Imagina que alguien te reconstruye absolutamente todo lo que otros hicieron trizas de ti.
Que se quiere quedar a bailar en el salón de tu casa aunque ni tú sepas mover los pies ni a él le guste la música que pones.
Que está dispuesto a quemar todos los insultos que se han quedado grabados en tu mente, de otros, claro, siempre por culpa de otros.
Imagina que alguien está dispuesto a esperarte en Chamartín todos los domingos de invierno y en cualquier cala de Girona todos los veranos. Que te imprime dos billetes de avión para poder comerte en un hotel de cualquier ciudad.
Imagina que te besa la tripa y no sólo te hace un hueco en su ciudad, si no que también lo hace en su vida.
Suponte que alguien te besa la espalda y te desnuda para meterte en la ducha.
Que te besa borracha, corre contigo debajo de la lluvia y te invita a helado siempre que estás triste.
Imagina que te escribe una carta aun sabiendo que siempre ha sido más de hechos que de dejar plasmado algún que otro sentimiento en un papel.
Imagina que vas de su mano pero ante todo y todos eres libre. Que viajas, sola, pero sabiendo que estás acompañada.
Imagina que se presenta en tu portal con la cena, que te abraza a las 00 de la noche cuando los monstruos no te dejan en paz y te rompes en mil trozos.
Supón que odia tu pasado solo por el daño que otros te hicieron.
Imagina que alguien está dispuesto a recorrerse una isla de arriba abajo con tal de no perder ni un segundo contigo.
Que te invita a desayunar, que te desayuna cualquier día, que te folla contra la nevera y te hace el amor en la ducha.
Imagina que te hace fotos, que te lleva a perderte por Madrid, que quiere congelarse contigo.
Imagina que lleva tres años amarrado a tu pelo.
Y ahora.. Imagina que lo pierdes.
¿Tú también tiemblas, verdad?
Y el casi se hizo sí.
viernes, 26 de agosto de 2016
domingo, 18 de octubre de 2015
desde entonces los domingos no huelen a alcantarilla
las manos no me duelen
el cuello no me pesa
desde entonces el pelo me huele siempre a colonia
la cama no me deja tener pesadillas
los macarrones no se me queman
desde entonces adoro los cepillos de dientes
tocar otros pies
y el pelo no se me enreda
desde entonces no lloro, al menos no tanto
no me muerdo las uñas, al menos no tanto
y ni siquiera me miro al espejo con odio, ya sabeis, al menos no tanto
desde entonces no escribo sobre el desamor
me doy la vuelta en la cama y encuentro otro cuerpo
no tengo miedo, al menos no tanto
desde entonces tengo pánico a las estaciones
me encanta el invierno
y adoro follar
desde entonces imagino que pierdo y me rompo en 6598465 trozos
me dan besos en la espalda
y me acurruco en la suya
desde entonces todo pesa un poco menos
los demonios desaparecen cuando me toca la tripa
y la vida es más llevadera cuando alguien vuela contigo
desde entonces.. nosotros
y ahora, también
las manos no me duelen
el cuello no me pesa
desde entonces el pelo me huele siempre a colonia
la cama no me deja tener pesadillas
los macarrones no se me queman
desde entonces adoro los cepillos de dientes
tocar otros pies
y el pelo no se me enreda
desde entonces no lloro, al menos no tanto
no me muerdo las uñas, al menos no tanto
y ni siquiera me miro al espejo con odio, ya sabeis, al menos no tanto
desde entonces no escribo sobre el desamor
me doy la vuelta en la cama y encuentro otro cuerpo
no tengo miedo, al menos no tanto
desde entonces tengo pánico a las estaciones
me encanta el invierno
y adoro follar
desde entonces imagino que pierdo y me rompo en 6598465 trozos
me dan besos en la espalda
y me acurruco en la suya
desde entonces todo pesa un poco menos
los demonios desaparecen cuando me toca la tripa
y la vida es más llevadera cuando alguien vuela contigo
desde entonces.. nosotros
y ahora, también
martes, 13 de octubre de 2015
La ansiedad que supone tener ansiedad. El miedo del miedo.
