A sus luces. A la primera vez que abracé en medio de Sol.
Los trenes son pequeños comparado con las ganas de la gente de bajar y respirar su esencia.
Prisas. Idas. Venidas.
Chamartín, tan guapo para mí que me quedaría allí a vivir. Con billete de estancia. Los de vuelta huelen mal.
Subí las escaleras mecánicas tropezándome con el barullo y las ganas de los demás que había en aquel andén.
Apoyé mi maleta en la escalera de abajo. Me pisaron los pies. Y las cuatro torres cada vez parecían más alcanzable. Qué iba a saber yo de que iba a llegar a ellas sin necesidad de tocarlas.
Eran las 11 de la mañana de un Jueves cualquiera para cualquiera pero no para mí.
Era mi vía de escape.
Y Madrid me esperaba con todas sus calles- Sonriéndome.
Hacía tanto frío que a mí solo me importaba tener las manos en cualquier bar.
Y es que una vez leí que lo bueno de Madrid es cuando es alguien.
Corría de la mano por Gran Vía.
Subí azoteas que no eran mías pero yo hice nuestras.
Me pinté los labios y los dejé por ahí.
Acariciaba el pelo de gente que no conocía.
Saltaba de alcantarilla en alcantarilla.
También bebí, mucho. Me vio borracha por sus calles. Y se enamoró más de mí.
Me ha visto latir en un recital de poesía.
He llovido con Madrid. Y me visto sonreir hasta tener dolor de tripa.
Me ha lamido las heridas.
Ha hecho que me despeine. Que pase calor. Frío. Ilusión.
Me ha visto perder trenes. Y esperarles sentada en el suelo. Llenarme de barro los pies y caerme en autobuses a las 6 de la mañana.
Me ha visto y mucho mejor, oido, follar hasta las 5 de la mañana.
Me ha visto llorar.
Clavarme en unos ojos.
Príncipe Pío es más bonito cuando te esperan con un beso.
Y El Retiro tiene más árboles desde que voy acompañada.
Los edificios son más altos desde que subo los escalones de dos en dos para no perderme ni una luz.
No se ven las estrellas, y todo está tan contaminado que duele verlo, es verdad.
Pero hasta eso es bonito.
Puedes imaginar cómo las estrellas iluminan Atocha.
O cómo Atocha se deja besar hasta las papeleras.
Debod tiene más besos que césped.
Y sus atardeceres hacen que cualquier se corra. Tenga o no tenga una mano entre pierna y pierna.
Cualquier rincón está lleno de recuerdos que quizá haga.
De lágrimas que quizá derrame.
Y de orgasmos que quizá, tenga.
Los bancos de la Plaza de Oriente.
Sus atardeceres.
O la Plaza Mayor que con nosotros se hace más pequeña.
La magia de las bocas de metro. La magia de los músicos alegrandote los viajes en el tren.
Los cigarros mal apagadas.
Te he visto tan guapa amaneciendo en Plaza España a las 6 de la mañana..
Y tan fea cuando tocaba dejarte en Chamartín..
A veces me da miedo exprimirte demasiado por eso de dejar de sentir ese cosquilleo que siento cada vez que piso tus calles. Pero es imposible.
Si los bancos de cualquier calle hablaran, llorarían.
Si los edificios pudieran hablar, llorarían.
Y yo que puedo llorar, sólo quiero perderme en cualquier edificio de cualquier centímetro de Madrid.
Tapándome los miedos con ganas de olvidar.
Tropezando.
Corriendo por no perder el metro.
Sonriendo cada vez que te huelo.
Gracias. Por darme sin pedir nada.
Por tener cachitos de mí por calles, bancos, hoteles, estaciones.
Gracias.
domingo, 26 de enero de 2014
jueves, 23 de enero de 2014
Ya es primavera. ¿No?
Desde entonces todo me sabe a fruta.
Me subo a los autobuses y sonrío hasta con las ruedas.
Llueve, y lluevo yo.
Desde entonces, me miro al espejo y me planto un beso con sabor "hoy vas a poder."
Me echo crema por todo el cuerpo y bebo café los Domingos.
Y sí, sigo mordiendo la tapa de los bolis.
También abrazo al cielo cada tarde. Para que no se sienta solo.
Idealizo mi propia playa bañada de mí.
Sigo echándome la misma colonia que inunda cualquier calle por donde paso.
Me meto en la cama a la 1, y me duermo a las 6.
Escucho música a toda hostia sin pensar en los vecinos.
Me río de mí misma. Sin pensar en mí.
Desde entonces, cierro puertas. Pero no por miedo a que alguien las cierre por mí. Las cierro porque lo que hay detrás no me conviene.
También acaricio perros callejeros.
Y sí, sigo llegando tarde todos los días allá donde vaya.
Desde entonces, me hago el desayuno cada mañana y abrazo a mi madre.
Duermo casi desnuda.
Y me desnudo en los folios.
También bailo. Me atuso el pelo y salgo por ahí con mi mejor vestido a no pensar.
Me sigo tropezando si subo los escalones de dos en dos.
Y bueno, sigo siendo desordenada.
Miro cómo los coches, cargados de kilómetros, necesitan descansar. No pueden ver otra despedida más.
Miro cómo las nubes estallan porque no guardan más.
Escucho cómo suena el miedo. Y no, no le odio. Le quiero. Por hacerme más fuerte.
Sigo adorando el piano.
Mirando mal al 98% de la gente.
Cortándome con los folios.
Desde entonces, me echo acondicionador en el pelo.
Me sigo poniendo los calcetines de colores distintos.
Y sigo teniendo aquel libro que nunca terminé de leer.
Adoro la natación.
Morder labios carnosos.
Abrazar dudas de los demás aunque a mí me bombardeen.
Espero en estaciones.
Huelo cuellos.
Y sí, también sigo adorando hablar por teléfono.
Me gusta hacer reir.
Me encanta hacer llorar de felicidad.
Y sí, cómo no, nunca he dejado de perderme por calles que ya conozco.
