Quizá las voces tengan razón. Y el orgullo no me deje ver más allá de la rabia que tengo y las pocas ganas de escuchar al mundo.
El olvido duele más que la despedida.
Pero con uno mismo es otra historia.
Olvidarse de uno mismo implica olvidarse de todo lo que he vivido, sido, creado, formado, llorado, y odiado. Sobre todo odiado.
Se pone a llover cuando yo me pongo a escribir. No puede ser casualidad. Es una broma pesada.
Tan pesada como las nubes que se posan en mi espalda creyendo que puedo con todo.
En qué momento hay que cerrar la boca y tirar la llave al mar.
En qué jodido momento hay que cerrarse por dentro y crear un mar de uno mismo. Para nadar. Ahogarse. Y olerse.
Todo a la vez.
Nada me ha salvado nunca tanto como un olor.
Fuerte quizá. Valiente muchísimo. Luchar por alguien merece la pena cuando al final puedes dormir en la misma cama sin tener el mismo miedo de antes de ayer de que todo se acabe.
Porque no hay nada peor como el miedo a perder lo que ni siquiera es mío.
El miedo a que haya segundos que ya no vayan a volver.
El miedo a perder días que no van a volver a latir.
Lo bonito de los ojos es que casi nadie me los ha mirado.
Visto sí, muchos. De pasada. Como el pasado que ya no me escuece porque ya no hay futuro que valga.
Asumes que al final los recuerdos son solo sonrisas que ahora te remueven por dentro.
Asumes que estamos creados de personas que se han ido o están en proceso de.
Nada para. Nada es estático.
Ni una persona en la vida de otra.
O entra. O se está marchando.
O cierra la puerta para colocarte- cosa que es detestable.
O abre la ventana para airear viejos recuerdos y abrazarte- cosa que muy pocas personas saben hacer.