Los balazos viene en forma de foto.
De esquina. La de mi cama, por ejemplo.
También vienen en forma de olor. Todo me huele a ti.
Vienen cuando salgo a la calle y te busco creyendo que vas a aparecer.
Cuando me meto en la cama. O me lavo los dientes.
O me despeino. Fíjate si.
Cuando me desnudo. Escucho música. Voy en coche.
Me estiro en el sofá.
Cuando me miro las manos. Buscando -desesperadamente- otras.
Cuando bajo la persiana.
Cuando voy a la estación.
Cuando tiemblo y no estás.
Cuando tiemblo porque no estás.
Cuando quiero abrazarte.
Cuando quiero clavarme en ti. Y en tus ojos.
Balazos. Las 24 horas del día.
Que por la noche se multiplican por dos.
Ojalá mi almohada supiera quererme igual que tú.
Y así abrazarla sirviera de algo.
Noches en vano.
Noches de mierda.
Y balas que sólo yo me disparo.
Porque ver fotos duele.
Pero más duele saber que quizás, sean las últimas.
Te imagino y me rompo.
Me rompo y me pego los trozos.
Pero quedan mal.
Siempre falta uno.
El tuyo.
sábado, 30 de agosto de 2014
jueves, 28 de agosto de 2014
Claro.
Escribiría si el muro que tengo delante me dejara.
Lloraría si me dejara llorar a mí misma.
Asumiría si pudiera hacerlo.
Pero prefiero guardarmelo todo dentro.
Y esperar a que se cure solo.
Sin que nadie se entere.
Y sin tener que secarme yo las lágrimas.
Por dentro. Todo duele menos.
Y ni quiero, ni voy a permitirme sacar nada.
Ya no.
Nadie va a entrar.
Y nadie va a conseguir sacar algo.
Congelarse por dentro es lo mejor que sé hacer.
Y la única lucha que sé que voy a ganar.
Sin bajar la guardia.
Sin mirar las fotos.
Sin acostarme con música.
Todo lo que sea no sentir. Está conmigo.
Piedra. Muro. Roca.
Sin puerta.
Pero con ventanas para ventilar de vez en cuando.
Puedo sola.
Me repito.
Puedo. Sola.
Lloraría si me dejara llorar a mí misma.
Asumiría si pudiera hacerlo.
Pero prefiero guardarmelo todo dentro.
Y esperar a que se cure solo.
Sin que nadie se entere.
Y sin tener que secarme yo las lágrimas.
Por dentro. Todo duele menos.
Y ni quiero, ni voy a permitirme sacar nada.
Ya no.
Nadie va a entrar.
Y nadie va a conseguir sacar algo.
Congelarse por dentro es lo mejor que sé hacer.
Y la única lucha que sé que voy a ganar.
Sin bajar la guardia.
Sin mirar las fotos.
Sin acostarme con música.
Todo lo que sea no sentir. Está conmigo.
Piedra. Muro. Roca.
Sin puerta.
Pero con ventanas para ventilar de vez en cuando.
Puedo sola.
Me repito.
Puedo. Sola.
lunes, 4 de agosto de 2014
Porque sí.
Escribo porque lo de hablar ya se me ha olvidado si no es en silencio y clavando los ojos.
Escribo porque tanto echar de menos va a comerme por dentro.
Escribo porque levantarse y darse cuenta de que estás perdiendo, duele más que escribir lo perdida que estoy.
Escribo porque mis impulsos me gritan marcar un número de teléfono.
Escribo porque no vais a entender nada, nunca.
Porque quiero.
Escribo porque lucho, aun teniendo miedo.
Porque tengo miedo, aunque se tumben encima de mí y me chillen con los ojos que todo va a ir bien.
Escribo porque sé cuidar. Aunque no sepa cuidarme.
Escribo porque sé querer. Aunque no sepa quererme.
Escribo porque nunca supe hablar.
Porque no puedo echar más de menos.
Y porque la nostalgia tiene el estómago muy grande.
Y yo las ganas de matarla, muy pequeñas.
Escribo porque tanto echar de menos va a comerme por dentro.
Escribo porque levantarse y darse cuenta de que estás perdiendo, duele más que escribir lo perdida que estoy.
Escribo porque mis impulsos me gritan marcar un número de teléfono.
Escribo porque no vais a entender nada, nunca.
Porque quiero.
Escribo porque lucho, aun teniendo miedo.
Porque tengo miedo, aunque se tumben encima de mí y me chillen con los ojos que todo va a ir bien.
Escribo porque sé cuidar. Aunque no sepa cuidarme.
Escribo porque sé querer. Aunque no sepa quererme.
