domingo, 30 de marzo de 2014

Domingos.

Llevaba mucho tiempo sin desahogarme un domingo.
Vamos, si no recuerdo mal, lo hice el pasado. Pero autoengañarse es más bonito.
Acabo de ver el mar de un pueblecito de la costa brava en el que este verano me agarré a dos piernas cada tarde.
Acabo de verlo en el cielo.
Y olía igual.
Bueno, faltaba su pelo mojado y mis pies en su espalda.
Pero por lo demás estaba todo igual.
Formas abstractas en el puto universo que me hacen recordar.
Si le cuento a alguien esto, ni me cree, ni me lee. Y mejor.
Escribir sabiendo que nadie lo va a leer es tan placentero que no se me ocurre otra cosa que publicar trocitos de mí en otro mar de mierda al que llaman internet.
Acaba de pasar un autobús y he visto cómo dos personas discutían.
Quizá para arreglarlo al segundo después o tal vez para no mirarse nunca más.
Las luces parpadean.
Hasta ellas están cansadas.
Es bonito no tener que decir "no te vayas" porque sabes perfectamente que no lo hará. Al menos no ahora. No hoy. No este domingo.
Abro la ventana para que el aire me reviente hasta los codos. Me gusta el frío.
Beberme las dudas siempre fue de ser cobarde.
Pero saben tan bien.. Sobre todo cuando son desde una boca y tienen voz de "estoy contigo".

Me cepillo el pelo. Que no.
Solo al salir de la ducha. Ahí no sé engañarme.
Ahí o asumo que tengo el pelo tan enredado como al vida o me engancho por todos los picaportes de las puertas que ya no cerraré por miedo a lo que haya detrás.
Ahora voy y me pillo hasta los dedos. Me gusta. Arriesgarme y sangrar.
Me gusta sangrar. De placer.

Intento recordar cuando fue la última vez que me masturbé sin pensar en ti.
Pero si es que hasta eso me sale nulo.
Porque sí. Una persona puede estar en tus manos y vivir en otra ciudad.

Y bueno. Hoy.
El miedo está a bajo 0.

Y ojalá se asfixie. Y le duela. Y tenga que suplicarme parar. Porque disfruto apretando al miedo.
Disfruto ahogándole contra la pared y mirándole con cara de "hoy a mí, no".

Me gusta ser fuerte.
Me gusta fumar.
Me gusta llorar. No sé.
Me gusta arrodillarme a recogerme los trozos para pegarme poco a poco.

Me gusta empezar.
Me gusta dolerme con Ismael.

Me gusta la playa.

Me gusta el invierno.

Me gusto. A veces. Cuando me olvido de mí.

Últimamente no necesito pensar en mi estado de ánimo.
Y no sé. Quería dejar constancia de que ser feliz, es bonito.

Tanto, tanto.
Que no sabría por dónde empezar a explicarlo.
Quizá es como el amor.
Que por mucho que le escribas, siempre queda un resquicio. Un adjetivo. Un beso más.
Un "es imposible explicarte".

Sentir es precioso.
Sentarte encima de alguien a sentiros.

No sé.

Tampoco sabría cómo explicarlo.
Pero lo más parecido es verle salir de la ducha y olerle el pelo.
Da igual.
No vais a entenderlo.

lunes, 24 de marzo de 2014

Lunes. Y paz.