Y aunque a veces me esconda.
Y no quiera saber de mis duchas de 45 minutos. Ni de pintarme las uñas.
Ni siquiera, quiera saber de comer castañas a las 8 de la tarde un Viernes de Invierno.
Aunque use todos los "aunque" del mundo y quiera creer que he cambiado..
Desde siempre..
Sigo siendo.
Yo.
-Aida.
Me subo a los autobuses y sonrío hasta con las ruedas.
Llueve, y lluevo yo.
Desde entonces, me miro al espejo y me planto un beso con sabor "hoy vas a poder."
Me echo crema por todo el cuerpo y bebo café los Domingos.
Y sí, sigo mordiendo la tapa de los bolis.
También abrazo al cielo cada tarde. Para que no se sienta solo.
Idealizo mi propia playa bañada de mí.
Sigo echándome la misma colonia que inunda cualquier calle por donde paso.
Me meto en la cama a la 1, y me duermo a las 6.
Escucho música a toda hostia sin pensar en los vecinos.
Me río de mí misma. Sin pensar en mí.
Desde entonces, cierro puertas. Pero no por miedo a que alguien las cierre por mí. Las cierro porque lo que hay detrás no me conviene.
También acaricio perros callejeros.
Y sí, sigo llegando tarde todos los días allá donde vaya.
Desde entonces, me hago el desayuno cada mañana y abrazo a mi madre.
Duermo casi desnuda.
Y me desnudo en los folios.
También bailo. Me atuso el pelo y salgo por ahí con mi mejor vestido a no pensar.
Me sigo tropezando si subo los escalones de dos en dos.
Y bueno, sigo siendo desordenada.
Miro cómo los coches, cargados de kilómetros, necesitan descansar. No pueden ver otra despedida más.
Miro cómo las nubes estallan porque no guardan más.
Escucho cómo suena el miedo. Y no, no le odio. Le quiero. Por hacerme más fuerte.
Sigo adorando el piano.
Mirando mal al 98% de la gente.
Cortándome con los folios.
Desde entonces, me echo acondicionador en el pelo.
Me sigo poniendo los calcetines de colores distintos.
Y sigo teniendo aquel libro que nunca terminé de leer.
Adoro la natación.
Morder labios carnosos.
Abrazar dudas de los demás aunque a mí me bombardeen.
Espero en estaciones.
Huelo cuellos.
Y sí, también sigo adorando hablar por teléfono.
Me gusta hacer reir.
Me encanta hacer llorar de felicidad.
Y sí, cómo no, nunca he dejado de perderme por calles que ya conozco.
Y aunque a veces me esconda.
Y no quiera saber de mis duchas de 45 minutos. Ni de pintarme las uñas.
Ni siquiera, quiera saber de comer castañas a las 8 de la tarde un Viernes de Invierno.
Aunque use todos los "aunque" del mundo y quiera creer que he cambiado..
Desde siempre..
Sigo siendo.
Yo.
-Aida.
miércoles, 22 de enero de 2014
No.
Me dejo llevar. Como la cucharada de después de cerrar el bote de helado de chocolate.
Como el agua de mar por mis rodillas.
Como mis pendientes enredados en mi pelo.
Como Andrés lamiéndome cada cicatriz.
Cada detalle hace que cada detalle sea diferente.
Miro por la ventana y veo cómo una niña lleva una mochila de la mano más grande que ella.
Cómo están los dedos puestos en mi cristal. Incluso, si me lo propongo, escucho lo que me va a decir mi madre cuando vea cómo tengo la habitación de desordenada.
También veo como una madre se mete en su coche con prisa, no sin antes darle la merienda a su hijo pequeño.
Un anciano acompañado de un bastón. Otro anciano acompañado de su mujer. Y la ayuda a bajar las escaleras. También veo a gente rompiéndose con abrazos antes de subirse al bus.
Los árboles se tambalean. Estoy segura de que también quieren que les escriba.
Y el cielo venga a pintarse a sí mismo. Como si alguna vez pudiera ser feo. Como si alguna vez pudiera no dolerme de lo bonito que está para mí.
Y los pájaros buscando otro aire en el que no ahogarse.
Pastillas en el cajón. Junto al corazón. Y la cabeza.
Tengo un casco medio roto que chilla más que el entero.
Una almohada que ya ni habla.
Una colonia a medio terminar. Y unos labios que llevan mucho sin besar. Y mucho peor, sin ser besados.
Sinceramente, me parece horrible que alguien más que tú, lleve tu colonia. ¿Nadie se da cuenta de que les queda horriblemente mal?
O bueno. A nadie le queda igual un jersey, que más tarde acabará en el suelo de cualquier rincón de cualquier ciudad y sin ningún pretexto más que las ganas de comerse.
Ni siquiera, joder, ni siquiera se puede andar con alguien de la mano igual. Ni se dan dos pasos igual. Ni se espera a nadie igual. Nada. Es. Igual.
Prometí no volver a escribir. Pero no sé. Hay muertes tan bonitas que merecen la pena.
Habeis destrozado el verbo querer.
No sabeis hacerlo. Ni decirlo.
Hemos destrozado cualquier cosa real. La hemos maquillado de falsedad.
Ya nadie se queda mirando a ver cómo alguien recoge a sus hijos del colegio.
Ni cómo una amiga ayuda a otra, cargada de recuerdos, y de alcohol.
Nadie mira con encanto una pareja de personas de 80 años.
Ni con pena a una de 12.
Nadie busca unos ojos de los que enamorarse en el autobús.
Ni cómo una mujer plancha a su marido la camisa mientras él la hace el desayuno.
Nadie mira más allá de lo que se ve. Nadie quiere conocer.
Nadie quiere querer.
Ni siquiera un Domingo a las 9 de la noche.
Nadie quiere quedarse mirando fijamente como Ella se pinta las uñas. De rojo.
O cómo él se recorta la barba y se mancha el labio de arriba con el café. Caliente.