Escribo porque nunca supe hablar.
Porque no puedo echar más de menos.
Y porque la nostalgia tiene el estómago muy grande.
Y yo las ganas de matarla, muy pequeñas.
domingo, 3 de agosto de 2014
Personas (no) perdidas.
Casi siempre evitaba sentir algo más que aprecio por una persona. Siempre he pensado en la capacidad de que otro, me cambiara por dentro pero ni queria, ni confiaba en encontrar a alguien que se enamorara de un desorden interno que apenas enseño. Es como si el muro que me creaba delante pudiera paliar todas las consecuencias de no tener a nadie y valerme por mí misma.
Pero al final aparece alguien. Pero no alguien que se queda a ver cómo está lo de dentro si no que encima le gusta y se acomoda en él. A las idas y venidas. Al abrirme y cerrarme cuantas veces quiera.
Siempre he tenido miedo. Miedo a irme, a que vengan y se vayan, a desaparecer lo que alguien ha creado de mí solo por el mero hecho de que lo hizo esa persona.
Miedo, en todos los sentidos y de todos los colores.
Miedo.
De ese tipo de miedo que no te deja ni respirar.
También he tenido miedo a lo bonito. A lo que me hacía feliz. Y me gustaba. De una manera o de otra sabía exprimir todos los momentos.
También he tenido ese miedo que te entra al darte cuenta de que te estás enamorando de alguien.
Miedo a subirme al tren equivocado con la persona correcta.
Miedo a no saber valerme por mí misma. A no superar una pérdida.
Miedo a mi misma. A lo que yo creé durante años para que nadie entrara.
Miedo a que el jodido muro que tenía delante no me dejara ver que había gente que realmente quería entrar.
Pero cuanto más miedo tenía, más me cerraba.
Para que no descolocaran nada. Para que me dejaran en paz.
Pero como iba diciendo, de repente alguien te rompe el jodido muro y empiezas a creer en las personas. En que realmente pueden darte cosas buenas. Que pueden enseñarte a abrazar.
Que te llenan, de los pies a la cabeza.
Y te vacían de voces.
Y te abres, dejas que entren. Pero siempre con el "se van a ir" en la cabeza.
Y sí, es horrible, jodidamente horrible tener que acostumbrarse a la ausencia de alguien.
A que hay momentos que no se van a repetir. A que cada segundo, debiste y tenías que haberlo exprimido muchísimo más.
A sensaciones, ilusiones, ganas, y besos. Que ya no se van a repetir más con esa persona.
Intentas asumir que puedes con esto, claro.
Puedes asumir que la vida sigue, que no debes cerrarte otra vez, que no debes quedarte en casa encerrada.
Puedes asumir todo eso.
Pero lo que nunca, nunca vas a asumir, es que hay cosas que solo supiste sacar con una persona.
Y que por muchas más que pasen, es solo vuestro.
Y no digo que no vayan a hacerte feliz nunca más. Ni que la vida sea una mierda, ni que todo está perdido.
No.
Digo que hay personas perdidas, que no se van nunca porque por dentro consiguieron sacar de ti algo que ni siquiera sabías que tenías.
Porque cada vez que te mires al espejo o te analices por dentro. Verás todo lo que llenó.
Verás todo lo bueno que consiguio sacar de ti. Y todo lo bueno que conseguisteis sacar juntos.
Porque desnudarse delante de alguien no es fácil.
Pero abrirse, al 101%. Dejarse ser totalmente con alguien.
Dejar que te llenen el pecho y te calmen cuando lloras.
Que consigan que te mires al espejo, y te abraces.
Eso.
Solo me ha pasado una vez.
Y con una única persona.
Asi que lo de asumir, os lo quedais los que podais.
Que yo de momento ni puedo, ni quiero.
Pero al final aparece alguien. Pero no alguien que se queda a ver cómo está lo de dentro si no que encima le gusta y se acomoda en él. A las idas y venidas. Al abrirme y cerrarme cuantas veces quiera.
Siempre he tenido miedo. Miedo a irme, a que vengan y se vayan, a desaparecer lo que alguien ha creado de mí solo por el mero hecho de que lo hizo esa persona.
Miedo, en todos los sentidos y de todos los colores.
Miedo.
De ese tipo de miedo que no te deja ni respirar.
También he tenido miedo a lo bonito. A lo que me hacía feliz. Y me gustaba. De una manera o de otra sabía exprimir todos los momentos.
También he tenido ese miedo que te entra al darte cuenta de que te estás enamorando de alguien.
Miedo a subirme al tren equivocado con la persona correcta.
Miedo a no saber valerme por mí misma. A no superar una pérdida.