Una hoja. En plena primavera.
Volando y acojonada por no saber a dónde va.
Me imagino con un vestido largo, de vuelo, y dando vueltas sobre mí misma.
Sintiéndome más viva que nunca.
Acabo de quemar el miedo, que no quemarme con el miedo.
Bocanadas de aire me invaden la habitación.
Me revuelvo en recuerdos que no duelen.
En imágenes que van a 400 kilómetros por segundo en mi cabeza y no duelen.
Ráfagas. De olores. Sabores. Colores.
Luces que me reflejan.
Reflejos que lucen.
Si me vierais por dentro, hoy, tendría todo tan descolocado, que os enamoraría.
Porque así es mi vida.
Desorden. Caos. Caos. Y más caos.
Joder.
Que no consigo estar quieta ni soñando. Me tropiezo 4 de cada 3 pasos que doy en la calle.
No consigo no mirar atrás.
La gente llega cansada a sus casas. Los perros están afónicos de tanto ladrar. Las nubes están cansadas y se esconden. Los peces ya ni nadan.
Y en mi cabeza, paz. Joder.
Estoy llena de voces que me dan paz. Tengo una tregua conmigo misma.
He vuelto a dormir desnuda creyendo que van a venir unas manos a verlo.
Me gustan los lunes. Me gusta dar vueltas sobre mis miedos y acabarles mareando.
Correr de la mano por una ciudad. Subir la persiana.
Pellizcar. Abrazar. Lamer heridas sin sacar la lengua.
Sacar la lengua y crear carcajadas.
Puede que de 1000, la cague 10000000. Pero cuando alguien sonríe por mí, todas aquellas caídas, no son más que rasguños cicatrizados.
Cierro los ojos e idealizo. Cómo no.
Siempre creyendo que nuestra cabeza es nuestra sin pensar que somos nosotros lo único suyo.
Se alimenta de nuestras dudas. De nuestros tropiezos. De nuestro miedo.
Se alimenta de los domingos.
Me niego a sentirme atada por algo que supuestamente yo debo controlar.
Es mi vida, joder. Mi cabeza. Mis ideas. Mis amaneceres. Mi manera de escribir. Y si me duele, dolió. Mañana ya curará.
Pero bucles, no. En el pelo, los que quieras. En la cabeza ni uno.
Es como un tobogan eterno del que nunca encuentras salida. Pero sí recuerdas la entrada. Saltas. Ves un rayo de luz, pero no. Es sólo el intento de salir del bucle para caer en otro aún más profundo y más acojonante.
Sentir que por dentro esté todo descolocado y aun así, gustarse.
Me gusto. A veces. Pocas. Pero.
No sé.
Soy yo.
Con mi desorden, mi hiperactividad, mi manera de ver las cosas.
Muchos lo ven como un problema. Lo de los impulsos y todo eso. Pero no sé.
Yo soy más de salir a la calle cuando llueve y esconderme cuando sale el sol.
De reirme en el metro y llorar en la estación.
De abrazar cuando ya no puedo más y fingir que puedo sola.
De esconderme cuando todos me buscan y salir cuando alguien me espera. Porque aún, hay gente que no, no se ha cansado.
No puedo esperar a que se enfríe el café y prefiero quemarme. Cómo no voy a ser como soy.
Exprimir los momentos.
No pensar en el qué dirán.
Gritar en medio de la calle.

Cambiaría muchas cosas de mí pero no me cambiaría por nadie.
Y tampoco voy a dejar que nadie cambie algo de mí.
Tozuda. Sí. Mucho.

Y bueno a las letras, por muchos "os odio" que lleveis delante, os adoro.
Me dais todo. Y no pedis nada.
O sí. Bueno, pedís cachitos de mí, pero os lo perdono.

Y esto es lo que sale cuando no pienso en mí y disfruto de mí.

sábado, 22 de marzo de 2014

Buses.

La gente no se fija en los detalles. Joder. 
Cuántos corazones se habran pillado en la puerta de un hotel. 
O cuántos se han mordido hasta en la ducha. 
Cuántos pisos se necesitan para subir un edificio lleno de toldos verdes y de futuros negros. 
Estoy escribiendo mientras viajo en autobus, algo de dinero, los labios medio pintados y un puente que no para de hacerme botar.
 Ya esta. Ya pase el puente. 
Acaban de estornudar y siguen diciendo jesus porque claro, no decirlo no es normal. Y es de ser maleducado.
El sol si que es un maleducado. 
Tanto que acabo de escribir su nombre y me ha azotado por el lado derecho sin pedir permiso. Una chica se acaba de echar colonia. 
Para oler bien. Por fuera, claro. Quién sabe a que huele por dentro. Todos mirando una pantalla con letras creyendo que el mundo está ahí y nadie mirando el atardecer. Cuántos cuerpos se habran quedado en esta carretera. 

Cuántos corazones se habran separado con cada centímetro que avanza el bus. Un parque repleto de niños. Y de inocencia. Nadie les mira. Todos hablan y nadie está mirando cómo su hijo pequeño acaba de hacer un dibujo en la arena creyendose artista. No sé. 
Acabo de ver un charco y he visto todos los asiento llenos de gente vacía. 

Hoy al cielo le han dibujado de nostalgia. Y no sabe cómo parar de llorar. Restos de carmín en el espejo. Quizá es que ella no podia soportar la idea de que no pudiera volver a besarle y ha tenido que dejar constancia de ello en un autobús. 
Me siento enorme viendo cómo los demás coches se hacen enanos pasando a mi lado. Un niño me acaba de saludar. No me conoce. Pero yo ya le envidio.
 Es raro ver a alguien saludando sin más si no es un niño con inocencia y ganas de pasarselo bien. Es sábado. Y estoy atardeciendo. Me reflejo en los asientos. 
Llevaba vidas sin ver las nubes con tantas ganas de sonreir y aun así, llorando. Quiza es verda. Y llorar cuando solo se quiere reir, es correrse. 
Placer y dolor.
Estoy siendo feliz en un autobús escribiendo. 
No sé. Queria dejar constancia.

viernes, 21 de marzo de 2014

Vida.