El "ojalá no me falten mis padres".
No mirarse al espejo. Esquivar las miradas al salir de la ducha. No reconocer que necesitas a alguien.
A veces vuelve la coraza y todo se despedaza a mi alrededor. Y me empiezo a comer las uñas, a morder las manos y a preguntarme si es verdad que soy tan mala como mis demonios. Me empiezo a preguntar si es verdad que me merezco estar sola aunque no lo esté.
El "qué verá en mí"¨.
Dar vueltas sobre la cama y no conseguir dormir.
Quizás me tiro bien 29 días pero uno me destrozo por dentro.
Entonces.. intentas no mirarte. Porque mirarte supone darte cuenta de la realidad que tus monstruos dicen que tienes dentro.
Intentas pintarte mucho, peinarte bien y vestirte sin fijarte.
Solo espero que algún día pueda mirarme y decir "esta eres tú y mereces quererte".
No hablo de sentirme superior, ni siquiera de verme al 100%, pero sí de verme. Y de no esquivar la mirada del espejo.
Hablo de andar con seguridad y no sentir que tienes 45454631 ojos atravesándote para ver qué haces mal. Cuanto más quiero cuidarme más mierda como.
Cuanto más quiero tener paz, más me muerdo las manos. Y no, eso nunca es buena señal.
Escribir siempre me ha curado más que un abrazo. O eso me decía cuando nadie me los daba.
Ya no tengo miedo porque ni siquiera me planteo la posibilidad de perder a alguien porque sé que si lo hago no voy a salir de esa espiral de "y por qué conmigo".
No sé si alguien entiende la puta nube mental de la que hablo.
Es solo una noche más.
Solo eso.
El "ojalá no me falten mis padres".
No mirarse al espejo. Esquivar las miradas al salir de la ducha. No reconocer que necesitas a alguien.
A veces vuelve la coraza y todo se despedaza a mi alrededor. Y me empiezo a comer las uñas, a morder las manos y a preguntarme si es verdad que soy tan mala como mis demonios. Me empiezo a preguntar si es verdad que me merezco estar sola aunque no lo esté.
El "qué verá en mí"¨.
Dar vueltas sobre la cama y no conseguir dormir.
Quizás me tiro bien 29 días pero uno me destrozo por dentro.
Entonces.. intentas no mirarte. Porque mirarte supone darte cuenta de la realidad que tus monstruos dicen que tienes dentro.
Intentas pintarte mucho, peinarte bien y vestirte sin fijarte.
Solo espero que algún día pueda mirarme y decir "esta eres tú y mereces quererte".
No hablo de sentirme superior, ni siquiera de verme al 100%, pero sí de verme. Y de no esquivar la mirada del espejo.
Hablo de andar con seguridad y no sentir que tienes 45454631 ojos atravesándote para ver qué haces mal. Cuanto más quiero cuidarme más mierda como.
Cuanto más quiero tener paz, más me muerdo las manos. Y no, eso nunca es buena señal.
Escribir siempre me ha curado más que un abrazo. O eso me decía cuando nadie me los daba.
Ya no tengo miedo porque ni siquiera me planteo la posibilidad de perder a alguien porque sé que si lo hago no voy a salir de esa espiral de "y por qué conmigo".
No sé si alguien entiende la puta nube mental de la que hablo.
Es solo una noche más.
Solo eso.
martes, 6 de octubre de 2015
Iba a escribir algo que no sonara a tener hasta las uñas cargadas de miedo. Quiero decir, algo que no fuera un "no te vayas" o lo típico que se suelta cuando piensas en la posibilidad de perder a alguien.
Escucho canciones de hace tres años y todo vuelve a brotar por dentro.
No hablo de nadie en concreto. O sí. No sé.