¿Qué haceis?
Sentir, no, es malo.
Ni siquiera sentir demasiado es malo.
Pero creedme.
Pero será cuando realmente sea Nadie, el único el que se fija en los pequeños detalles.
Horrible será cuando la vida se convierta en una espiral de luces apagadas sin nadie que las encienda.
Mientras tanto, seguiré imaginando la vida de la gente del tren. Tropezándome con medio mundo en medio de Madrid. Adorando los sitios altos y comiendo mucho chocolate mientras alguien me acaricia el pelo.
Mientras tanto, seguiré viviendo. No vaya a ser que os cargueis hasta los amaneceres.
Porque no. No os voy a dejar.
-Aida.
Como el agua de mar por mis rodillas.
Como mis pendientes enredados en mi pelo.
Como Andrés lamiéndome cada cicatriz.
Cada detalle hace que cada detalle sea diferente.
Miro por la ventana y veo cómo una niña lleva una mochila de la mano más grande que ella.
Cómo están los dedos puestos en mi cristal. Incluso, si me lo propongo, escucho lo que me va a decir mi madre cuando vea cómo tengo la habitación de desordenada.
También veo como una madre se mete en su coche con prisa, no sin antes darle la merienda a su hijo pequeño.
Un anciano acompañado de un bastón. Otro anciano acompañado de su mujer. Y la ayuda a bajar las escaleras. También veo a gente rompiéndose con abrazos antes de subirse al bus.
Los árboles se tambalean. Estoy segura de que también quieren que les escriba.
Y el cielo venga a pintarse a sí mismo. Como si alguna vez pudiera ser feo. Como si alguna vez pudiera no dolerme de lo bonito que está para mí.
Y los pájaros buscando otro aire en el que no ahogarse.
Pastillas en el cajón. Junto al corazón. Y la cabeza.
Tengo un casco medio roto que chilla más que el entero.
Una almohada que ya ni habla.
Una colonia a medio terminar. Y unos labios que llevan mucho sin besar. Y mucho peor, sin ser besados.
Sinceramente, me parece horrible que alguien más que tú, lleve tu colonia. ¿Nadie se da cuenta de que les queda horriblemente mal?
O bueno. A nadie le queda igual un jersey, que más tarde acabará en el suelo de cualquier rincón de cualquier ciudad y sin ningún pretexto más que las ganas de comerse.
Ni siquiera, joder, ni siquiera se puede andar con alguien de la mano igual. Ni se dan dos pasos igual. Ni se espera a nadie igual. Nada. Es. Igual.
Prometí no volver a escribir. Pero no sé. Hay muertes tan bonitas que merecen la pena.
Habeis destrozado el verbo querer.
No sabeis hacerlo. Ni decirlo.
Hemos destrozado cualquier cosa real. La hemos maquillado de falsedad.
Ya nadie se queda mirando a ver cómo alguien recoge a sus hijos del colegio.
Ni cómo una amiga ayuda a otra, cargada de recuerdos, y de alcohol.
Nadie mira con encanto una pareja de personas de 80 años.
Ni con pena a una de 12.
Nadie busca unos ojos de los que enamorarse en el autobús.
Ni cómo una mujer plancha a su marido la camisa mientras él la hace el desayuno.
Nadie mira más allá de lo que se ve. Nadie quiere conocer.
Nadie quiere querer.
Ni siquiera un Domingo a las 9 de la noche.
Nadie quiere quedarse mirando fijamente como Ella se pinta las uñas. De rojo.
O cómo él se recorta la barba y se mancha el labio de arriba con el café. Caliente.
¿Qué haceis?
Sentir, no, es malo.
Ni siquiera sentir demasiado es malo.
Pero creedme.
Pero será cuando realmente sea Nadie, el único el que se fija en los pequeños detalles.
Horrible será cuando la vida se convierta en una espiral de luces apagadas sin nadie que las encienda.
Mientras tanto, seguiré imaginando la vida de la gente del tren. Tropezándome con medio mundo en medio de Madrid. Adorando los sitios altos y comiendo mucho chocolate mientras alguien me acaricia el pelo.
Mientras tanto, seguiré viviendo. No vaya a ser que os cargueis hasta los amaneceres.
Porque no. No os voy a dejar.
-Aida.
lunes, 20 de enero de 2014
A ver, que no.
Y escribo cuando no sale por la boca. Escribo lo mismo que dentro de cinco minutos no tendré cojones a leer. Apago la luz, pongo el móvil en silencio, abro la ventana y pum.
Las luces parpadean. No sé si están encendidas o apagadas. Y eso soy yo a veces.
Una luz intermitente. A veces parece que voy a apagarme para siempre y de repente emito un chorro de luz que ciega a cualquiera. Y otras.. otras parece que soy el foco más grande y más fuerte del planeta y solo soy el reflejo de otro que está detrás mío. Preparándose para brillar.
Cada día me embadurno más de mierda interna creyendo que con sacarla cada 4 meses vale. Pero no.
No vale. Ni siquiera valía cuando la sacaba cada día.
El mar no me salpica porque no le dejo ni siquiera rozarme.
Ni siquiera me abrazan porque no les dejo acercarse.
No me sonríen porque llevo tiempo sin querer verlos felices.
No escucho una voz que no sea la de mi otro yo dentro de mí.
Bebo un trago de agua y asimilo todo lo que está pasando.
Me muerdo las uñas, me acaricio los pies y me hago un nudo en el pelo. Y en el corazón.
Me cierro. 110%. Para nadie más que para mí. Joder.
Me miran y hablan de mí. Hablais en mí, voces. Hijas de puta.
Me meto en la cama y doy tantas vueltas como horas pasando miedo delante del espejo.
Y te cuelgo. Te rompo. Te lamo. Te desangro. Te arranco las uñas. Te desnudo. Te humillo.
Querido miedo. Eres un puto lastre del que estoy enamorada.
A veces necesito inyectarme miedo para no ser tan valiente y cagarla. A veces necesito hostias de valentía que me hagan ver que el miedo no puede gobernar una cabeza como la mía.