Escribo con los recuerdos entre los dientes y dejándoles pasar a la garganta. Para abrazarme. Por una vez, no me ahogan como llevan haciéndolo unas cuantas madrugadas.

Me despedazo en las manos para poder abrazarme las heridas en vez de meterme el dedo en la cicatriz que nunca asumí haberme visto y mucho menos, haberme desangrado por ella.

Me trato como a un trozo de algodón. Suave. Rozándome las entrañas sin arañarme.
Me miro al espejo y me sonríe el a mí.
El cielo pesa pero no encima de mí. Nubes negras. Como mis bragas.
Y ahora rosa, como mis manos. Apretándote.

Me estoy bailando encima. Y la mejor canción es que no hay canción.
Y si la hay, saldría yo sonriendo. Por dentro.

Me acaricio el pie derecho con el izquierdo.
Como las hostias que antes me daba.
Si dolía el de la izquierda, me pellizcaba a la derecha para no reconocer que yo también sentía.

He colgado las dudas en el perchero de detrás de la puerta. Y del portazo que he dado creo que he deshilachado hasta los calcetines que no llevo puestos.
Que no.
Los pies fríos. Siempre.
Y el corazón a ras de mi calle. En la que siguen pasando autobuses, en los que quizá yo un día me monte para ir a buscar la felicidad.

Las uñas enteras. De seguridad.
Los ojos abiertos. Y el viento reventándome hasta el alma.
Me inspira más el cielo oscuro que el cielo.
Me inspira más un café sin azúcar, ni leche, con odio que un jodido cubata de vodka redbull que sepa a "te estoy echando de menos".
Me inspira más el dolor que la alegría.
Me inspira más despedirme que saludar.
Más los pies congelados que el corazón caliente.
Los cuadros de mi habitación necesitan volver a envidiarme. Por el arte. El de sonreír sin saber porqué.

Necesitamos vivir a lo loco. Salir sin pensar a dónde. Gritar. Levantarnos tarde. Mordernos los hombros. Quemarnos al sol. Hacernos piercings. Desayunar a las 7 de la tarde.
Acostarnos cuando todos se levantan y levantarnos cuando todos se aburren y acaban dormidos.
Beber. Fumar. Saltar.
Comer mucho chocolate. Hacer tantas palomitas como días con miedo.
Dar vueltas sobre nosotros mismos.
Andar descalzos y pillarnos las dudas con la puerta.
Sonreir cuando todos asienten con la cabeza.
Llevar la contraria cuando todos sonríen.
Volar solo por llevar un vestido con vuelo.

Necesitamos hacer todas esas cosas que nadie más hace por no ser "normales".

Necesito llevarle la contraria al mundo.

Necesito hacer cosas que me hagan feliz.

Necesito saltar de cama en cama, salir a la calle en bragas, dormir desnuda, abrazar el cielo, encontrarme un billete de 20 euros.


Pequeñas cosas.

Que me hacen enorme.

Como la de sonreír un viernes cualquiera imaginando.

Imaginando unas manos en mis piernas.

O unos ojos en mi espalda.

Imaginando. Y sintiendote.
Aquí.



miércoles, 19 de marzo de 2014

Somos.

¿Quién ha dicho que necesitamos vivir para sentirnos vivos?
Puedes estar viviendo meses que por dentro te puedes estar sintiendo más muerto que nunca.

A veces todo fluye. Todo avanza. Todo pinta bien. Tan bien que solo quieres llorar de felicidad.
Todo va sobre ruedas.
Ruedas que quizá mañana se pinchen con una piedra. O con una puta montaña imposible de esquivar.
A veces la vida es una playa en Agosto con olor a macarrones con tomate de mi madre.
También puede oler a ropa recién lavada. A pintauñas recién pintado.
A laca. A mandarinas. A estación de tren. Al beso de después de "el tren va a efectuar su salida". Al que se da al aire, digo.
Saltar kilómetros de charcos. Llenados con lágrimas y que al final esté el abrazo más grande y doloroso del mundo. Un abrazo que te salva de muchísimas noches llenando ese charco. De muchísimas dudas.

Ir corriendo detrás de un autobús y escuchar el choque de los besos de dos personas que ya se han bajado.
Entrar en un baño, llenarlo de vaho y ver un corazón mal pintado en el espejo. De dos personas que ya no escriben, ni se duchan, ni se besan.
Apagar la luz de la habitación de un hotel y ver las sombras de personas que ya no se muerden hasta el alma.
Abrir un libro que un día leyó una voz a otra y escuchar sólo los puntos de las frases que un día se recitaron.
Abrir la ventana y oler la nostalgia de un verano vacío que un día llenó alguien.
Salir a la calle cuando llueve y correrse de tanto recordar.
Pero correrse a lo bestia. Tanto que empieces a llorar.