Creo que la mejor casualidad fue encontrarme a otra persona que también estaba rota.
Dicen que compartir la soledad es bonito porque es una forma de curarse dándose la mano con otra persona. Yo no sabía querer. Al menos no tanto. Y mucho menos quererme.
Quiero hablar de lo que soy desde que Madrid dejó de ser un hueco en el mapa y empezó a serlo aquí dentro.
La capacidad de andar por Gran vía sintiendome grande. Ya ves. Qué tontería.
Siempre he dicho que sola y llorando se escribe mejor. Y triste, ya ni os cuento.
La fragilidad de masturbarse pensando en alguien que se ha marchado. Nadie habla de eso. Y quien lo habla es porque seguramente ya no esté hecho añicos y pueda articular su nombre sin temblar.
Cuando alguien se va no es que te deje vacío. Es que te deja solo. Y eso es mucho peor.
Te deja solo porque sabes que sí, puede que muchos otros te cojan el teléfono a las 12 de la noche pero ninguno va a descolgar y a reirse mucho antes de que hables.
Te deja solo porque sabes que por muchas duchas nunca nadie te va a besar la nuca de la misma forma. Sí, claro que lo superarás y conocerás a otras personas. Incluso puede que te enamores hasta las trancas y consigas recordar con nostalgia y nunca con dolor. Aunque el dolor y la nostalgia vayan de la mano y tú ni siquiera puedas reconocer cuándo es una y cuando otra.
Te deja solo porque sabes que todas aquellas calles que paseasteis de la mano ya no te van a ver empotrada contra la pared y casi sin ropa. Al menos no te verán desvestida por las mismas manos.
Me gusta pensar en el dolor porque nos hace vivos. La rabia, el miedo, el "no puedo". Las noches llorando. Las noches follando. Me gusta hablar del desamor porque todos lo hemos sentido. Y quien no lo ha hecho, que se prepare.
Me gusta escribir de todo aquello que puedo perder porque es una forma de darme cuenta de que aun lo tengo y de que tengo que agarrarlo como si otra mano me lo estuviera quitando por otro lado.
No sé si me entendeis. Pero tampoco me importa. Soy feliz con lo que tengo. Pero lo soy aun más dandome cuenta de que aún lo vivo.
Escucho canciones de hace tres años y todo vuelve a brotar por dentro.
No hablo de nadie en concreto. O sí. No sé.
Creo que la mejor casualidad fue encontrarme a otra persona que también estaba rota.
Dicen que compartir la soledad es bonito porque es una forma de curarse dándose la mano con otra persona. Yo no sabía querer. Al menos no tanto. Y mucho menos quererme.
Quiero hablar de lo que soy desde que Madrid dejó de ser un hueco en el mapa y empezó a serlo aquí dentro.
La capacidad de andar por Gran vía sintiendome grande. Ya ves. Qué tontería.
Siempre he dicho que sola y llorando se escribe mejor. Y triste, ya ni os cuento.
La fragilidad de masturbarse pensando en alguien que se ha marchado. Nadie habla de eso. Y quien lo habla es porque seguramente ya no esté hecho añicos y pueda articular su nombre sin temblar.
Cuando alguien se va no es que te deje vacío. Es que te deja solo. Y eso es mucho peor.
Te deja solo porque sabes que sí, puede que muchos otros te cojan el teléfono a las 12 de la noche pero ninguno va a descolgar y a reirse mucho antes de que hables.
Te deja solo porque sabes que por muchas duchas nunca nadie te va a besar la nuca de la misma forma. Sí, claro que lo superarás y conocerás a otras personas. Incluso puede que te enamores hasta las trancas y consigas recordar con nostalgia y nunca con dolor. Aunque el dolor y la nostalgia vayan de la mano y tú ni siquiera puedas reconocer cuándo es una y cuando otra.