Una puta dictadura acústica.
A veces luchan. Luchan tanto que acaban saliendo para fuera y me obligan a arrancarme la coraza y vaciarme con alguien.
Y me río. Y mi rio. Mi rio particular. Lleno de peces que me hacen cosquillas en los pies para recordarme que estoy viva.
A veces rio, otras mar.
A veces montaña, otras subsuelo.
A veces beso, otras muero.
A veces muero, otras vivo.
A veces espero. Y nadie llega porque nadie se ha quedado a ver cómo necesitaba que alguien se quedara para irle a buscar.
El mundo se hace pedacitos dentro de mi boca y yo no sé ni masticar.
Pero tranquilos.
Ya estoy parpadeando.
Lo que no sé es si por dentro o por fuera. Si brillaré o me brillarán encima.
Pero estoy. Y lo que tengo muy claro es que nada. Nunca, me va a apagar.
Ni siquiera mil focos encima de mí.
Nada.
Las luces parpadean. No sé si están encendidas o apagadas. Y eso soy yo a veces.
Una luz intermitente. A veces parece que voy a apagarme para siempre y de repente emito un chorro de luz que ciega a cualquiera. Y otras.. otras parece que soy el foco más grande y más fuerte del planeta y solo soy el reflejo de otro que está detrás mío. Preparándose para brillar.
Cada día me embadurno más de mierda interna creyendo que con sacarla cada 4 meses vale. Pero no.
No vale. Ni siquiera valía cuando la sacaba cada día.
El mar no me salpica porque no le dejo ni siquiera rozarme.
Ni siquiera me abrazan porque no les dejo acercarse.
No me sonríen porque llevo tiempo sin querer verlos felices.
No escucho una voz que no sea la de mi otro yo dentro de mí.
Bebo un trago de agua y asimilo todo lo que está pasando.
Me muerdo las uñas, me acaricio los pies y me hago un nudo en el pelo. Y en el corazón.
Me cierro. 110%. Para nadie más que para mí. Joder.
Me miran y hablan de mí. Hablais en mí, voces. Hijas de puta.
Me meto en la cama y doy tantas vueltas como horas pasando miedo delante del espejo.
Y te cuelgo. Te rompo. Te lamo. Te desangro. Te arranco las uñas. Te desnudo. Te humillo.
Querido miedo. Eres un puto lastre del que estoy enamorada.
A veces necesito inyectarme miedo para no ser tan valiente y cagarla. A veces necesito hostias de valentía que me hagan ver que el miedo no puede gobernar una cabeza como la mía.
Una puta dictadura acústica.
A veces luchan. Luchan tanto que acaban saliendo para fuera y me obligan a arrancarme la coraza y vaciarme con alguien.
Y me río. Y mi rio. Mi rio particular. Lleno de peces que me hacen cosquillas en los pies para recordarme que estoy viva.
A veces rio, otras mar.
A veces montaña, otras subsuelo.
A veces beso, otras muero.
A veces muero, otras vivo.
A veces espero. Y nadie llega porque nadie se ha quedado a ver cómo necesitaba que alguien se quedara para irle a buscar.
El mundo se hace pedacitos dentro de mi boca y yo no sé ni masticar.
Pero tranquilos.
Ya estoy parpadeando.
Lo que no sé es si por dentro o por fuera. Si brillaré o me brillarán encima.
Pero estoy. Y lo que tengo muy claro es que nada. Nunca, me va a apagar.
Ni siquiera mil focos encima de mí.
Nada.
viernes, 17 de enero de 2014
Viernes. Noche.
Escribo por la ausencia. Por las ganas de algo que no tendremos. Por el miedo de perder algo que no conseguiremos. Por los trenes. El metro. Los pies apoyados en el asiento de adelante.
Por los corazones en el vaho y por el vaho que forman dos cuerpos en un mismo coche.
Por las mandarinas. Por las castañas y por mis uñas mal cortadas. Por los ojos marrones.
Por la barba. Por los jerseys de lana.
Por una despedida. Por dar dos besos en un cara que antes acariciabas hasta las 5 de la mañana.
Por abrir la ventana y respirar. Por la lluvia. Por los que están aunque yo misma me vaya.
Por un abrazo de mi madre. Por el olor a libro nuevo, a canela y a bizcocho.
Por los rizos. Por el color azul. Cielo. Por el cielo, claro.
Por el flexo que me está atravesando las teclas. Por un piano. Por mi piano. Por todos los pianos. De espalda.
Por los lunares. Y la luna. Por los pendientes. Por unas manos llenas de heridas que te curan. Por la sonrisa de un bebé. Por los zapatos nuevos. La navidad, el verano. La playa. Las fotos.
Escribo para recordar dos veces lo mismo. Para desahogarme, ahogándome.
Escribo por los mecheros estropeados, por irme a buscar a la salida del colegio y por las gominolas. Por los tendederos llenos de ropa. Por el sexo. Por mis dedos. Por tu lengua.
Por el orgullo. El rencor. El pánico. Rabia. Nostalgia.
Escribo por los pasos de cebra. Por los coches mal aparcados. Por llamar a una casa e irse corriendo.
Por el helado de chocolate. Por un apretón de manos. Por un empujón contra la pared. Y un "quiero hacértelo."
Por una canción que no te esperas y por las canciones que esperas que no te hagan daño.
Escribo por los masajes. Por las malas caras. Por los Domingos.
Escribo para, por, sin, con, contra, en, desde.
Escribo para no olvidarme que escribir me hace vivir lo mismo todas las veces que quiera.
Y joder.
Merece la pena. Y a veces, me hace tenerla en los párpados.
Pero para mí las letras no son un lastre, son una salvación dentro de esta. Vida.
Por los corazones en el vaho y por el vaho que forman dos cuerpos en un mismo coche.
Por las mandarinas. Por las castañas y por mis uñas mal cortadas. Por los ojos marrones.