Miedo a mi misma. A lo que yo creé durante años para que nadie entrara.
Miedo a que el jodido muro que tenía delante no me dejara ver que había gente que realmente quería entrar.
Pero cuanto más miedo tenía, más me cerraba.
Para que no descolocaran nada. Para que me dejaran en paz.
Pero como iba diciendo, de repente alguien te rompe el jodido muro y empiezas a creer en las personas. En que realmente pueden darte cosas buenas. Que pueden enseñarte a abrazar.
Que te llenan, de los pies a la cabeza.
Y te vacían de voces.
Y te abres, dejas que entren. Pero siempre con el "se van a ir" en la cabeza.
Y sí, es horrible, jodidamente horrible tener que acostumbrarse a la ausencia de alguien.
A que hay momentos que no se van a repetir. A que cada segundo, debiste y tenías que haberlo exprimido muchísimo más.
A sensaciones, ilusiones, ganas, y besos. Que ya no se van a repetir más con esa persona.
Intentas asumir que puedes con esto, claro.
Puedes asumir que la vida sigue, que no debes cerrarte otra vez, que no debes quedarte en casa encerrada.
Puedes asumir todo eso.
Pero lo que nunca, nunca vas a asumir, es que hay cosas que solo supiste sacar con una persona.
Y que por muchas más que pasen, es solo vuestro.
Y no digo que no vayan a hacerte feliz nunca más. Ni que la vida sea una mierda, ni que todo está perdido.
No.
Digo que hay personas perdidas, que no se van nunca porque por dentro consiguieron sacar de ti algo que ni siquiera sabías que tenías.
Porque cada vez que te mires al espejo o te analices por dentro. Verás todo lo que llenó.
Verás todo lo bueno que consiguio sacar de ti. Y todo lo bueno que conseguisteis sacar juntos.
Porque desnudarse delante de alguien no es fácil.
Pero abrirse, al 101%. Dejarse ser totalmente con alguien.
Dejar que te llenen el pecho y te calmen cuando lloras.
Que consigan que te mires al espejo, y te abraces.
Eso.
Solo me ha pasado una vez.
Y con una única persona.
Asi que lo de asumir, os lo quedais los que podais.
Que yo de momento ni puedo, ni quiero.
"Será lo mejor"
De repente te ves con bloques de hormigón aplastándote la cabeza. A recuerdos.
Intentas cerrar los ojos. Lo intentas porque cerrarlos supone tener ráfagas de imágenes, en las que fuiste feliz.
Das vueltas sobre ti mismo.
Te pones los cascos. Y el techo de la habitación se te despedaza. Encima.
Y tú te dejas.
Te dejas porque no hay otra que asumir que esto va a ser así hasta que consigas asumir que todo se va.
Que ya no habrá más noches escuchando una voz al otro lado del teléfono.
Ni comiendo a las 3 de la mañana.
Ni tampoco harás más planes. Ni más viajes. Ni tampoco te echará crema por la espalda para no quemarte.
Sencillamente, no habrá nada.
Tendrás la cabeza llena de momentos.
Y principalmente, los buenos, porque malos hay muy pocos. Y solían acabar bien.
En cualquier habitación de hotel.
De cualquier manera.
Pero juntos.
Porque lo bueno siempre superará a lo malo.
Porque casi nadie sabe hacer feliz, pero cuando lo consigues, no quieres soltarte.
Quieres seguir llorando al despedirte en la estación.
Quieres seguir despidiéndote -temporalmente-.
Quieres seguir aguantando todas sus manías, esas que antes no soportabas.
La puntualidad. El control del futuro. O la cantidad de veces que se peinaba.
Todo aquello que le hacía ser alguien diferente.
Quieres seguir mordiéndole en cualquier estación. En cualquier boca de metro.
Besos de esos que te mordían hasta la costilla derecha.
Manos que te recorrían hasta el miedo más guardado.
O abrazos que pegaban todos los trozos de ti que fingías no tener.
Cosas que nadie más sacó de ti.
"Sacas lo mejor de mí".
Como si lo mejor no lo tuviera él hasta en el pelo.
Y sonríes.
Sonríes al recordar cómo te hacía cosquillas creyendo que eso aún está.
Creyendo que el pasado volverá a ser presente.
Creyendo cualquier cosa excepto que hoy no.
Asumiendo que tienes que asumir que ya no.
Y que posiblemente, tampoco mañana.
Intentas cerrar los ojos. Lo intentas porque cerrarlos supone tener ráfagas de imágenes, en las que fuiste feliz.
Das vueltas sobre ti mismo.
Te pones los cascos. Y el techo de la habitación se te despedaza. Encima.
Y tú te dejas.