Te deja solo porque sabes que todas aquellas calles que paseasteis de la mano ya no te van a ver empotrada contra la pared y casi sin ropa. Al menos no te verán desvestida por las mismas manos.
Me gusta pensar en el dolor porque nos hace vivos. La rabia, el miedo, el "no puedo". Las noches llorando. Las noches follando. Me gusta hablar del desamor porque todos lo hemos sentido. Y quien no lo ha hecho, que se prepare.
Me gusta escribir de todo aquello que puedo perder porque es una forma de darme cuenta de que aun lo tengo y de que tengo que agarrarlo como si otra mano me lo estuviera quitando por otro lado.
No sé si me entendeis. Pero tampoco me importa. Soy feliz con lo que tengo. Pero lo soy aun más dandome cuenta de que aún lo vivo.
martes, 28 de abril de 2015
Buscas razones por las que levantarte cada mañana sin que el mundo te pese ocho toneladas y media.
Buscas motivos por los que no llorar cuando te encierras en la ducha.
Buscas una sola solución. Una tregua a los propios demonios.
Te miras la tripa, te la arañas.
Te miras el pelo, te lo recoges.
Te miras la vida, la escribes.
Escribes porque hay cosas que por la boca jamás van a salir y tú tampoco vas a dejar que lo hagan.
Te dejas llevar por los violines.
Por ver a la gente en el metro, en el bus. Por ver algo de provecho en un mundo lleno de monstruos que disfrutan al ver cómo los demás no son felices.
Intentas descifrar tu vida.
Intentas que nadie se haga lo suficientemente importante como para que al cerrar los ojos, imaginándote la despedida, llores.
Porque no. Nadie debería hacer que llores.
Nadie debería recolocarte. Nadie debería dejar que tu vida se convierta en otras dos manos.
Te duchas. Y lloras tan fuerte que hasta la vida te pide un poco de silencio.
Silencio lleno de ruido. De vacío. De seres inertes que piden vivir.
Seres que piden respirar.
Te pisas el pie derecho con el izquierdo para ver si así pasando la vida al otro lado pesa un poco menos. Te muerdes las manos.
Consigues llorar.
Por fin.
Lloras muchísimo. A mares.
Te inundas entera. No puedes respirar. Y por una vez no es por la presión en el pecho y es por dejarla salir.
Ya no sé cuántas corazas tengo desde que empecé a creer que la vida iba a ser un monstruo enfermo que a veces me iba a dar un poco de paz.
Paz como la que me doy cuando me meto en el mar y todo empieza a fluir.
Como la de llorar en el metro y no sentir vergüenza.
Intentas buscar unos ojos que te digan "ven, que aquí todo está bien".
Pero cuando los encuentras, lo único que quieres es llorar por si los pierdes.
Y así es el miedo.
Tenerlo por si te quedas solo. Y que te abrase cuando no lo estás recordándote todo lo que puedes perder.
Buscas motivos por los que no llorar cuando te encierras en la ducha.
Buscas una sola solución. Una tregua a los propios demonios.
Te miras la tripa, te la arañas.
Te miras el pelo, te lo recoges.
Te miras la vida, la escribes.
Escribes porque hay cosas que por la boca jamás van a salir y tú tampoco vas a dejar que lo hagan.
Te dejas llevar por los violines.
Por ver a la gente en el metro, en el bus. Por ver algo de provecho en un mundo lleno de monstruos que disfrutan al ver cómo los demás no son felices.
Intentas descifrar tu vida.
Intentas que nadie se haga lo suficientemente importante como para que al cerrar los ojos, imaginándote la despedida, llores.
Porque no. Nadie debería hacer que llores.
Nadie debería recolocarte. Nadie debería dejar que tu vida se convierta en otras dos manos.
Te duchas. Y lloras tan fuerte que hasta la vida te pide un poco de silencio.
Silencio lleno de ruido. De vacío. De seres inertes que piden vivir.
Seres que piden respirar.