Por la barba. Por los jerseys de lana.
Por una despedida. Por dar dos besos en un cara que antes acariciabas hasta las 5 de la mañana.
Por abrir la ventana y respirar. Por la lluvia. Por los que están aunque yo misma me vaya.
Por un abrazo de mi madre. Por el olor a libro nuevo, a canela y a bizcocho.
Por los rizos. Por el color azul. Cielo. Por el cielo, claro.
Por el flexo que me está atravesando las teclas. Por un piano. Por mi piano. Por todos los pianos. De espalda.
Por los lunares. Y la luna. Por los pendientes. Por unas manos llenas de heridas que te curan. Por la sonrisa de un bebé. Por los zapatos nuevos. La navidad, el verano. La playa. Las fotos.
Escribo para recordar dos veces lo mismo. Para desahogarme, ahogándome.
Escribo por los mecheros estropeados, por irme a buscar a la salida del colegio y por las gominolas. Por los tendederos llenos de ropa. Por el sexo. Por mis dedos. Por tu lengua.
Por el orgullo. El rencor. El pánico. Rabia. Nostalgia.
Escribo por los pasos de cebra. Por los coches mal aparcados. Por llamar a una casa e irse corriendo.
Por el helado de chocolate. Por un apretón de manos. Por un empujón contra la pared. Y un "quiero hacértelo."
Por una canción que no te esperas y por las canciones que esperas que no te hagan daño.
Escribo por los masajes. Por las malas caras. Por los Domingos.
Escribo para, por, sin, con, contra, en, desde.
Escribo para no olvidarme que escribir me hace vivir lo mismo todas las veces que quiera.
Y joder.
Merece la pena. Y a veces, me hace tenerla en los párpados.
Pero para mí las letras no son un lastre, son una salvación dentro de esta. Vida.
lunes, 6 de enero de 2014
Trenes.
Nunca te había mirado de frente y te había gritado tanto en silencio como aquella vez que me obligaste a coger el tren de vuelta.
Hola, distancia.
Eres una tremenda hija de puta.
Quitas, quitas, y no sabes lo que das cuando llego a la estación.
Es como una patada en toda tu boca. En la boca del estómago. Es un tirón de pelo. Un mordisco en el alma.
Y sencillamente, te jodes. Me bajo del tren, piso el suelo de cualquier otra ciudad que no sea de la mierda en la que vivo, y empiezo a.. Vivir. Sí.
Te jode darme sonrisas. Pero nadie me las da tanto como cada vez que consigo matarte y llegar a los brazos de alguien esperandome en la estación.
Te idealizo y te imagino una mujer. Guapísima. Y de nombre, Olvido. Cómo te ibas a llamar sino.
Te imagino preciosa pero dolorosa. Total. Son solo kilómetros que revientas cada vez que te bajas del avión. Pero nadie sabe lo de las noches sin poder pegar ojo. Ni lo de tener que conformarte con acariciar una voz por teléfono. Ni siquiera sabes lo que se siente cuando te tienes que volver y dejar una parte de ti en cualquier ciudad.
Estás maquillada. De palabras. Pero llega alguien que te desnuda. Te borra toda esa puta sonrisa de la cara que tienes cada vez que separas a dos personas que se necesitan a cm y le echa todos los cojones que tiene un tren para avanzar.
¿Sabes lo que es poder decirle al oido de alguien que le quieres y que no sea por un teléfono?
Obligas a los que tienen pánico a rendirse. Es como si a un crío le pones un caramelo en la boca y se lo arrancas de cuajo sin ni siquiera poder lamerse los labios.
Es como si disfrutaras haciendo daño.
Es coger el envoltorio de un papel. Precioso. Como un beso. Y retorcerlo hasta dejarlo sin tinta.
Es un "podemos con esto" y un "joder, ven" al segundo después.
Te rompería los tacones y los tiraba a ls vías de un tren para que vieras lo que es caminar descalza por un suelo que parece sencillo y acaba lleno de cristales. Con sangre.
Pocos salen vivos de un laberinto de dudas y miedos que se te clavan cada noche sabiendo que es un día menos para aterrizar y uno menos para volver.
Te subes al tren y ves como la otra persona se hace más pequeña. Y no puedes ni siquiera rozarla una vez más. Te pones los cascos y coges más velocidad que el propio tren. Mental, quiero decir.
Recuerdas cada sonrisa, cada abrazo, cada gesto, cada puto momento que has exprimido dentro de ti y nadie podrá sacar nunca.
Ves como la ciudad se va. O te vas tú. Y vienen las voces. Recordandote todo lo que puedes perder y lo que estás perdiendo por haberte subido a ese puto tren.
Te tienes que conformar con una llamada a las doce la noche cada vez que se te cae el mundo encima.
Te tienes que conformar con sobrevivir.
Con aguantar unas ganas imparables de besar. Una ciudad.
Y miras el móvil y las fotos te atraviesan cada costilla.
Pero lo que no sabes. Es que cada palabra, puede más que tu y todos los kilómetros juntos.
Que ni mil trenes pueden parar las ganas de alguien como yo de huir.
Y lo que tampoco sabes es que cuanto más separes, más fuerza se echa para acercarse.
Que una voz al otro lado del teléfono es más que un abrazo de alguien que tienes al lado.
Que en el fondo. No te odio.
Solo te mato cada día sabiendo que podré salir de aquí.
Y la única distancia que tendré será con mis miedos.
Hola, distancia.
Eres una tremenda hija de puta.
Quitas, quitas, y no sabes lo que das cuando llego a la estación.
Es como una patada en toda tu boca. En la boca del estómago. Es un tirón de pelo. Un mordisco en el alma.
Y sencillamente, te jodes. Me bajo del tren, piso el suelo de cualquier otra ciudad que no sea de la mierda en la que vivo, y empiezo a.. Vivir. Sí.
Te jode darme sonrisas. Pero nadie me las da tanto como cada vez que consigo matarte y llegar a los brazos de alguien esperandome en la estación.
