Intentar nunca fue lo mío. O me estrello o me quedo en la cama viendo cómo todo se rompe.
Y me ha tocado estrellarme.
Contra qué, no lo sé. Pero esto me está superando.
Levantarse y ver cómo el cúmulo de mierda está llegando a machacarte hasta las venas.
No tengo respuesta de nada ni para mí, qué hacéis pidiendome algo.
No sé dar. Sé darme. Al 101%, a alguien.
Y doy, mucho. Pero yo también me necesito. Algo que no sean hostias en el espejo ni noches rozando el subsuelo, quiero decir.
Aire, paz, fluidez, valentía, fuerza.
Todo eso que tengo y a veces me cuesta sacar.
El miedo atraviesa cualquier puto ápice de los "bien" cuando me preguntan un "cómo va a ir todo."
Si algo puedo decir es que luché y lucho.
Con todas mis fuerzas.
No sé si algún día me cansaré de hacerlo. Sobre todo si hablamos de poder compartir con alguien miedos, temores, dudas.
Cajas llenas de cartas que me abotefean la cara las veces que quieran.
Menos mal que nosotros siempre fuimos más de darnos palabras en silencio que dejando restos en un papel.
No vaya a ser que me dé por leer cada noche palabras que ni siquiera tengo.
No vaya a ser que me dé por recordar cada puta noche momentos que sí, tuve.
Cada día es una batalla. Contra las voces. Contra las uñas que yo misma me intento clavar.
Contra mi cabeza que no para de repetir imágenes, besos, abrazos, palabras.
A veces pienso que el corazón es como esas monedas que te quedan en el pantalón.
Suenan mucho pero nadie las hace caso.
Y así con todo.
Cuando más hay que luchar, más se rinden.
Pero yo no voy a dejar que le agujero negro que lleva el miedo en sus manos, pueda conmigo.
Al menos no hoy.
Tengo fuerza para parar ochocientos trenes. Pero lo jodido viene cuando voy yo dentro de uno de ellos y tengo que pararlo desde dentro.
Como los arañazos o las patadas.
Pararlas por dentro cuando vienen en forma de grito, cuesta más.
No me voy a rendir, me digo.
Aunque pocos lo crean, con hacerlo yo, me vale.
No, pienso, dejar, de, ser.
Al menos no este Viernes.
No en esta vida.
viernes, 13 de junio de 2014
miércoles, 11 de junio de 2014
A saber.
Intentas colocar algo. No hacer daño. Incrustar la estabilidad en tu vida para que así bañe a todos los que están a tu alrededor.
Pero con intentar, por supuesto que no, no es suficiente.
Incluso, muchas veces, y esta en concreto. Empujas a otros hacia abajo.
Y viene la impotencia, la inseguridad, el "vete antes de que puedas hacer más daño".
Y ojalá me levantara creyendo que las cosas pueden cambiar. Que mañana todo va a estar bien.
Que voy a poder decir "soy feliz". Pero pocas veces lo he dicho. Porque pocas veces lo he sido.
Pero cuando lo he sido, era de verdad.
Entiendes que el silencio grita muchísimo más que cualquier chillido en mitad de la noche.
Que resquebraja todo lo que pilla.
Desde el cráneo hasta el último hueso del pie derecho.
Y lo intentas, intentas levantarte.
Intentas pensar que en un tiempo todo estará en orden.
Que tú, seguirás.
Pero hay días que es imposible.
Hay días que llevan una despedida en el pecho.
Y ojalá me equivoque.
Ojalá no tenga que despedirme de nadie.
Ojalá solo sea una despedida momentanea de mis voces.
Calma. Y paz. Y abrazos.
Solo necesito eso.
Pero a saber dónde lo encuentro si odio los abrazos y aquí
hay de todo menos paz.
Pero con intentar, por supuesto que no, no es suficiente.
Incluso, muchas veces, y esta en concreto. Empujas a otros hacia abajo.
Y viene la impotencia, la inseguridad, el "vete antes de que puedas hacer más daño".
Y ojalá me levantara creyendo que las cosas pueden cambiar. Que mañana todo va a estar bien.
Que voy a poder decir "soy feliz". Pero pocas veces lo he dicho. Porque pocas veces lo he sido.
