Diciembre huele a nubes grises en Madrid.
A niños saliendo de clase y comiendose el bocadillo de la merienda.
A besos en los semáforos.
A empaparse la espalda después de ducharse.
A hojas desperdigadas por el suelo de cualquier parque a las 17:24 de la tarde.
A la pareja que tengo delante fumando y mirándose como si el cielo se fuera a romper ahora mismo.
A ver atardecer desde cualquier banco.
A la mujer mayor que pasea a su perro.
Huele a trenes. A echar de menos. A dejar que el sol me ciegue mientras escribo.
Huele a bufandas. Huele a aire.
A dormir la siesta y levantarse de noche.
Huele a bancos y a dos enamorados que ya están rotos.
Huele a condones por el suelo, a coches mal aparcados. A ventanas imposibles de abrir.
Huele a encontrar una canción en la que quedarse a vivir.
A morderse las uñas. A no peinarse.
A bailar en medio de la calle.
A llorar en medio de la calle.
Huele a magia.
A que cualquier gesto sea diferente. A la luz tintineante de la farola de la acera de enfrente.
Huele a comida recién hecha.
A sentarse sobre los pies.
A gritar. Huele a colonia de hombre.
A sonrisas del parque de al lado de mi casa.
Huele a perder el autobús.
A café recién hecho. A hacer el amor.
A la ropa recién colgada. Al otoño apretandole los tornillos al invierno.
Huele a castañas.
Huele a unas manos. Huele a no saber dejar de escribir.
Huele a pipas.
Huele a ser feliz.
Por encima de cualquier cosa material.
Huele a fijarse en los pequeños detalles.
Huele a quererme. Como nunca antes lo había hecho.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
domingo, 14 de diciembre de 2014
Por las batallas en copas altas.
Sab. http://dobledecafe.blogspot.com.es/ -- Aida.
Gritar en silencio las guerras internas que nunca se ganan. Y grabar en la piel con sangre caliente las que se pierden. Olvidar los pasos dados cuando se trata de seguir caminando. Recordarlos para evitar la caída.
Subirle el volumen a los truenos de un tormento interminable. Y callar la poca calma que siempre viene después de la tormenta. Interna.
La seda cara siempre por dentro. Vestidos de lino barato para cubrir las heridas. Y no poder evitar que las pupilas sean la chispa de una revolución prohibida. El mechero siempre cargado, en la mano del corazón que nos falta. Para poder pintarnos la cara con las cenizas de todo lo que un día fuimos. La cara. La que no ponemos cuando se trata de otros. En la primera en la que nos descargamos nosotros.
Somos
nuestro propio
saco de boxeo.
Y a este paso, la causa de una muerte inminente.
Ganar. Y ganarte, vida.
Gritar en silencio las guerras internas que nunca se ganan. Y grabar en la piel con sangre caliente las que se pierden. Olvidar los pasos dados cuando se trata de seguir caminando. Recordarlos para evitar la caída.
Subirle el volumen a los truenos de un tormento interminable. Y callar la poca calma que siempre viene después de la tormenta. Interna.
La seda cara siempre por dentro. Vestidos de lino barato para cubrir las heridas. Y no poder evitar que las pupilas sean la chispa de una revolución prohibida. El mechero siempre cargado, en la mano del corazón que nos falta. Para poder pintarnos la cara con las cenizas de todo lo que un día fuimos. La cara. La que no ponemos cuando se trata de otros. En la primera en la que nos descargamos nosotros.
Somos
nuestro propio
saco de boxeo.
Y a este paso, la causa de una muerte inminente.
Ganar. Y ganarte, vida.
Personas que son como esos golpes con el pico de la mesa.
Golpes que dejan huella.
A veces hasta cicatriz.
Patadas en la cabeza y sueños desperdigados por montañas de odio hacia nosotros mismos.
Ojalá tuviera la capacidad de quererme como quiero a otras personas.
Porque eso es lo que yo entiendo de sentir.
No buscar a alguien que te haga sentir especial. Pero sí quedarse con quien consiga que los domingos dejen de pesar tanto.
Con quien consiga que una jodida ciudad llena de contaminación se convierta en un mar lleno de paz.
Porque supongo que querer es eso.
Buscar a alguien hasta en las gotas de la ducha. Pintar con las manos una espalda.
O dejar que esa espalda soporte todas las manos que los demonios intentan hacerte tener para hundirte tú misma hacia el fondo.
Claro que ya no sé ni lo que escribo.
Pero eso no es nuevo.
Lo nuevo es que mirar hacia arriba ya no duele porque las montañas de odio poco a poco y poro a poro están desapareciendo.
Lo nuevo es que ya no lloro cuando estoy triste, lo hago más cuando soy feliz.
Lo nuevo es que he empezado a vivir, con 19 años.
Y lo que de verdad vale.
Es que no lo hago sola.
Que Madrid también me ayuda.
Y así va esto.
Si un día estoy triste, se pone a llover para recordarme que yo también lo hacía cuando estaba feliz.
Y si un día estoy feliz, se pone a gritar.
Porque dentro. Muy dentro.
Por muchos años, o vidas que pasen.
Te llevaré.
Y eso solo lo sabré yo. Gracias al cielo.
Y un par de manos que lo sostienen.
(Por latir con Sab. )
sábado, 13 de diciembre de 2014
y que le jodan a los chillidos
Y entonces un día te das cuenta de que los demonios sólo aparecen porque tú dejas que vuelvan a despertarse.
Porque en el fondo te gusta que lo hagan.
A ver. No. A nadie le gusta tener un demonio interno que te recuerda que todo puede salir mal y que todas esas cosas que tu cabeza dice que pasarán, pase. A nadie.