Te idealizo y te imagino una mujer. Guapísima. Y de nombre, Olvido. Cómo te ibas a llamar sino.
Te imagino preciosa pero dolorosa. Total. Son solo kilómetros que revientas cada vez que te bajas del avión. Pero nadie sabe lo de las noches sin poder pegar ojo. Ni lo de tener que conformarte con acariciar una voz por teléfono. Ni siquiera sabes lo que se siente cuando te tienes que volver y dejar una parte de ti en cualquier ciudad.
Estás maquillada. De palabras. Pero llega alguien que te desnuda. Te borra toda esa puta sonrisa de la cara que tienes cada vez que separas a dos personas que se necesitan a cm y le echa todos los cojones que tiene un tren para avanzar.
¿Sabes lo que es poder decirle al oido de alguien que le quieres y que no sea por un teléfono?
Obligas a los que tienen pánico a rendirse. Es como si a un crío le pones un caramelo en la boca y se lo arrancas de cuajo sin ni siquiera poder lamerse los labios.
Es como si disfrutaras haciendo daño.
Es coger el envoltorio de un papel. Precioso. Como un beso. Y retorcerlo hasta dejarlo sin tinta.
Es un "podemos con esto" y un "joder, ven" al segundo después.
Te rompería los tacones y los tiraba a ls vías de un tren para que vieras lo que es caminar descalza por un suelo que parece sencillo y acaba lleno de cristales. Con sangre.
Pocos salen vivos de un laberinto de dudas y miedos que se te clavan cada noche sabiendo que es un día menos para aterrizar y uno menos para volver.
Te subes al tren y ves como la otra persona se hace más pequeña. Y no puedes ni siquiera rozarla una vez más. Te pones los cascos y coges más velocidad que el propio tren. Mental, quiero decir.
Recuerdas cada sonrisa, cada abrazo, cada gesto, cada puto momento que has exprimido dentro de ti y nadie podrá sacar nunca.
Ves como la ciudad se va. O te vas tú. Y vienen las voces. Recordandote todo lo que puedes perder y lo que estás perdiendo por haberte subido a ese puto tren.
Te tienes que conformar con una llamada a las doce la noche cada vez que se te cae el mundo encima.
Te tienes que conformar con sobrevivir.
Con aguantar unas ganas imparables de besar. Una ciudad.
Y miras el móvil y las fotos te atraviesan cada costilla.
Pero lo que no sabes. Es que cada palabra, puede más que tu y todos los kilómetros juntos.
Que ni mil trenes pueden parar las ganas de alguien como yo de huir.
Y lo que tampoco sabes es que cuanto más separes, más fuerza se echa para acercarse.
Que una voz al otro lado del teléfono es más que un abrazo de alguien que tienes al lado.
Que en el fondo. No te odio.
Solo te mato cada día sabiendo que podré salir de aquí.
Y la única distancia que tendré será con mis miedos.
domingo, 5 de enero de 2014
Aviones.
Y desaparezco. Pum. Bang. Adiós.
Me cojo el primer avión que salga y me subo a él cargada de cicatrices.
Cierro la puerta de los miedos y los tiro por la ventanilla. No sin antes fijarme en cómo te alejas.
Nunca me despediría. De nadie. SÓLO DE MÍ.
Sólo yo me merezco algo tan doloroso como una despedida eterna sin ninguna razón aparente.
Porque.. bueno.. ya sabeis. A no ser que sea por causa mayor. Siempre que nos vamos de la vida de alguien es por algo. O mucho peor, por alguien, y muchísimo peor, por nosotros mismos.
O bueno.. por la otra persona.
Y sin más, me zambullo en esa masacre de recuerdos que vuelan a 500 km por hora. Y a 500 lágrimas por minuto.
Te veo. Pero muy pequeño. Apenas puedo tocarte. Joder.
Solo un abrazo más y te juro que me voy. Que desaparezco.
El pánico de idealizar que un día realmente me toque hacer esto. Me toque desaparecer. Olvidarme de mí misma. Olvidar lo que fui. Por miedo, como no. Miedo a cagarla. Miedo a hacer daño.
Me arde la piel. Y los ojos. Y nada lo calma. Y me desangro esperando que alguien venga a atarme. Las heridas.
Corres pero bah.
Ni la Torre Eiffel. Ni el edificio más alto de Madrid, Empire State, ni siquiera Barcelona, ni Lisboa, ni una cama me hizo volar tan alto.
Y sin quererlo, he hecho que recorras medio mundo buscando una altura a la que nunca llegué.
Como siempre, por miedo a caerme.
¿Nunca has notado como te rompías, literalmente hablando, al escuchar una canción?
Se te eriza la piel y las costillas se hacen harina.
Y el corazón. Ojalá mármol. Pero no. Solo es.. pues eso.. corazón.
Joder. Tampoco es tan malo notarlo de vez en cuando. Sentir que tienes algo que late solo por mucha mierda que te metan del exterior.
Aunque tu estado de ánimo sea lamentable. Aunque no comas. Ni duermas.
Es tu corazón. Y sin quererlo, te está obligando a vivir.
Te tiras a una piscina llena de reproches y pretendes no hacerte daño cada vez que te miras al espejo.
Te fumas un cigarro queriendo no acordarte de nadie, o mucho peor, buscando olvidarte de alguien.
Te subes a un tren queriendo dejar atrás lo que sabes de sobra que siempre tendrás en la cabeza.
Te pones la bufanda, las botas, sales a la calle, y andas con la música a toda hostia. Y coño. ¿Quién no tiene a alguien en mente?
Miradas que congelan buscando algo de calor.
Miradas calientes que buscan que alguien las congele. En el tiempo.
Y miradas templadas cansadas de buscar y cerrandose en sí mismas.
Corres la cortina que la noche anterior te vio correrte a ti.
Te enciendes un cigarro mientras la ciudad se despierta.
Y bueno, ahora estás en el avión. Y te toca elegir si matar los recuerdos.