Pero cuando lo he sido, era de verdad.
Entiendes que el silencio grita muchísimo más que cualquier chillido en mitad de la noche.
Que resquebraja todo lo que pilla.
Desde el cráneo hasta el último hueso del pie derecho.
Y lo intentas, intentas levantarte.
Intentas pensar que en un tiempo todo estará en orden.
Que tú, seguirás.
Pero hay días que es imposible.
Hay días que llevan una despedida en el pecho.
Y ojalá me equivoque.
Ojalá no tenga que despedirme de nadie.
Ojalá solo sea una despedida momentanea de mis voces.
Calma. Y paz. Y abrazos.
Solo necesito eso.
Pero a saber dónde lo encuentro si odio los abrazos y aquí
hay de todo menos paz.
jueves, 5 de junio de 2014
Casi siempre que intentamos asumir que las cosas se marchan, acaban marchándonos nosotros antes de poder soportar la pérdida.
Y así con todo.
Preferimos caer al fondo del pozo empujados por el miedo que echarle los cojones suficientes que hay que tener para comerse desde la M hasta la O sin atragantarse.
Pero si casi todo el mundo baja la persiana para que no entre el sol.
Sale a la calle cuando ha dejado de llover.
Besa cuando sabe que más puede perder.
Se pierde cuando no sabe cómo no hacerlo.
Nada para no ver que las olas pueden ahogar..
Qué voy a esperar de la valentía.
Millones de recuerdos volando por mi cabeza. La playa.
Una pelicula, un cigarro, un abrazo. Tantos detalles acabarán conmigo.
Pero supongo, que aunque perder duela, merece la pena si ganaste.
Porque aunque solo sea un segundo, por misero que sea, ganamos.
Y por eso el egoismo.
El de tener que soportar meses en el suelo perdiendo al haber ganado un puto segundo de nuestra puta vida.
Parece que haya pasado por tres o cuatro vidas cuando escucho música de hace años.
Parece que el dolor se ha marchado, pero no.
Una canción siempre te remueve hasta el recuerdo que nunca creiste haber formado.
Y lo peor viene cuando no cierras los ojos pero sí los cierra tu cabeza.
Porque eso significa abrirte más en canal.
Dejar que la sangre fluya.
Y dejar que cada gota, esté manchada de momentos.
De silencios que gritaban sentimientos.
De ganas aparcadas en un beso.
De ilusión, que menos mal, aún no he perdido.
Y de fortaleza, que menos mal, va conmigo. Allá donde vaya. Y con quien vaya.
Y así con todo.
Preferimos caer al fondo del pozo empujados por el miedo que echarle los cojones suficientes que hay que tener para comerse desde la M hasta la O sin atragantarse.
Pero si casi todo el mundo baja la persiana para que no entre el sol.
Sale a la calle cuando ha dejado de llover.
Besa cuando sabe que más puede perder.
Se pierde cuando no sabe cómo no hacerlo.
Nada para no ver que las olas pueden ahogar..
Qué voy a esperar de la valentía.
Millones de recuerdos volando por mi cabeza. La playa.
Una pelicula, un cigarro, un abrazo. Tantos detalles acabarán conmigo.
Pero supongo, que aunque perder duela, merece la pena si ganaste.
Porque aunque solo sea un segundo, por misero que sea, ganamos.
Y por eso el egoismo.
El de tener que soportar meses en el suelo perdiendo al haber ganado un puto segundo de nuestra puta vida.
Parece que haya pasado por tres o cuatro vidas cuando escucho música de hace años.
Parece que el dolor se ha marchado, pero no.
Una canción siempre te remueve hasta el recuerdo que nunca creiste haber formado.
Y lo peor viene cuando no cierras los ojos pero sí los cierra tu cabeza.
Porque eso significa abrirte más en canal.
Dejar que la sangre fluya.
Y dejar que cada gota, esté manchada de momentos.
De silencios que gritaban sentimientos.
De ganas aparcadas en un beso.
De ilusión, que menos mal, aún no he perdido.
Y de fortaleza, que menos mal, va conmigo. Allá donde vaya. Y con quien vaya.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)