Nunca conseguiré entender el porqué de recordar hasta las cosas más insignificantes de alguien cuando se está marchando.
No me gusta despedirme. Si algún día me marcho, será sin un adiós.
Será después de haber luchado hasta dejarme las ganas.
Un puto "quiero luchar" grabado en la frente.
Me gusta sentir. Me gusta abrazarte. Me gusta sentirte encima de mí. Me gusta recordarte entre mis muslos cada noche. Me gusta luchar por ti. Por mí. Por nosotros. Me gusta Madrid.
Me gustas, Madrid.
Me gustas en Barcelona, dándome un beso en los párpados.
Me gustas enfadado. No conmigo. O bueno, sí. Me encantas enfadado.
Me gusta tu olor. Me gusta la Plaza de Oriente.
Adoro recordarte esperándome en el borde de la cama.

Sonreirte encima tanto que sólo pueda mirarte.

Hay cosas que nunca podré contarte. De lo mucho que me dabas y me das con ellas.

Hay cosas nuestras.

Aún hay muchas cosas por hacer.

Aún. No. No me gusta el "aún".

Me gusta un nosotros.

Nosotros.
En presente. Somos.

domingo, 9 de marzo de 2014

Domingo.

Le echo dos hielos más a la sangría que estoy haciendo con mis dudas. Para luego beberme y que no sepa tan caliente. Para que pase mejor.
Me ducho y las tuberías huelen a nostalgia.
En la copa está todo mi carmín.
Tengo las uñas destrozadas.

Me tropiezo con las dudas creyendo que algún día conseguiré pisarlas del todo.
Amanece. Otro día. Más.
Que no. No escribo por nadie. Es solo que necesito recordar otra vez los mismos detalles por si acaso se me olvidan.
Me aliso el pelo. O me lo rizo.
Me limpio por dentro. O me ensucio aún más recordando.
Ando. Corro. Huyo.
Reventé mi almohada.
Cada día. Cada noche. Cada jodido segundo.

"Has vuelto a perder". Eso ha sido lo único que he sabido decirme cada vez que me miraba al espejo.
Un "nosotros" no se puede conjugar en pasado.
Ni en futuro. Y eso es lo peor de todo.

Hay palabras que no se conjugan.
Hay sentimientos que se van.
Y hay abrazos que ya nunca salvarán igual.

Adiós.

¿Adiós? ¿En serio?
En qué jodido momento se le ocurrió al ser humano que la única manera de despedirse de alguien es decir adiós.
Pero no adiós de los "te veo luego".
No. Adiós de "no voy a volver a verte, ni a hablarte, ni a saber de ti, ni siquiera quiero que te nombren delante de mí."
¿De verdad alguien se ha creido todo ese rollo de que olvidar es echar dos dedos más a la copa?
¿O lo de fumarse 3 porros para no pensar durante 30 minutos?
La pregunta es. Si no queremos doler. Para qué dejamos entrar a nadie.
Nos autoengañamos creyendo que separarnos de una persona a la que has querido tanto como a un día con sol en pleno Enero es lo más sencillo.
Que tirar fotos, quemar cartas, borrar canciones, borrar su número, es la única jodida solución para superar que quien entra, se va.
Que quien decide quedarse, se acaba marchando.
No hablo de relaciones. Hablo de sentimientos.
Que menos mal, que hay veces, que no va ligado.
Nos creemos autosuficientes. Creemos que podemos enamorarnos y salir ilesos.
Que podemos pasar página como quien salta de baldosa en baldosa.
Pero el puto corazón no es una baldosa que espera ser pisada por un zapato que no duela, ni manche, ni rompa.
Supongamos que todos podamos olvidar.
Eso no sería amor.
Nadie sabe olvidar. Por mucho que nos empeñemos.
Siempre vuelve. Un olor. Un gesto. Una manera de mirar.
O un día de lluvia. Una voz que le recuerde a la mía. O un vestido.
O quizá la manera de andar de alguien.
O cuando cierre los ojos y me vea tropezándome.
El olor a jardín recién mojado. O una colonia. Restos de carmín.
Siempre volvemos a alguien del que un día decidimos salir.
Siempre volvemos.
Siempre vuelves.
Y eso es el olvido. Volver, siempre. En cualquier momento. En cualquier canción.

Por lo que, olvidar, no existe.
Sencillamente, asumimos, y nuestra cabeza poco a poco va dejando sitio a nuevos saludos para posteriores despedidas.

Pero dentro. Dentro. Dentro.
Cualquier domingo. O cualquier sábado al quitarte las medias.
Aparecerá.
En tu cabeza. Claro.
Y eso es todo lo que sé del amor o como querais llamarlo.
O sea, nada.