O matarte con ellos.
Me cojo el primer avión que salga y me subo a él cargada de cicatrices.
Cierro la puerta de los miedos y los tiro por la ventanilla. No sin antes fijarme en cómo te alejas.
Nunca me despediría. De nadie. SÓLO DE MÍ.
Sólo yo me merezco algo tan doloroso como una despedida eterna sin ninguna razón aparente.
Porque.. bueno.. ya sabeis. A no ser que sea por causa mayor. Siempre que nos vamos de la vida de alguien es por algo. O mucho peor, por alguien, y muchísimo peor, por nosotros mismos.
O bueno.. por la otra persona.
Y sin más, me zambullo en esa masacre de recuerdos que vuelan a 500 km por hora. Y a 500 lágrimas por minuto.
Te veo. Pero muy pequeño. Apenas puedo tocarte. Joder.
Solo un abrazo más y te juro que me voy. Que desaparezco.
El pánico de idealizar que un día realmente me toque hacer esto. Me toque desaparecer. Olvidarme de mí misma. Olvidar lo que fui. Por miedo, como no. Miedo a cagarla. Miedo a hacer daño.
Me arde la piel. Y los ojos. Y nada lo calma. Y me desangro esperando que alguien venga a atarme. Las heridas.
Corres pero bah.
Ni la Torre Eiffel. Ni el edificio más alto de Madrid, Empire State, ni siquiera Barcelona, ni Lisboa, ni una cama me hizo volar tan alto.
Y sin quererlo, he hecho que recorras medio mundo buscando una altura a la que nunca llegué.
Como siempre, por miedo a caerme.
¿Nunca has notado como te rompías, literalmente hablando, al escuchar una canción?
Se te eriza la piel y las costillas se hacen harina.
Y el corazón. Ojalá mármol. Pero no. Solo es.. pues eso.. corazón.
Joder. Tampoco es tan malo notarlo de vez en cuando. Sentir que tienes algo que late solo por mucha mierda que te metan del exterior.
Aunque tu estado de ánimo sea lamentable. Aunque no comas. Ni duermas.
Es tu corazón. Y sin quererlo, te está obligando a vivir.
Te tiras a una piscina llena de reproches y pretendes no hacerte daño cada vez que te miras al espejo.
Te fumas un cigarro queriendo no acordarte de nadie, o mucho peor, buscando olvidarte de alguien.
Te subes a un tren queriendo dejar atrás lo que sabes de sobra que siempre tendrás en la cabeza.
Te pones la bufanda, las botas, sales a la calle, y andas con la música a toda hostia. Y coño. ¿Quién no tiene a alguien en mente?
Miradas que congelan buscando algo de calor.
Miradas calientes que buscan que alguien las congele. En el tiempo.
Y miradas templadas cansadas de buscar y cerrandose en sí mismas.
Corres la cortina que la noche anterior te vio correrte a ti.
Te enciendes un cigarro mientras la ciudad se despierta.
Y bueno, ahora estás en el avión. Y te toca elegir si matar los recuerdos.
O matarte con ellos.
sábado, 4 de enero de 2014
Miedos. Fuera.
Prefiero dejarme las venas antes que ver como me desangro poco a poco, me dije la última vez que caí de cabeza a un pozo lleno de reproches y dudas.
Y aquí estoy.
Dejando el cerebro entero por miedo a perder las neuronas.
Dejando las venas antes de ver como otros disfrutan llenando bidones de mi sangre.
Dejando los recuerdos enteros y disfrutando del presente.
Dejando de caminar si puedo correr.
Dejando el miedo y besándole suave para que él también me tenga miedo y se vaya.
Arracandome la piel a tiras.
Y sacando toda la mierda de dentro.
Que joder. Por una vez.
Me merezco ser feliz sin pensar en que quizás, en el segundo después, algo vendrá a romperme.
Y aquí estoy.
Dejando el cerebro entero por miedo a perder las neuronas.
Dejando las venas antes de ver como otros disfrutan llenando bidones de mi sangre.
Dejando los recuerdos enteros y disfrutando del presente.
Dejando de caminar si puedo correr.
Dejando el miedo y besándole suave para que él también me tenga miedo y se vaya.
Arracandome la piel a tiras.
Y sacando toda la mierda de dentro.
Que joder. Por una vez.
Me merezco ser feliz sin pensar en que quizás, en el segundo después, algo vendrá a romperme.
viernes, 3 de enero de 2014
Resquicios.
La culpa la tiene la lluvia, lo juro. Yo solo me dejo llevar.
Dejo que las gotas de agua me acaricien los brazos y me empañen los cristales.
Los coches ahogados de recuerdos. Las alcantarillas no gritan pero no pueden más y las flores respiran.
El sol quiere pero no puede y yo.. yo echo de menos.
Pondría un "te" delante del "echo de menos" pero no echo de menos a nadie en concreto. Echo de menos cosas. Gestos.
Pequeñas cosas que me daban la vida.
No quiero perder más. No quiero que esta tormenta se vaya. Me gusta el olor, el dolor, el rencor, las palabras que no diré por miedo.
Las guitarras que suenan de "Marwan" en una canción ahora mismo en mi habitación.
O podría decir que ahora mismo acaba de caer un rayo y a los dos segundos después un trueno que un poco más y revienta los cristales de mi cuarto.
Notar como todo me acaricia tanto que lo odio. Odio las caricias tanto que me encantan.
¿por qué recordamos cuando más sabemos que nos va a doler?
también nos duele ser felices. Porque sí, que no os engañen, duele.
Y más si te quitas la venda y te das cuenta de que mañana quizás, hayas perdido todo eso que hoy te da motivos.
Somos tan cobardes en todo que hasta una simple tormenta nos hace cerrar todo por miedo a mojar demasiado.
Solo abrimos la ventana cuando todo se ha calmado,
cuando todo ha pasado.
Paradas. De corazón.
Yo soy más de apoyarme en el hombro de alguien para ver la vida desde allí. Desde los míos pesa mucho.