Pero a veces, gracias a él, o a ellos. O a esa masa de sombras negras que se acomodan en el pecho por las noches, valoras los días de claridad.
Valoras cuando alguien te da la mano sin pensar si le vas o no a arrastrar con él.
Valoras que el miedo a veces no te asfixie. Valoras quererte.
Es precioso. En serio.
Poderse mirar al espejo y disfrutar de cada gesto. Propio.
Espero que no suene narcicista. Pero cuando son los demonios los que controlan tu vida y tú consigues dormirles, aunque sea una hora, o un minuto, o un puto gesto, hay que escribirlo.
Valoras poderte levantar y aún más importante, dormirte sin tener unos coros en la mente que te repiten todo el rato lo mismo.
Miedo, MIEDO, MIEDO.
Pero para qué.
No quiero que me recuerden con miedo.
Quiero que me recuerden loca. Atrevida. Imbécil. Simpática no. El ser humano me cae mal.
Pero quiero que me recuerden como alguien que quiere con locura a muy pocos.
Alguien que no necesita los sábados para pasarselo bien.
Mentiría si dijera que me conocen muchas personas. Muy pocas lo hacen.
Muy pocos saben cuándo necesito un abrazo. O cuándo sólo quiero llorar.
Claro que me acojono. Y lloro alguna que otra noche.
Que tengo miedo de mí misma y que me muerdo las uñas cuando siento que la situación va a poder conmigo.
Que no me peino. Y que si pudiera me ducharía tres veces al día.
Nunca llevo las uñas bien pintadas.
Y no soporto que me digan lo que tengo que hacer.
Y como no hago caso a los que tengo al lado, tampoco voy a hacerlo a los que tengo dentro.
No quiero seguir siendo una marioneta de mi propia cabeza. O cárcel.
No quiero ser agua estancada.
Quiero mar. Aire. Paz.
Y bueno.
Ya que hoy tengo a rabiar.
Si quereis os doy un poco.
Y que le jodan a los chillidos.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Días.
Hay días para echar de menos.
Otros para remolonear en la cama. Para salir a la calle y comerse cualquier baldosa.
Días para sentarse en un banco a ver como la vida avanza y tú la vacilas diciendola que se espere. Que estás cansada.
Días para follar.
Días para llorar. Mucho.
Días para comer. Días para correr la cortina y correrse de espaldas a la ventana.
Días para hacer fotos. Para leer.
Días para ver la televisión. Para ver películas moñas que a todos nos apetecen alguna vez.
Días para tener tanto miedo como rizos.
Para fumar. Solamente fumar.
Días para recogerse el pelo. Para soltarselo.
Para escuchar música.
Para perder el metro en la cara.
Para que te salven la noche con un "en 10 minutos estoy en tu casa".
Días para hablar por teléfono. Para comer comida china.
Para pintarse los labios aunque no vaya a salir de casa. Rojo. Rojo zorra.
Días para darse baños de 2 horas.
Para romper todas las cartas que un día escribiste.
Para beber hasta explotar.
Días para abrazar a mi madre.
Días para ir a cualquier recital de poesía y darse cuenta de que todos nos sentimos solos alguna vez,
Días para ir al cine. Bendito cine.
O al teatro.
O a un parque a llorar.
O a sonreír al ver cómo los crios juegan.
Días para ir a algún museo.
Y sobre todo, hay días para tener la nostalgia hasta en las uñas de los pies.
Días en los que las fotos no son suficientes. No.
Quieres más.
Quieres realidad.
Pero de la que no duele.
Quieres no tener miedo. Ni tener que meterte en la ducha para que nadie oiga como te desahogas.
Días en los que ser fuerte no es una opción.
Días en los que eres fuerte.
Y no sólo te pintas los labios de rojo.
Si no que también te besas las cicatrices.
Y no solo no duelen, si no que se empiezan a curar.
Otros para remolonear en la cama. Para salir a la calle y comerse cualquier baldosa.
Días para sentarse en un banco a ver como la vida avanza y tú la vacilas diciendola que se espere. Que estás cansada.
Días para follar.
Días para llorar. Mucho.
Días para comer. Días para correr la cortina y correrse de espaldas a la ventana.
Días para hacer fotos. Para leer.
Días para ver la televisión. Para ver películas moñas que a todos nos apetecen alguna vez.
Días para tener tanto miedo como rizos.
Para fumar. Solamente fumar.
Días para recogerse el pelo. Para soltarselo.
Para escuchar música.
Para perder el metro en la cara.
Para que te salven la noche con un "en 10 minutos estoy en tu casa".
Días para hablar por teléfono. Para comer comida china.
Para pintarse los labios aunque no vaya a salir de casa. Rojo. Rojo zorra.
Días para darse baños de 2 horas.
Para romper todas las cartas que un día escribiste.
Para beber hasta explotar.
Días para abrazar a mi madre.
Días para ir a cualquier recital de poesía y darse cuenta de que todos nos sentimos solos alguna vez,
Días para ir al cine. Bendito cine.
O al teatro.
O a un parque a llorar.
O a sonreír al ver cómo los crios juegan.
Días para ir a algún museo.
Y sobre todo, hay días para tener la nostalgia hasta en las uñas de los pies.
Días en los que las fotos no son suficientes. No.
Quieres más.
Quieres realidad.
Pero de la que no duele.
Quieres no tener miedo. Ni tener que meterte en la ducha para que nadie oiga como te desahogas.
Días en los que ser fuerte no es una opción.
Días en los que eres fuerte.
Y no sólo te pintas los labios de rojo.
Si no que también te besas las cicatrices.
Y no solo no duelen, si no que se empiezan a curar.
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