarse, se acaba marchando.
No hablo de relaciones. Hablo de sentimientos.
Que menos mal, que hay veces, que no va ligado.
Nos creemos autosuficientes. Creemos que podemos enamorarnos y salir ilesos.
Que podemos pasar página como quien salta de baldosa en baldosa.
Pero el puto corazón no es una baldosa que espera ser pisada por un zapato que no duela, ni manche, ni rompa.
Supongamos que todos podamos olvidar.
Eso no sería amor.
Nadie sabe olvidar. Por mucho que nos empeñemos.
Siempre vuelve. Un olor. Un gesto. Una manera de mirar.
O un día de lluvia. Una voz que le recuerde a la mía. O un vestido.
O quizá la manera de andar de alguien.
O cuando cierre los ojos y me vea tropezándome.
El olor a jardín recién mojado. O una colonia. Restos de carmín.
Siempre volvemos a alguien del que un día decidimos salir.
Siempre volvemos.
Siempre vuelves.
Y eso es el olvido. Volver, siempre. En cualquier momento. En cualquier canción.

Por lo que, olvidar, no existe.
Sencillamente, asumimos, y nuestra cabeza poco a poco va dejando sitio a nuevos saludos para posteriores despedidas.

Pero dentro. Dentro. Dentro.
Cualquier domingo. O cualquier sábado al quitarte las medias.
Aparecerá.
En tu cabeza. Claro.
Y eso es todo lo que sé del amor o como querais llamarlo.
O sea, nada.

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