Soy más de morderme las uñas cuando veo que las tengo largas solo por el hecho de llevarme la contraria.
Soy más de tomar café, con 3 de azúcar aunque aborrezca el café y el azúcar.
Soy más de no agitar el zumo de piña, bastante agitada tengo ya la cabeza.
También soy de fumar cuando ya he dejado de fumar. De subirme a autobuses sola para darme cuenta de que ya no es un "sí, dos" cuando voy a pagar el ticket.
También me gusta saltar en la cama cuando ya está hecha. De bajar justo 10 minutos antes de la comida para comer algo y luego no tener hambre.
También adoro abrir la ventana un 3 de Enero a las 20:20 de la noche.
Soy de meterme en la cama y sacar los pies para congelarme.
De andar bajo la lluvia y llorar con ella. De no terminar libros. De no dar abrazos por miedo a demostrar que yo también los necesito.
Me gusta subir la persiana los domingos. Odio el té. Y adoro las uñas rojas.
Los mordiscos, arañazos, pellizcos en el culo.
Siempre he idealizado a los demás como a mí me gustaría que fueran y me ha encantado que en muchos aspectos no se parecieran en nada a lo que mi cabeza decía que tendrían que ser para hacerme bien.
He volado sentada en una cama y me he caido sin ni siquiera moverme de la silla.
Las duchas me pueden. Sola. Y con una montaña de recuerdos que se cuelan por la cañería.
Nadie está fuera o dentro de mi vida. Mi vida no tiene una puerta que decide quien si o quien no. Y eso es algo de lo que hace dos días me acabo de dar cuenta.
Podría definir mi vida como esa parada de bus en la que te apoyas y ves como el mundo corre, vuela, camina, pero nunca se para. Es como ese asiento en el que te sientas con miedo a que te lo quiten. Soy como ese casco que de vez en cuando funciona y te la misma paz que la misma mala hostia al ver que no se oye.
Mi vida es una parada de autobús en la que muy pocos se han querido quedar a ver conmigo el siguiente autobús.
Una parada de metro, una estación de tren. Es algo pasajero en un sitio pasajero y con personas pasajeras que deciden o no ser pasajeras.
De vez en cuando yo doy un aviso de "deberías subir a ese autobús y olvidarte de esta parada."
Suelo huir cuando veo que alguien decide quedarse de verdad.
Es como un arma para defenderme. Me voy por miedo a que se queden, me acostumbre a ellos, y decidan irse.
O les haga daño. O les impida conocer paradas mejores que la mía.
Soy como esos dedazos en el cristal de tu habitación y el grito de tu madre de después.
Como saltar un charco y mojarte hasta las pestañas.
Como salir a la calle con el pelo liso y que de repente empiece a llover.
Sal y azúcar.
Caos. Caso. Caer.
Y de vez en cuando, un poquito de orden.
Pero vamos. Que eso de que las estaciones están fijas es mentira.
A veces desaparecen y se van lejos. No os asusteis si decidis quedaros y no teneis asiento.
Soy más de morderme las uñas cuando veo que las tengo largas solo por el hecho de llevarme la contraria.
Soy más de tomar café, con 3 de azúcar aunque aborrezca el café y el azúcar.
Soy más de no agitar el zumo de piña, bastante agitada tengo ya la cabeza.
También soy de fumar cuando ya he dejado de fumar. De subirme a autobuses sola para darme cuenta de que ya no es un "sí, dos" cuando voy a pagar el ticket.
También me gusta saltar en la cama cuando ya está hecha. De bajar justo 10 minutos antes de la comida para comer algo y luego no tener hambre.
También adoro abrir la ventana un 3 de Enero a las 20:20 de la noche.
Soy de meterme en la cama y sacar los pies para congelarme.
De andar bajo la lluvia y llorar con ella. De no terminar libros. De no dar abrazos por miedo a demostrar que yo también los necesito.
Me gusta subir la persiana los domingos. Odio el té. Y adoro las uñas rojas.
Los mordiscos, arañazos, pellizcos en el culo.
Siempre he idealizado a los demás como a mí me gustaría que fueran y me ha encantado que en muchos aspectos no se parecieran en nada a lo que mi cabeza decía que tendrían que ser para hacerme bien.
He volado sentada en una cama y me he caido sin ni siquiera moverme de la silla.
Las duchas me pueden. Sola. Y con una montaña de recuerdos que se cuelan por la cañería.
Nadie está fuera o dentro de mi vida. Mi vida no tiene una puerta que decide quien si o quien no. Y eso es algo de lo que hace dos días me acabo de dar cuenta.
Podría definir mi vida como esa parada de bus en la que te apoyas y ves como el mundo corre, vuela, camina, pero nunca se para. Es como ese asiento en el que te sientas con miedo a que te lo quiten. Soy como ese casco que de vez en cuando funciona y te la misma paz que la misma mala hostia al ver que no se oye.
Mi vida es una parada de autobús en la que muy pocos se han querido quedar a ver conmigo el siguiente autobús.
Una parada de metro, una estación de tren. Es algo pasajero en un sitio pasajero y con personas pasajeras que deciden o no ser pasajeras.
De vez en cuando yo doy un aviso de "deberías subir a ese autobús y olvidarte de esta parada."
Suelo huir cuando veo que alguien decide quedarse de verdad.
Es como un arma para defenderme. Me voy por miedo a que se queden, me acostumbre a ellos, y decidan irse.
O les haga daño. O les impida conocer paradas mejores que la mía.
Soy como esos dedazos en el cristal de tu habitación y el grito de tu madre de después.
Como saltar un charco y mojarte hasta las pestañas.
Como salir a la calle con el pelo liso y que de repente empiece a llover.
Sal y azúcar.
Caos. Caso. Caer.
Y de vez en cuando, un poquito de orden.
Pero vamos. Que eso de que las estaciones están fijas es mentira.
A veces desaparecen y se van lejos. No os asusteis si decidis quedaros y no teneis asiento.
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