Te dejas porque no hay otra que asumir que esto va a ser así hasta que consigas asumir que todo se va.
Que ya no habrá más noches escuchando una voz al otro lado del teléfono.
Ni comiendo a las 3 de la mañana.
Ni tampoco harás más planes. Ni más viajes. Ni tampoco te echará crema por la espalda para no quemarte.
Sencillamente, no habrá nada.
Tendrás la cabeza llena de momentos.
Y principalmente, los buenos, porque malos hay muy pocos. Y solían acabar bien.
En cualquier habitación de hotel.
De cualquier manera.
Pero juntos.
Porque lo bueno siempre superará a lo malo.
Porque casi nadie sabe hacer feliz, pero cuando lo consigues, no quieres soltarte.
Quieres seguir llorando al despedirte en la estación.
Quieres seguir despidiéndote -temporalmente-.
Quieres seguir aguantando todas sus manías, esas que antes no soportabas.
La puntualidad. El control del futuro. O la cantidad de veces que se peinaba.
Todo aquello que le hacía ser alguien diferente.
Quieres seguir mordiéndole en cualquier estación. En cualquier boca de metro.
Besos de esos que te mordían hasta la costilla derecha.
Manos que te recorrían hasta el miedo más guardado.
O abrazos que pegaban todos los trozos de ti que fingías no tener.
Cosas que nadie más sacó de ti.
"Sacas lo mejor de mí".
Como si lo mejor no lo tuviera él hasta en el pelo.
Y sonríes.
Sonríes al recordar cómo te hacía cosquillas creyendo que eso aún está.
Creyendo que el pasado volverá a ser presente.
Creyendo cualquier cosa excepto que hoy no.
Asumiendo que tienes que asumir que ya no.
Y que posiblemente, tampoco mañana.
sábado, 2 de agosto de 2014
Y me pongo a escribir como si pudiera soportar los trozos que dejo de mí en el teclado.
Como si cerrar los ojos no doliera.
Tumbarse en la cama y no preguntarse qué cojones pasó.
En qué segundo las cosas dejaron de ser presente y futuro para ser pasado.
Y menudo pasado.
Menuda felicidad.
Aprietas mucho los ojos para no dolerte más.
Te levantas por inercia. Desayunas algo.
Vuelves a comerte, la cabeza.
Te muerdes las manos como si tuvieras 2 años.
Te metes en la ducha y te haces pequeña, muy pequeña.
Todo te ahoga.
El champú te ahoga.
Te enjabonas rápido. Te secas. Te miras.
Asco.
Te vistes.
Aun sabiendo que no van a desvestirte luego. Te vistes.
Intentas asumir.
Asumir que has vuelto a perder.
O no, miento.
Has perdido como nunca antes lo habías hecho.
Y el miedo no se ha ido ni perdiendo aquello que te daba miedo perder.
Y la esperanza se ha colado por las tuberías.
Y ya no tienes uñas.
Ni voz. No quieres hablar. Ni mirar a nadie.
No sabes lo que quieres.
O quizás sí.
Pero esto no, desde luego.
Ni la presión en el pecho, ni los ojos hinchados, ni la cabeza culpándote por todo.
No sabes qué quieres pero sí a quién.
Y solo buscas un abrazo.
Aunque sea el último.
Uno.
Como si cerrar los ojos no doliera.
Tumbarse en la cama y no preguntarse qué cojones pasó.
En qué segundo las cosas dejaron de ser presente y futuro para ser pasado.
Y menudo pasado.
Menuda felicidad.
Aprietas mucho los ojos para no dolerte más.
Te levantas por inercia. Desayunas algo.
Vuelves a comerte, la cabeza.
Te muerdes las manos como si tuvieras 2 años.
Te metes en la ducha y te haces pequeña, muy pequeña.
Todo te ahoga.
El champú te ahoga.
Te enjabonas rápido. Te secas. Te miras.
Asco.
Te vistes.
Aun sabiendo que no van a desvestirte luego. Te vistes.
Intentas asumir.
Asumir que has vuelto a perder.
O no, miento.
Has perdido como nunca antes lo habías hecho.
Y el miedo no se ha ido ni perdiendo aquello que te daba miedo perder.
Y la esperanza se ha colado por las tuberías.
Y ya no tienes uñas.
Ni voz. No quieres hablar. Ni mirar a nadie.
No sabes lo que quieres.
O quizás sí.
Pero esto no, desde luego.
Ni la presión en el pecho, ni los ojos hinchados, ni la cabeza culpándote por todo.
No sabes qué quieres pero sí a quién.
Y solo buscas un abrazo.
Aunque sea el último.
Uno.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)