domingo, 18 de octubre de 2015

desde entonces los domingos no huelen a alcantarilla
las manos no me duelen
el cuello no me pesa

desde entonces el pelo me huele siempre a colonia
la cama no me deja tener pesadillas
los macarrones no se me queman

desde entonces adoro los cepillos de dientes
tocar otros pies
y el pelo no se me enreda

desde entonces no lloro, al menos no tanto
no me muerdo las uñas, al menos no tanto
y ni siquiera me miro al espejo con odio, ya sabeis, al menos no tanto

desde entonces no escribo sobre el desamor
me doy la vuelta en la cama y encuentro otro cuerpo
no tengo miedo, al menos no tanto

desde entonces tengo pánico a las estaciones
me encanta el invierno
y adoro follar

desde entonces imagino que pierdo y me rompo en 6598465 trozos
me dan besos en la espalda
y me acurruco en la suya

desde entonces todo pesa un poco menos
los demonios desaparecen cuando me toca la tripa
y la vida es más llevadera cuando alguien vuela contigo


desde entonces.. nosotros

y ahora, también

martes, 13 de octubre de 2015

La ansiedad que supone tener ansiedad. El miedo del miedo.
El "ojalá no me falten mis padres".
No mirarse al espejo. Esquivar las miradas al salir de la ducha. No reconocer que necesitas a alguien.
A veces vuelve la coraza y todo se despedaza a mi alrededor. Y me empiezo a comer las uñas, a morder las manos y a preguntarme si es verdad que soy tan mala como mis demonios. Me empiezo a preguntar si es verdad que me merezco estar sola aunque no lo esté.
El "qué verá en mí"¨.
Dar vueltas sobre la cama y no conseguir dormir.
Quizás me tiro bien 29 días pero uno me destrozo por dentro.
Entonces.. intentas no mirarte. Porque mirarte supone darte cuenta de la realidad que tus monstruos dicen que tienes dentro.
Intentas pintarte mucho, peinarte bien y vestirte sin fijarte.
Solo espero que algún día pueda mirarme y decir "esta eres tú y mereces quererte".
No hablo de sentirme superior, ni siquiera de verme al 100%, pero sí de verme. Y de no esquivar la mirada del espejo.
Hablo de andar con seguridad y no sentir que tienes 45454631 ojos atravesándote para ver qué haces mal. Cuanto más quiero cuidarme más mierda como.
Cuanto más quiero tener paz, más me muerdo las manos. Y no, eso nunca es buena señal.
Escribir siempre me ha curado más que un abrazo. O eso me decía cuando nadie me los daba.
Ya no tengo miedo porque ni siquiera me planteo la posibilidad de perder a alguien porque sé que si lo hago no voy a salir de esa espiral de "y por qué conmigo".
No sé si alguien entiende la puta nube mental de la que hablo.
Es solo una noche más.
Solo eso.

martes, 6 de octubre de 2015

Iba a escribir algo que no sonara a tener hasta las uñas cargadas de miedo. Quiero decir, algo que no fuera un "no te vayas" o lo típico que se suelta cuando piensas en la posibilidad de perder a alguien.
Escucho canciones de hace tres años y todo vuelve a brotar por dentro.
No hablo de nadie en concreto. O sí. No sé.
Creo que la mejor casualidad fue encontrarme a otra persona que también estaba rota.
Dicen que compartir la soledad es bonito porque es una forma de curarse dándose la mano con otra persona. Yo no sabía querer. Al menos no tanto. Y mucho menos quererme.
Quiero hablar de lo que soy desde que Madrid dejó de ser un hueco en el mapa y empezó a serlo aquí dentro.
La capacidad de andar por Gran vía sintiendome grande. Ya ves. Qué tontería.
Siempre he dicho que sola y llorando se escribe mejor. Y triste, ya ni os cuento.
La fragilidad de masturbarse pensando en alguien que se ha marchado. Nadie habla de eso. Y quien lo habla es porque seguramente ya no esté hecho añicos y pueda articular su nombre sin temblar.
Cuando alguien se va no es que te deje vacío. Es que te deja solo. Y eso es mucho peor.
Te deja solo porque sabes que sí, puede que muchos otros te cojan el teléfono a las 12 de la noche pero ninguno va a descolgar y a reirse mucho antes de que hables.
Te deja solo porque sabes que por muchas duchas nunca nadie te va a besar la nuca de la misma forma. Sí, claro que lo superarás y conocerás a otras personas. Incluso puede que te enamores hasta las trancas y consigas recordar con nostalgia y nunca con dolor. Aunque el dolor y la nostalgia vayan de la mano y tú ni siquiera puedas reconocer cuándo es una y cuando otra.
Te deja solo porque sabes que todas aquellas calles que paseasteis de la mano ya no te van a ver empotrada contra la pared y casi sin ropa. Al menos no te verán desvestida por las mismas manos.
Me gusta pensar en el dolor porque nos hace vivos. La rabia, el miedo, el "no puedo". Las noches llorando. Las noches follando. Me gusta hablar del desamor porque todos lo hemos sentido. Y quien no lo ha hecho, que se prepare.
Me gusta escribir de todo aquello que puedo perder porque es una forma de darme cuenta de que aun lo tengo y de que tengo que agarrarlo como si otra mano me lo estuviera quitando por otro lado.
No sé si me entendeis. Pero tampoco me importa. Soy feliz con lo que tengo. Pero lo soy aun más dandome cuenta de que aún lo vivo.

martes, 28 de abril de 2015

Buscas razones por las que levantarte cada mañana sin que el mundo te pese ocho toneladas y media.
Buscas motivos por los que no llorar cuando te encierras en la ducha.
Buscas una sola solución. Una tregua a los propios demonios.
Te miras la tripa, te la arañas.
Te miras el pelo, te lo recoges.
Te miras la vida, la escribes.
Escribes porque hay cosas que por la boca jamás van a salir y tú tampoco vas a dejar que lo hagan.
Te dejas llevar por los violines.
Por ver a la gente en el metro, en el bus. Por ver algo de provecho en un mundo lleno de monstruos que disfrutan al ver cómo los demás no son felices.
Intentas descifrar tu vida.
Intentas que nadie se haga lo suficientemente importante como para que al cerrar los ojos, imaginándote la despedida, llores.
Porque no. Nadie debería hacer que llores.
Nadie debería recolocarte. Nadie debería dejar que tu vida se convierta en otras dos manos.
Te duchas. Y lloras tan fuerte que hasta la vida te pide un poco de silencio.
Silencio lleno de ruido. De vacío. De seres inertes que piden vivir.
Seres que piden respirar.
Te pisas el pie derecho con el izquierdo para ver si así pasando la vida al otro lado pesa un poco menos. Te muerdes las manos.
Consigues llorar.
Por fin.
Lloras muchísimo. A mares.
Te inundas entera. No puedes respirar. Y por una vez no es por la presión en el pecho y es por dejarla salir.
Ya no sé cuántas corazas tengo desde que empecé a creer que la vida iba a ser un monstruo enfermo que a veces me iba a dar un poco de paz.
Paz como la que me doy cuando me meto en el mar y todo empieza a fluir.
Como la de llorar en el metro y no sentir vergüenza.
Intentas buscar unos ojos que te digan "ven, que aquí todo está bien".
Pero cuando los encuentras, lo único que quieres es llorar por si los pierdes.

Y así es el miedo.
Tenerlo por si te quedas solo. Y que te abrase cuando no lo estás recordándote todo lo que puedes perder.