Te pisas el pie derecho con el izquierdo para ver si así pasando la vida al otro lado pesa un poco menos. Te muerdes las manos.
Consigues llorar.
Por fin.
Lloras muchísimo. A mares.
Te inundas entera. No puedes respirar. Y por una vez no es por la presión en el pecho y es por dejarla salir.
Ya no sé cuántas corazas tengo desde que empecé a creer que la vida iba a ser un monstruo enfermo que a veces me iba a dar un poco de paz.
Paz como la que me doy cuando me meto en el mar y todo empieza a fluir.
Como la de llorar en el metro y no sentir vergüenza.
Intentas buscar unos ojos que te digan "ven, que aquí todo está bien".
Pero cuando los encuentras, lo único que quieres es llorar por si los pierdes.
Y así es el miedo.
Tenerlo por si te quedas solo. Y que te abrase cuando no lo estás recordándote todo lo que puedes perder.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
A mí. Huele a mí.
Diciembre huele a nubes grises en Madrid.
A niños saliendo de clase y comiendose el bocadillo de la merienda.
A besos en los semáforos.
A empaparse la espalda después de ducharse.
A hojas desperdigadas por el suelo de cualquier parque a las 17:24 de la tarde.
A la pareja que tengo delante fumando y mirándose como si el cielo se fuera a romper ahora mismo.
A ver atardecer desde cualquier banco.
A la mujer mayor que pasea a su perro.
Huele a trenes. A echar de menos. A dejar que el sol me ciegue mientras escribo.
Huele a bufandas. Huele a aire.
A dormir la siesta y levantarse de noche.
Huele a bancos y a dos enamorados que ya están rotos.
Huele a condones por el suelo, a coches mal aparcados. A ventanas imposibles de abrir.
Huele a encontrar una canción en la que quedarse a vivir.
A morderse las uñas. A no peinarse.
A bailar en medio de la calle.
A llorar en medio de la calle.
Huele a magia.
A que cualquier gesto sea diferente. A la luz tintineante de la farola de la acera de enfrente.
Huele a comida recién hecha.
A sentarse sobre los pies.
A gritar. Huele a colonia de hombre.
A sonrisas del parque de al lado de mi casa.
Huele a perder el autobús.
A café recién hecho. A hacer el amor.
A la ropa recién colgada. Al otoño apretandole los tornillos al invierno.
Huele a castañas.
Huele a unas manos. Huele a no saber dejar de escribir.
Huele a pipas.
Huele a ser feliz.
Por encima de cualquier cosa material.
Huele a fijarse en los pequeños detalles.
Huele a quererme. Como nunca antes lo había hecho.
A niños saliendo de clase y comiendose el bocadillo de la merienda.
A besos en los semáforos.
A empaparse la espalda después de ducharse.
A hojas desperdigadas por el suelo de cualquier parque a las 17:24 de la tarde.
A la pareja que tengo delante fumando y mirándose como si el cielo se fuera a romper ahora mismo.
A ver atardecer desde cualquier banco.
A la mujer mayor que pasea a su perro.
Huele a trenes. A echar de menos. A dejar que el sol me ciegue mientras escribo.
Huele a bufandas. Huele a aire.
A dormir la siesta y levantarse de noche.
Huele a bancos y a dos enamorados que ya están rotos.
Huele a condones por el suelo, a coches mal aparcados. A ventanas imposibles de abrir.
Huele a encontrar una canción en la que quedarse a vivir.
A morderse las uñas. A no peinarse.
A bailar en medio de la calle.
A llorar en medio de la calle.
Huele a magia.
A que cualquier gesto sea diferente. A la luz tintineante de la farola de la acera de enfrente.
Huele a comida recién hecha.
A sentarse sobre los pies.
A gritar. Huele a colonia de hombre.
A sonrisas del parque de al lado de mi casa.
Huele a perder el autobús.
A café recién hecho. A hacer el amor.
A la ropa recién colgada. Al otoño apretandole los tornillos al invierno.
Huele a castañas.
Huele a unas manos. Huele a no saber dejar de escribir.
Huele a pipas.
Huele a ser feliz.
Por encima de cualquier cosa material.
Huele a fijarse en los pequeños detalles.
Huele a quererme. Como nunca antes lo había hecho.
domingo, 14 de diciembre de 2014
Por las batallas en copas altas.
Sab. http://dobledecafe.blogspot.com.es/ -- Aida.
Gritar en silencio las guerras internas que nunca se ganan. Y grabar en la piel con sangre caliente las que se pierden. Olvidar los pasos dados cuando se trata de seguir caminando. Recordarlos para evitar la caída.
Subirle el volumen a los truenos de un tormento interminable. Y callar la poca calma que siempre viene después de la tormenta. Interna.
La seda cara siempre por dentro. Vestidos de lino barato para cubrir las heridas. Y no poder evitar que las pupilas sean la chispa de una revolución prohibida. El mechero siempre cargado, en la mano del corazón que nos falta. Para poder pintarnos la cara con las cenizas de todo lo que un día fuimos. La cara. La que no ponemos cuando se trata de otros. En la primera en la que nos descargamos nosotros.
Somos
nuestro propio
saco de boxeo.
Y a este paso, la causa de una muerte inminente.
Ganar. Y ganarte, vida.
Gritar en silencio las guerras internas que nunca se ganan. Y grabar en la piel con sangre caliente las que se pierden. Olvidar los pasos dados cuando se trata de seguir caminando. Recordarlos para evitar la caída.
Subirle el volumen a los truenos de un tormento interminable. Y callar la poca calma que siempre viene después de la tormenta. Interna.
La seda cara siempre por dentro. Vestidos de lino barato para cubrir las heridas. Y no poder evitar que las pupilas sean la chispa de una revolución prohibida. El mechero siempre cargado, en la mano del corazón que nos falta. Para poder pintarnos la cara con las cenizas de todo lo que un día fuimos. La cara. La que no ponemos cuando se trata de otros. En la primera en la que nos descargamos nosotros.
Somos
nuestro propio
saco de boxeo.
Y a este paso, la causa de una muerte inminente.
Ganar. Y ganarte, vida.
Personas que son como esos golpes con el pico de la mesa.
Golpes que dejan huella.
A veces hasta cicatriz.
Patadas en la cabeza y sueños desperdigados por montañas de odio hacia nosotros mismos.
Ojalá tuviera la capacidad de quererme como quiero a otras personas.
Porque eso es lo que yo entiendo de sentir.
No buscar a alguien que te haga sentir especial. Pero sí quedarse con quien consiga que los domingos dejen de pesar tanto.
Con quien consiga que una jodida ciudad llena de contaminación se convierta en un mar lleno de paz.
Porque supongo que querer es eso.
Buscar a alguien hasta en las gotas de la ducha. Pintar con las manos una espalda.
O dejar que esa espalda soporte todas las manos que los demonios intentan hacerte tener para hundirte tú misma hacia el fondo.
Claro que ya no sé ni lo que escribo.
Pero eso no es nuevo.
Lo nuevo es que mirar hacia arriba ya no duele porque las montañas de odio poco a poco y poro a poro están desapareciendo.
Lo nuevo es que ya no lloro cuando estoy triste, lo hago más cuando soy feliz.
Lo nuevo es que he empezado a vivir, con 19 años.
Y lo que de verdad vale.
Es que no lo hago sola.
Que Madrid también me ayuda.
Y así va esto.
Si un día estoy triste, se pone a llover para recordarme que yo también lo hacía cuando estaba feliz.
Y si un día estoy feliz, se pone a gritar.
Porque dentro. Muy dentro.
Por muchos años, o vidas que pasen.
Te llevaré.
Y eso solo lo sabré yo. Gracias al cielo.
Y un par de manos que lo sostienen.
(Por latir con Sab. )
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